Cuatro meses después de haber resucitado de entre los muertos, la bestia se encontraba en Washington. La operación de ántrax había sido un éxito, aunque el paciente había estado a punto de morir, y ahora se encontraba en la capital del imperio, firmando el tratado Trujillo—Hull. La misma bestia se había nombrado Embajador extraordinario en misión especial, un cargo que le daba potestad para firmar el documento, y asistió puntualmente a la ceremonia, que se efectuó el 24 de septiembre de 1940. Para estar presente había hecho un esfuerzo sobrehumano, o mejor dicho bestial. Dice Crassweller que todavía no estaba físicamente recuperado y que bajo su camisa de cuello alto se disimulaba el vendaje que cubría la herida. Había sufrido, recientemente uno de sus recurrentes ataques de malaria y bajo cualesquiera otras circunstancias no habría abandonado su cama y que su debilidad era visible en la inusual firma que estampó en el documento. Ese fue —dice Crassweler— probablemente el cenit de su carrera, el punto más alto que llegara alguna vez a alcanzar como estadista.
En la novela de
Vargas Llosa se alude repetidas veces, y no por casualidad, a un personaje
histórico que es, también, un personaje de novela. Es el Petronio de la Roma
imperial, un rico terrateniente, propietario de miles de esclavos. (Ese
Petronio es el autor de Satiricón,
una obra con la cual me identifico por razones de complicidad y de apellido).
Pero es, además, el Petronio de Quo
vadis?, el Petronio de la novela de Enrique Sienkiewicz que alguna vez se
vendía como pan caliente. Es el Petronio árbitro de la elegancia, el arbiter elegantiorum, el áulico por
excelencia. Un personaje emblemático, sin duda.
El padre de la cleptocracia representativa, el santo padre de la corrupción en Santo Domingo fue elevado seis veces a la más alta y desprestigiada magistratura de la nación...
La primera con tropas de ocupación yanquis y terror, la segunda con terror y fraude, la tercera con fraude y terror, la cuarta con el fraude que le hicieron a Jacobo Majluta con apoyo de Jorge Blanco, el cardemal y Peña Gómez, la quinta con el fraude que le hizo a Juan Bosch y la sexta con el fraude que le hizo a Peña Gómez.
La primera, a la vicepresidencia, con apoyo del generalísimo no se cuenta.
La honradez acrisolada, la magna obra de gobierno y la magra fortuna las dejó sólo en sueños de fanáticos delirantes o sinvergüenzas.
Policías y estudiantes danzan lúgubremente en una
escena de la película “El topo”, de Jodorowski. Policías antimotines con
máscaras antigás y estudiantes revoltosos se trenzan en lúbrico abrazo, danzan
pegados y lentos y sinuosos: cuerpo con cuerpo, cara con cara (o mejor cara con
máscara). Las caras de los estudiantes universitarios revoltosos buscan el
contacto de las máscaras policiales. Las bocas de los estudiantes buscan las
orejas de las máscaras, posiblemente susurran, suspiran, secretean o hacen
cosas peores con la lengua.
Desde el inicio de la dictadura de los doce años, Balaguer trató de vender la imagen del gobernante que se mantenía por encima o al margen de la corrupción que él mismo prohijaba. Típicamente era el caso del hombre que desconocía o fingía desconocer su progenie, en el amplio sentido de la palabra. Pero Balaguer no estuvo –nunca estuvo- por encima ni al margen de la corrupción. Balaguer estuvo inmerso en la corrupción, ni siquiera flotando sino inmerso hasta el cuello, hasta la nariz, hasta la coronilla. Afirmar que la corrupción sólo se detenía ante las puertas de su despacho fue una falacia, un sarcasmo, un ejercicio impúdico de cinismo, un descaro. El despacho fue la caja de Pandora, la fuente de todas las desgracias. Nunca se ha conocido celestina casta, perdón: Nunca se ha conocido corrupción sin corruptor. Él fue el principal elemento corruptor de la sociedad dominicana durante poco menos de la segunda mitad del siglo XX. La corrupción fue su base de sustento y de sustentación políticas. La corrupción lo llevó al poder, lo mantuvo en el poder, le devolvió el poder, le permitió ejercer el poder hasta el último día de su miserable existencia dedicada al mal y solo al mal -a la perversidad que fue su vocación y sueño de niño. Ahora la corrupción amenaza con eternizarlo en el poder, otorgándole el poder de la santidad. Ahora los herederos del poder –aves de rapiña que se llevaron medio país entre las uñas- lo santifican a coro desde la podredumbre del poder. Santo sea Balaguer. Pues bien, Santo sea Balaguer, hay que celebrarlo, ahora que rindió su alma al diablo. Hay que reconocerlo sin mezquindad en su santidad. Santo sea Balaguer, santo sea el auténtico Padre de la Corrupción : ese es, en efecto, su mayor título de gloria. Celebremos. Ese es el título que va a defender ante la historia y va ganar. Exultemos. Va a ganar por puntos, por decisión o por knock-out, pero va a ganar –ya ganó- y a retener el título por los siglos de los siglos. Canonicemos, pues, a este humilde siervo, Joaquín Amparo Balaguer Ricardo, alias (D)Elito. Santo, santo, sea. Santo es Balaguer, el Santo Padre de la corrupción. El santo y seña.
Curtido en el ejercicio demoníaco del poder, Balaguer es sin duda la figura más nefasta de la historia dominicana. Por encima de Báez y Trujillo, Balaguer es, sin duda, la figura más repulsiva de nuestra historia. pcs