domingo, 4 de marzo de 2018

LOS RITOS ANCESTRALES

Un relato completo del libro 
Ritos ancestrales 
Pedro Conde Sturla


En su lecho de enfermo percibió la llegada del cura, el rito de la unción, la extremaunción, y aquellas formas difusas que se agitaban como fantasmas de su mala conciencia, sobrevolando el escenario por encima de las cabezas de sus parientes. Ninguno parecía percatarse de esas presencias ni parecía escucharlo por más que hablaba duro y claro, y ya de tanto hablar se iba quedando ronco. El derrame, o lo que fuera esa cosa que había oído en boca del médico y luego repetida en boca de todos los demás, lo había dejado tieso, reducido a una estatua, con los ojos vidriados, la lengua estropajosa, pero con un inmenso ruido por dentro y multitud de imágenesPodía gritar sin mover los labios y gritaba a pleno pulmón, pero nadie quería escucharlo. Allí estaban sencillamente los parientes, cuchicheando, ciegos y sordos, sin obtemperar a sus reclamos, sólo atentos a su posible deceso, atentos a sus despojos, como aves de rapiña.
Cerró los ojos para desentenderse de aquella situación absurda, o quizás ya los tenía cerrados, y dejó que el pensamiento vagara a otras regiones. Evocaría, sin proponérselo, la imagen de su infancia en Galicia, el pueblo miserable –más paraje que pueblo-, la casa miserable, la ropa miserable, el mísero viaje en barco con sus padres, el vómito, el mareo. Felizmente la isla, la llegada a una urbe luminosa como no conocía en su lugar de origen, con varios miles de habitantes y algunas calles asfaltadas y otras empedradas. Fue el inicio de una época heroica en Santo Domingo, época de grandes privaciones y estrecheces, con jornadas de catorce horas al frente de un colmado en la Avenida Mella, año tras año de extremada porfía, hasta que al fin, poco a poco, el bienestar, no la fortuna, empezó a sonreírles.
Un par de lustros después habían superado con creces la barrera material de la pobreza, pero la otra pobreza, la pobreza espiritual, sus padres no la superarían jamás y él la superaría sólo en parte. Ellos seguirían siendo pobres de espíritu por el resto de sus vidas, mental y espiritualmente pobres. Los cuantiosos bienes de los que serían dueños se adueñarían de ellos y desde entonces nada más vivirían para acumular. Acumular por acumular, a eso redujeron y rebajaron el sentido de la existencia. Gastar dinero –incluso en lo indispensable-, no era una opción. Vivían, de hecho, en una austeridad tan espartana que carecían de muebles, de cosas tan elementales como camas y sillas, apenas un par de taburetes de madera frente al mostrador. El mostrador servía como escritorio, servía como mesa para comer y servía como lecho para dormir. Allí dormían, en fila, uno a continuación de otro, con él de por medio, sin colchones, sin almohadas, sin sábanas y otras cosas superfluas, prudentemente separados para evitar tentaciones y el peligro de otro hijo que era un lujo demasiado costoso. El mundo en que habitaron durante años giraba en torno al mostrador.
De modo que el muchacho rico se crió siendo pobre. Pobre nadando en oro, y además solo, sin hermanos, sin primos. La alimentación -a base de sopitas aguanosas, sobritas de queso y salchichón, huesos de jamón con arroz blanco o papas hervidas en un anafe de hojalata-, no compensaba por supuesto las duras jornadas de labor y el muchacho se atrofió, apenas se desarrolló y creció poco, y fue siempre esmirriado y debilucho.
Si asistió a la escuela fue porque la educación era gratuita y obligatoria hasta el octavo grado, y aun así los padres veían con malos ojos aquel derroche de dinero en uniforme, zapatos y cuadernos, por no hablar de los gastos de transporte que muchas veces se ahorraban haciéndolo ir a pie a las clases, y en ayunas, porque el estado en esa época proveía el desayuno escolar.
Era tan desaseado que en algunas ocasiones no le permitieron la entrada a la escuela y lo enviaron de regreso a la casa. Los padres, que criticaban acremente el vicio del baño -ese mal hábito de los dominicanos de ducharse hasta dos veces por día-, se plegaron de mala gana a las exigencias sanitarias del sistema, y del baño semanal con briznas de jabón de cuaba se pasó al baño interdiario, una experiencia espantosa para el muchacho, y un poco también incómoda para los padres que aceptaban con mal disimulada resignación aquella necedad, cosa dañina además. Y además un desperdicio: el de toda aquella espuma perdida en el caño del desagüe.
El coro de parientes rezando el Ave María purísima sin pecado concebida le produjo un sobresalto y abrió los ojos, espantado, y mandó a callar y callar, qué obstinación, pensó, qué obstinación, María, Dios te salve, María, llena eres de gracia, no se callarían nunca y el Señor es contigo. Las mujeres, sobre todo las benditas mujeres entre todas las mujeres no se callarían y bendito es el fruto de tu vientre, ¡Jesús, qué obstinación! ¿Por qué no se callaban de una vez o rezaban algo alegre?, no esa cosa lúgubre. Él se sabía otra versión, muy cómica, que había aprendido en la escuela y ahora la estaba diciendo a gritos para que todos la oyeran y las voces se mezclaban, María, Dios te salve María, Dios te salve gallina, llena eres de plumas y bendita tu eres, si te agarro, gallina, no te dejo ninguna. A callar, a callar, por el amor de Dios, cállense ya.
Al terminar la primaria sus padres lo sacaron de la escuela para inscribirlo de nuevo en la universidad de la vida, el colmado a tiempo completo. No pasó mucho tiempo sin que tuviera en sus manos las riendas del próspero negocio, pero el colmado no colmaba sus aspiraciones, había otra vida después del colmado, un mundo de posibilidades y realizaciones que los padres no podían imaginar. Era necesario actuar con prudencia, eso sí. Los tiempos aconsejaban prudencia. Santo Domingo había pasado a llamarse Ciudad Trujillo y había que rendir pleitesía al tirano y mantener al mismo tiempo un perfil bajo. Cualquier ostentación de riqueza podía despertar la codicia del hombre fuerte, que no era poca, sobre todo si se trataba de tierra y ganado. Un terrateniente del sur, uno de los hombres más ricos del país, se negó a venderle sus propiedades a precio de vaca muerta y pagó la negativa con el despojo de casi toda su fortuna, un hermano muerto, el exilio, y más tarde la vida de un hijo en una expedición armada.
La familia del muchacho, que ya comenzaba a ser hombre, tenía desde luego el amparo de la ciudadanía española, sin mencionar el hecho de que Trujillo y Franco (el Generalísimo dominicano y El Caudillo de España) eran uña y carne, al menos en apariencia, porque los tiranos, como los pavos reales, se envidian entre ellos y cada uno trata de lucir un plumaje más vistoso. A él y su familia no podían tratarlos como a los criollitos, a menos que no siguieran los pasos de unos refugiados ingratos que sirvieron diligentemente al mandamás durante una estadía de varios años en el país, y luego marcharon al extranjero y se convirtieron en críticos acérrimos sin sospechar siquiera remotamente que allí los alcanzaría el odio, la venganza, el largo brazo de Trujillo. A uno lo asesinaron en Méjico, pero el otro no tuvo tanta suerte. Lo raptaron en las inmediaciones de la Universidad de Columbia de Nueva York y se lo trajeron empaquetado a la bestia.
Era, pues, menester, seguir manejándose discretamente, atesorando discretamente y depositando en secreto pequeñas sumas de dinero en bancos extranjeros, nada que llamara la atención, y expandirse también discretamente, diversificándose, añadiendo nuevos rubros a la oferta del colmado a base de productos que en la madre patria costaban centavos y en Ciudad Trujillo valían un Perú. Mientras tanto creó sus propias empresas de importación, fundó tienda aparte y en poco tiempo era más rico que sus padres, disimulando desde luego la fortuna, y se dio a la tarea de relacionarse socialmente, sobre todo con la colonia española que era numerosa. Haciendo de tripas corazón, se inscribió en la Casa de España gastando una suma escandalosa. Si quería ser alguien en Ciudad Trujillo, había que ser miembro de la Casa de España. Además tenía que aparentar, vestir bien, vivir por lo menos a cierta altura de sus posibilidades, ya estaba bueno de malvivir en el colmado y dormir sobre el mostrador. El día en que les dijo a los padres que había alquilado una casa en los alrededores del Parque Enriquillo y que allí se mudarían, pensaron que había perdido la cabeza. Pero la casa, que nunca pintaron ni arreglaron, no era un lujo. Vendrían los numerosos parientes de España, huyendo de la resaca de la guerra civil, a ocupar las habitaciones vacías en calidad de inquilinos y la casa se pagaría sola, no era todo un desperdicio. De hecho, en ese lugar se alojó una prima, igual de poco agraciada que él, con la cual concertó un matrimonio de conveniencia al enterarse de que en la patria tenía tierras de un gran potencial futuro.
La boda, que por supuesto fue una boda íntima, alegre y bullanguera, con música y canciones de la tierra de origen, resultó todo un éxito, pero cuando el padre se enteró de los gastos sufrió un colapso nervioso y hubo que llevarlo al hospital. Más lo peor no había pasado todavía. A su regreso del viaje de luna de miel –una feliz estadía en el Hotel Montaña- la pareja de recién casados se presentó en la casa en un flamante automóvil de segunda mano y la madre, que había salido a recibirlos, se puso lívida, se llevó la mano al pecho y cayó como una guanábana. El infarto, el primero de muchos infartos, la llevó al borde de la muerte, pero no moriría.
Él tampoco estaba por morirse a pesar de que los parientes ya lo estaban rezando, lo estaban llorando, lo estaban velando, lo estaba heredando, hijos de puta, ese gusto no se los daría. En cuanto se repusiera, y se iba a reponer, ajustaría las cuentas con todos, sí, las cuentas, pero tenía que reponerse pronto, porque esos canallas eran capaces de enterrarlo vivo. Se los prohíbo, se los prohíbo, los dejaré a todos sin un centavo. Respeten mi autoridad, gritaba, pero era inútil, a ninguno le daba la gana de ponerle asunto, se estaban haciendo los indiferentes, haciéndose los sordos, sordos y cegatos malandrines, no les permitiré que se cojan lo que es mío, mío nada más.
Pasaron los años, como suelen pasar los años -livianos en principio- y el hombre se convirtió en padre de familia y en uno de los ciudadanos más prestantes del país, aunque no prestaba un centavo, pero bien conocido y respetado, sin que dejara de llamar la atención el hecho de que vivía con parientes e inquilinos en una casona destartalada que parecía estar cayéndose y se caía literalmente a pedazos. Exceso quizás de moderación o prudencia, por temor o pavor.
En fin que durante más de tres décadas mantuvo con el régimen tiránico una relación que fue, como dice el bolero, ni cerca ni distante, disfrutando eso sí de una libertad de movimientos, entrada y salida del país, que a los dominicanos estaba vedada. La muerte de Trujillo, ocurrida a golpe de metralla en un glorioso atardecer del 30 de mayo, produjo cierto nerviosismo en el ambiente y también un gran alivio. Se abría un nuevo capítulo, una oportunidad inmejorable para empresarios como él con gran amplitud de miras y cero escrúpulos. A Trujillo le sucedió un gobierno provisional que dio paso al gobierno democrático de Juan Bosch, al cual sucedió un golpe de estado y un gobierno de facto, una insurrección constitucionalista que buscaba el retorno de Bosch y una intervención armada del imperio del norte que aplastó a la insurrección y a los insurrectos creando un presente de incertidumbre. Pero las aguas volvieron rápidamente a su nivel. Joaquín Balaguer, el más potable de los herederos de Trujillo usurpó el poder con ayuda de los marines y de ahí en adelante todo salió a pedir de boca. Balaguer era otro de esos seres en cuyo léxico no figuraban palabras que tuvieran que ver con honradez, principios, ética, honor. Trujillo había gobernado con el terror. Balaguer gobernaría con la corrupción. Y además era su amigo o por lo menos su aliado coyuntural, porque Balaguer no tenía amigos sino aliados coyunturales. El empresario había puesto su granito de arena en el derrocamiento de Bosch, que era un hombre íntegro que no convenía a sus negocios, y había puesto su influencia, que no era poca, al servicio de Balaguer. O viceversa.
Durante los años negros de la ocupación compró propiedades y negocios arruinados de gente que los había abandonado pensando que ya nunca valdrían un centavo y los convirtió en un patrimonio trascendental. En uno de sus viajes a los Estados Unidos, donde ya atesoraba una fortuna, descubrió una mina: productos enlatados con fecha vencida que le dejaron pingües beneficios. Pero fue el contrabando, en connivencia con las más altas instancias palaciegas, la fuente de su fortuna incalculable. Sus compañías de importación de electrodomésticos llevaron a la quiebra a otros importadores cuyos productos no podían competir con sus precios. De la noche a la mañana creó una cadena de supermercados que igualmente puso en jaque a los empresarios tradicionales del ramo. Incursionó con éxito en el área turística, en la industria del acero y la agroindustria, se hizo dueño o accionista de los más grandes bancos y finalmente de los principales medios de comunicación. Tres diarios, cuatros canales de televisión, sesenta emisoras de radio lo convirtieron en el zar de la libertad de prensa. No estaba mal, no estaba nada mal. Había salido de pobre para convertirse en rico y había salido de rico para convertirse en millonario, de millonario en potentado, dueño y señor de la primera fortuna del país, el hombre más poderoso e influyente del país. Ni el cardenal ni el presidente le hacían sombra.
Ahora no había peligro en ostentar, en ser públicamente lo que era. Construyó una mansión para él y otra para sus padres, compró una villa con playa privada en el más exclusivo sector de Casa de Campo, apartamentos en Nueva York, en Madrid y donde quiera que lo llevaran sus múltiples viajes de negocios. Adquirió un yate de lujo con el que había soñado desde niño, y desde luego un jet ejecutivo con capacidad para ocho pasajeros, un helicóptero, un vehículo blindado. Y todo sin gastar un centavo. Bastaba cargar las operaciones a ciertas cuentas de gastos deducibles de impuesto, desviar partidas destinadas a otros fines, poner las propiedades a nombre de sus empresas, declarar pérdidas, ordeñar las cuentas bancarias en perjuicio de sus socios.
En su infancia y adolescencia había conocido todo tipo de privaciones, pero durante el resto de su vida no aceptaría limitaciones, se daría todos los gustos, experimentaría todos los placeres, se daría todos los lujos. De las mujeres, que nunca le habían hecho caso, se resarciría comprándolas por docenas. A muchas de las más hermosas modelos y presentadoras de televisión -las llamadas megadivas de cincuenta mil pesos la noche-, las había gozado en el yate. El yate, que era su casa de soltero, su club privado, su restaurante privado, estaba siempre provisto de licor en abundancia, comida en abundancia y tetas y traseros monumentales abundantemente desparramados en cubierta. A todas sus invitadas, las seducía. Ninguna se resistía al encanto de sus billetes.
Con algunas de sus favoritas era particularmente generoso, aunque su generosidad tenía un precio y era siempre deducible de impuestos. Las convertía en queridas, las consentía, las mimaba, las mudaba en jaula de oro bajo estricta supervisión. El contrato carnal estipulaba que, incluso en el caso de que él se cansara de ellas y dejara de frecuentarlas, sus queridas no conocerían otros hombres, so pena de perder la jaula y el oro.
Aquellas sombras difusas, especies de fantasmas de su mala conciencia, seguían revoloteando sobre su lecho de enfermo, moviéndose en círculos frente a sus ojos, mirándolo sin ojos. Era como algo que había visto en una película o leído en algún libro. Gritaba para que se fueran e intentaba hacer gestos con la mano para espantar las formas siniestras, pero no se espantaban, no se iban, apretaban el círculo y se acercaban amenazantes. Ahora las reconocía. Eran los pecados capitales y las culpas de su vida, el daño que había hecho por comisión u omisión y el bien que había dejado de hacer. Allí estaban todos y todas, personificando el insaciable afán de lucro, la ambición, la infinita sed de riquezas, el ansia de poder, su desamor al prójimo, su falta de valores éticos y morales, la codicia, el engaño, la avaricia, la envidia, la traición, la lujuria, la mentira, el egoísmo, el peculado, el despojo…
Entre negocio y negocio el tiempo siguió pasando, acelerando más bien. Sin darse cuenta lo alcanzó la vejez. Al doblar la curva de los setenta comenzaron a pesarle los años, que ya de por sí no eran ligeros, y a medida que su fortuna aumentaba y su fortaleza física y espiritual disminuía, un sentimiento de aflicción se fue adueñando de su existencia. Era absurdo.
En la cima del poder, él tenía los medios para hacer famoso a un hombre o condenarlo al anonimato, reducirlo al silencio, exaltarlo o calumniarlo. Él hacía y deshacía las noticias, el hacía la opinión, era el dueño de la opinión. Sobre cualquier tema o controversia él tenía siempre la última palabra, era el dueño de las palabras Y era, además, intocable. Al menos eso pensaba. Él ponía y quitaba gobiernos, él influía en la elaboración de las leyes, el compraba las leyes. Era el más prestigioso industrial del país, un comerciante de fuste, un honorable banquero, como suele decirse –aunque banquero y honorable son términos excluyentes, antitéticos, antagónicos, incompatibles-, era un príncipe de la gentileza y el mecenazgo, era dueño de generales, congresistas, periodistas, artistas, policías, políticos y presidentes de turno, porque los había comprado a buen precio, y era dueño de vidas y haciendas, podía comprarlo todo, pero no podía comprar juventud, no podía comprar vida. Ni siquiera alegría de vivir
Era absurdo, una paradoja. El íntimo fracaso de la condición humana. Era un hombre al que le sobraban recursos materiales y aunque seguía empleando sus malas artes en la consecución de más y más recursos que le sobraban, le faltaría vida para disfrutarlos.
Era absurdo, pero también era injusto. Después de tantos sacrificios, tantos trabajos, no podría gozarse lo ganado más que por el miserable tiempecito de una breve existencia terrenal. La riqueza, por el momento, no podía devolverle el vigor ni prolongar su estancia en el mundo, pero algo podría hacerse en un futuro. Tenía que haber una solución y la había.
Verá usted, señor mío- dijo el Dr. Loiácono- La práctica de la criogenia consiste en preservar un cuerpo mediante su congelamiento con la finalidad de resucitarlo en el futuro. Legalmente, debe llevarse a cabo inmediatamente después que una persona ha sido declarada muerta para evitar así lesiones cerebrales que suceden rápidamente pasados los cinco a diez minutos aproximadamente luego de la muerte.  El objetivo de esto es suspender la vida amenazada por una enfermedad incurable hasta tanto se logre obtener la cura a la misma.   
De hecho, a largo plazo la ciencia, la criogenia, le ofrecía la oportunidad de devolverle la vida, reparar los daños causados por la edad y la enfermedad, regresarlo a la juventud e incluso detener la bomba, la hormona de la muerte, que era un hecho comprobado en ciertas especies, y preservarlo más o menos eternamente, discretamente joven.
En California ya había compañías que habían ofrecido esos servicios a personajes tan conspicuos como Walt Disney y otros magnates de la industria cinematográfica. Pero estaba claro que no era un chiste despertar a la vida siendo pobre después de haber sido multimillonario. Aparte de la vida, había que conservar la fortuna. Dejaría a sus herederos una suma discreta para que valoraran lo que tenían y se abrieran paso, como él, a golpes de audacia y artes, aunque fueran malas artes. Las cuentas secretas en Suiza y Gran Caimán no eran problema. Se las llevaría en silencio. Los bienes inmuebles los vendería a la callada y los convertiría en cuentas secretas igual de calladísimas.
El banco, los bancos, los mejores negocios de su vida, aparte del contrabando, los desfalcaría concienzudamente. Tener un banco era un negocio inmejorable, pero robarse el propio banco y esperar que las autoridades del Banco Central acudieran en su auxilio a tapar el agujero con millones del erario y luego robárselo de nuevo era un mejor negocio. Quedaría, eso sí, un poco frente a todos con el alma desnuda y revelaría al mundo su miseria. ¡Qué miseria! ¡Qué miseria la de un banquero miserable que se desnuda del traje de filántropo, de ciudadano prestante y queda con el alma en pelota, sin dignidad, sin honor. Pero eso no lo preocupaba mayormente. Al fin y al cabo su moral era el dinero, al que había dedicado su vida y eso lo justificaba todo, lo compensaba todo. No tendría que preocuparse por ir a la cárcel, por supuesto, ni pensar en la posibilidad de propinarse la muerte de Séneca ni un balazo redentor porque ya estaría técnicamente muerto.
A pesar de toda su experiencia, su fineza, su habilidad en el movimiento de sus bienes, los herederos advirtieron, sin embargo, el rumbo que tomaban las cosas y empezaron a preocuparse seriamente y finalmente lo atajaron en el trámite. De alguna manera se dieron cuenta de sus operaciones e intenciones y lo encararon malamente, papacito, abuelito, qué estás haciendo. Buscaron abogados, lo recusaron, iniciaron un proceso de inhabilitación legal que le impediría el manejo de sus bienes, y en la discusión feroz que vino después sintió esa ausencia de sí mismo, ese caer en un vacío, en casi la mitad de su cuerpo muerto y sin haber concluido el proceso que le garantizaría la vida y la fortuna, la vida y la juventud después de la muerte.
Ahora los parientes se arremolinaban en derredor de su lecho, sin reparar en las sombras de su mala conciencia que gravitaban sobre el lecho de muerte, la desesperación, la impotencia reflejadas, dibujadas trágicamente en su rostro. Llévenme de inmediato a California, carajo. El hijo mayor se acercó, se acercó el primer nietecito adorado. Qué nadie le ponga la manos a mis mujeres, carajo. El nietecito adorado dijo que parece que el abuelo quiere decirnos algo, viendo sus ojos desorbitados. Qué nadie toque mi dinero, carajo. El hijo mayor dijo que sí, que el abuelo quiere decirnos algo, quiere llevarse su fortuna al más allá. Entonces el nietecito adorado hizo un chiste que había escuchado muchas veces en el colegio. No te preocupes, abuelito, pondremos un cheque en tu caja.

pcs, santo domingo, 14 de marzo, 2006.

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2 comentarios:

Lourdes Batista dijo...

Excelente, pude descubrir el personaje ! Ojalá y el cuento, el final sea una profecía!

atizando dijo...

Me importa un pepino!!