miércoles, 28 de marzo de 2018

Federico Engels y el cristianismo primitivo


Pedro Conde Sturla
07/06/13

Sí, precisamente Federico Engels (1820-1895), el lúcido y atildado políglota, el erudito de copiosa barba impecable, miembro de una familia de capitanes de industria, conservadora y religiosa, el mismo que se transformó en revolucionario cuando conoció la condición de la clase obrera en  Inglaterra que le inspiró un libro homónimo, el mismo Engels que mantuvo financieramente a Marx y lo sacó una vez de sus líos de faldas, el mismo que junto a Marx escribió obras que fundaron el comunismo ateo y disociador, es el autor de un brillante texto “Sobre el cristianismo primitivo”, que analiza sin prejuicios y quizás mejor que nadie las circunstancias que hicieron al cristianismo convertirse “en la primera religión mundial posible”. 
El cristianismo -dice entre otras cosas el ateo comunista y disociador en prosa impecable como la de Marx- “pulsó una cuerda que debía encontrar resonancias en innumerables corazones”. Aparte de todo lo que se ha dicho sobre él, hay que reconocer que también era poeta.  He aquí, a renglón seguido, el fragmento final del notable documento.


Federico Engels: Sobre la historia del cristianismo primitivo

Junto con las peculiaridades políticas y sociales de los distintos pueblos, el Imperio Romano también condenó a la ruina sus religiones particulares. Todas las religiones de la antigüedad fueron espontáneamente religiones de tribu y más tarde nacionales, que surgieron de las condiciones sociales y políticas de sus respectivos pueblos y se fusionaron con ellas. Cuando estas bases quedaron disgregadas, y destrozadas sus formas tradicionales de sociedad, sus instituciones políticas heredadas y su independencia nacional, también se derrumbó, como es natural, la religión correspondiente a ellas. Los dioses nacionales podían soportar a otros dioses a su lado, como era la norma general en la antigüedad, pero no por encima de ellos. El trasplante de las divinidades orientales a Roma sólo resultó pernicioso para la religión romana, que no pudo contener la decadencia de las religiones orientales. En cuanto los dioses nacionales estuvieron incapacitados para proteger la independencia de su nación, sufrieron su propia destrucción. Así sucedió en todas partes (salvo entre los campesinos, y en especial en las montañas). Lo que la ilustración filosófica vulgar -estuve a punto de decir volterianismo- hizo en Roma y Grecia lo hizo en las provincias la opresión romana y el reemplazo de hombres orgullosos de su libertad por súbditos desesperados y por pelafustanes que sólo buscaban su propio interés.

Tal era la situación moral y material. El presente era insoportable, el futuro más amenazador aún, si tal cosa es posible. No hay salida. No hay más que la desesperación o el refugiarse en los más vulgares placeres sensuales, por lo menos para los que podían permitírselo, que eran una pequeñísima minoría. De lo contrario, no quedaba otra cosa que rendirse ante lo inevitable.

Pero en todas las clases había necesariamente una cantidad de personas que, desesperando de la salvación material, buscaban en cambio una salvación espiritual, un consuelo en la conciencia para salvarse de la desesperación total. Este consuelo no lo podían ofrecer los estoicos, y tampoco la escuela epicúrea, precisamente porque estas filosofías no estaban destinadas a la conciencia común y, en segundo término, porque la conducta de los discípulos de esas escuelas desacreditaba las doctrinas de las mismas. El consuelo tenía que ser un sustituto, no de la filosofía perdida, sino de la religión perdida; tenía que adoptar una forma religiosa, lo mismo que todo lo que haría presa en las masas desde entonces y hasta el siglo XVII.

Apenas hace falta advertir que la mayoría de los que ansiaban semejante consuelo para su conciencia, para esa huida del mundo exterior al interior, se contaban necesariamente entre los esclavos.

El cristianismo apareció en medio de esta decadencia general, económica, política, intelectual y moral. Entró en decidida contradicción con todas las religiones anteriores.

En todas las regiones precedentes el ritual había sido lo principal. Sólo participando en los sacrificios y procesiones, y, en el Oriente, observando los preceptos más detallados de dieta e higiene, podía uno demostrar a qué religión pertenecía. Mientras Roma y Grecia se mostraban tolerantes en este último sentido, existía en el Oriente una manía de prohibiciones religiosas que contribuyó en no poca medida a su derrumbe final. Las personas pertenecientes a dos religiones distintas (egipcios, persas, judíos, caldeos) no podían comer o beber juntas; realizar juntas acto cotidiano alguno o incluso hablarse. A esta segregación de los hombres entre sí se debió en gran medida la caída del Oriente. El cristianismo no conocía ceremonias distintivas, ni siquiera los sacrificios y las procesiones del mundo clásico. Al rechazar de este modo todas las religiones nacionales y sus ceremonias comunes, y al dirigirse a todos los pueblos sin distinción, se convierte en la primera religión mundial posible. También el judaísmo, con su nuevo dios universal, había hecho un buen comienzo en lo referente a convertirse en una religión universal. Pero los hijos de Israel siempre siguieron siendo una aristocracia entre los creyentes y los circuncisos, y el propio cristianismo tuvo que librarse de la idea de la superioridad de los cristianos judíos (todavía dominante en el llamado Libro de la Revelación de Juan) antes de poder convertirse en una religión realmente universal. Por otra parte el Islam, debido a que conservó su ritual específicamente oriental, limitó el alcance de su propagación al Oriente y el África del norte, conquistada y repoblada por los beduinos árabes. Allí se convertiría en la religión dominante, pero no en Occidente.

En segundo lugar, el cristianismo pulsó una cuerda que debía encontrar resonancias en innumerables corazones. A todas, las quejas contra la perversidad de la época y contra los sufrimientos morales y materiales generales, la conciencia cristiana del pecado contestaba: Así es, y no puede ser de otra manera. ¡Tú eres el culpable, todos vosotros sois culpables de la corrupción del mundo, que es tu propia corrupción interna! ¿Y dónde estaba el hombre que pudiese negarlo? ¡Mea culpa! La admisión de la participación de cada uno en la responsabilidad de la desdicha general resultaba irrefutable y se convirtió en la precondición para la salvación espiritual que el cristianismo anunciaba al mismo tiempo. Y esta salvación espiritual fue instituida de tal modo, que pudiese ser entendida con facilidad por los miembros de todas las antiguas comunidades religiosas. La idea de la expiación para aplacar a la deidad ofendida existía en todas las religiones antiguas. ¿Cómo era posible, entonces, que la idea del autosacrificio del mediador que expiaba de una vez por todas los pecados de la humanidad no encontrase en el cristianismo un fácil terreno? La religión cristiana, por lo tanto, expresaba con claridad el sentimiento universal de que los hombres son culpables de la corrupción general, y lo expresaba en la conciencia individual del pecado. Al mismo tiempo proporcionaba, en el sacrificio y muerte de su juez, una forma de salvación interior universalmente anhelada, de salvación del mundo corrompido, de consuelo para la conciencia. De esta forma volvía a demostrar su capacidad para convertirse en una religión mundial y, en verdad, en una religión que convenía al mundo tal como éste era entonces.

Así fue que entre los miles de profetas y predicadores del desierto que llenaron ese período con incontables innovaciones religiosas, sólo tuvieron éxito los fundadores del cristianismo. No sólo Palestina, sino el Oriente todo bullía de esos fundadores de religiones, y entre ellos se libraba lo que podría llamarse una lucha darvinista por la existencia ideológica. El cristianismo conquistó el triunfo gracias principalmente a los elementos arriba mencionados. La historia de la iglesia de los tres primeros siglos enseña en detalle cómo desarrolló su carácter de religión mundial, por selección natural, en la lucha de las sectas entre sí y contra el mundo pagano. (Federico Engel, “Sobre el cristianismo primitivo, fragmento).

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