domingo, 4 de marzo de 2018

TOTÁGORAS DE SANTÁGUNOS Y LA PARTÍCULA FANTASMA (fragmento)


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En la inmensa biblioteca de la abadía de Montecassino  (hoy convertida en Monumento Nacional después de su destrucción y milagrosa reconstrucción), saciaría parcialmente Totágaras de Santágunus sus inquietudes, se nutriría de toda la sabiduría de su tiempo y marcharía luego a temprana edad, anticipadamente, tras los presentidos pasos de Humbold hacia el
continente americano para repetir su andar, calcar las huellas y ejercer su curiosidad, aplacar su hambre de conocimientos casi dos siglos antes que Humbold. 

Pero nada más llegar en 1616 a Santo Domingo -ciudad primada de América en la que estaba escrito su destino-, lo agarró la fiebre amarilla, malaria, fiebre palúdica o paludismo, cualquier fiebre pandémica de las muchas que había en esta desventurada zona del mundo nuevo. Aquí salvó providencialmente la vida gracias a los avanzados conocimientos y pericia de los ilustres galenos del Hospital San Nicolás de Bari que lo sangraron abundantemente para drenar los humores malignos. Cuando lo dieron de alta estaba reducido a un guiñapo, sin mucho andar ni moverse físicamente, pero con toda su fuerza espiritual renovada que le permitía otro tipo de movimiento. Lo hospedaron entonces en el convento de la iglesia de Las Mercedes, junto a la celda que ocupaba el genial Tirso de Molina (quizás a petición del mismo), que estaba  trabajando provisionalmente como profesor de teología en la universidad, y se dispuso a bien quererlo y lo quiso mucho, como afirma en uno de sus escritos. En ese lugar conoció Totágoras al filósofo Avelinus, de la desparecida orden bonillense, un asceta que llevaba una dieta estrictamente vegetariana en todos los plausibles sentidos de la lengua. Avelinus no tocaba, no  probaba carne de animales sacrificados y no tocaba carne de mujer, ni siquiera con  efecto retroactivo. Se alimentaba de los dulces frutos de la tierra, de los campos de Caín y nunca del rebaño de Abel, no de la sangre de los inocentes.
Sobre un desvencijado scriptorium instalaría Totágoras su laboratorium, su lugar de trabajo, y empezaría a despejar las complicadas fórmulas químicas, físicas y matemáticas que lo conducirían a los gloriosos descubrimientos que figuran en su tratado sobre la partícula fantasma en el que se demuestra científicamente la incontrovertible existencia de Dios y la virginidad de María. Lo primero era fácil, más o menos, pues correspondía al ámbito de las matemáticas que prescinden de la realidad y crean su propio mundo, como diría Borges muchísimos años después, y no le costó mucho esfuerzo demostrarlo con unos cuantos números. Lo segundo pertenecía al terreno de la física y no era tan fácil. Necesitaba del dato empírico, el que procede de la experiencia.
En la medida en que empezó a recuperarse parcialmente se dedicó, pues, en cuerpo y alma a profundizar en el tema, el estudio, el conocimiento de las vírgenes con carácter estrictamente científico, rigurosamente científico, pero de alguna manera sus experimentos -realizados con la mejor buena fe del mundo- terminaban en fracaso y  echaban las vírgenes a perder.
Totágoras era débil, era pequeño, enjuto, casi desvalido, pero tenía una dulzura angelical, una mirada verde angelical de indefensión de la que brotaba una súplica secreta que ninguna mujer resistía. Todas se desvanecían, se derretían ante la muda, irreparable solicitud que en sus ojitos inocentes ardía y florecía como veneno, y antes de abrir la boca caían rendidas a sus pies. De hecho, su triste belleza etérea causaba estragos y en poco tiempo no quedaba una virgen sin malograr por los alrededores. Se había hecho de unos cuantos enemigos, ciertamente, pero siempre en beneficio de la ciencia, y gracias a la fama de sus prodigios (que venía aparejada al maravilloso don de levitar cuando decía sus oraciones) la mayoría le perdonaba los daños colaterales que involuntariamente causaba.
Totágoras se llevaba más o menos bien con todos los miembros de la congregación, pero nunca pudo conquistar la amistad del más esquivo de todos los mercedarios, un tal Miguel de San Mejía que recelaba precisamente de ciertas pasmosas habilidades que el benedictino al parecer había adquirido en un capitulo de ciencias ocultas que no pertenecían al pensum de la carrera eclesiástica de Montecassino. Incluso Tirso de Molina (que en esos días pensaba casualmente en el escándalo que había desatado aquel domingo de 1588 el entremés de Cristobal de Llerena, escenificado por la compañía de teatro de José Molinaza en la catedral), notaba con inquietud mal disimulada que Totágoras se aplicaba al ejercicio de cosas non santas, nada santas. Se servía agua de la fuente en un jarro y la movía con el índice acusador y el agua se tornaba de repente roja, muy roja, y, nada más beberla, al poco rato empezaba a mostrarse achispado y disparatero. Agua de color vino, quizás vino, que Totágoras no compartía con nadie por discreción, a pesar de que siempre escaseaba en la iglesia para los fines de lugar durante el rito sagrado de la consagración, la transubstanciación divina, y se sustituía a menudo con aguardiente.

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