domingo, 4 de marzo de 2018

UNO DE ESOS DÍAS DE ABRIL

Pedro Conde Sturla

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La viuda Pichardo era una de las mujeres más cojonu­das que he conocido. Tenía que serlo desde el momen­to en que se atrevió a parir ocho varones, ocho machos en fila, uno tras otro, en busca de la hembrita que no vino. Tenía que serlo desde que se atrevió a quedarse viuda, jo­vencita, viuda y sola al frente de la prole. La inmensa prole en cierne.                          
    Vivía allí, en el caserón republicano de la Santomé 48, donde todavía viven y vivirán de alguna manera los Pi­chardo: una amplia sala abarrotada de muebles de caoba, vitrinas abarrotadas de libros de derecho, armarios aba­rrotados de cachivaches, un espacio discreto a manera de oficina, un pasillo con piano, un corredor con balaustrada que comunica por afuera las habitaciones contiguas de pa­redes ciegas. Al frente, un patiecito español, con fuente y pecera y malas yerbas, un comedor al fondo, al lado de la cocina, y más al fondo otro patio y la carbonera en desuso todavía más al fondo y, de repente, en dirección opuesta, una empinada escalera de hierro que daba al techo, y un perro prieto, cínico y apático que por allí subía y bajaba como en un número de circo. 
     Aparte del mobiliario y las habitaciones igualmente repletas de cachivaches, la casa de la viuda -nuestro lugar preferido de encuentro- estaba siempre invadida por mul­titud de gente. Junto a los hijos pululaban los parientes de los hijos multiplicados por los amigos de los hijos, los compañeros de los hijos, las novias de los hijos y de los compañeros de los hijos. La casa de la viuda –convertida en comando de la viuda– era un lugar surrealista seme­jante a un andén, una estación de tren o de aeropuerto, recinto militar donde muchos entraban y salían frecuente­mente armados y a deshora en aquellos días de la guerra.

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