sábado, 27 de abril de 2019

Curzio Malaparte: La piel

Curzio Malaparte: La piel

La descripción que hace Curzio Malaparte de la llegada de los ejércitos aliados a la ciudad de Nápoles durante la segunda guerra mundial es alucinante, surrealista, sombría, salpicada a veces, muchas veces, de un humor oscuro y retorcido y vitriólico. El típico humor de las obras de este extraño y polémico escritor que nació llamándose Kurt Erich Suckert. Hijo de madre italiana y un padre alemán al que parece que odiaba cordialmente.
Lo que describe Malaparte en el primer capítulo de su novela, el primer terrible capítulo de “La piel”, no es la alegría desbordada con la que un pueblo recibe a sus liberadores, sino la humillación vociferante con que se recibe a los vencedores.
Todo está a la venta. Las mujeres se venden, los hombres se venden, madres y padres venden a sus hijos. Dos dólares por la hija. Dos dólares por el hijo. El hambre convierte a los seres humanos en mercancía.
-Los soldados americanos -dice el protagonista- se creen que compran una mujer, pero lo que compran es su hambre. Se creen que compran amor, pero lo que compran es un pedazo de hambre. Si yo fuese un soldado americano, compraría un pedazo de hambre y me lo llevaría a América como regalo para mi mujer… Un pedazo de hambre es un buen regalo.
Como dice Rachel Kushner en una introducción que se ajusta como anillo al dedo a la novela de Malaparte, a éste “le interesaba la terrible materia de la que está hecha la vida real –la guerra, el sufrimiento, la crueldad, la degradación– y al mismo tiempo se sentía comprometido, de un modo histriónico, a llegar al quid de esa terrible materia de la ‘vida real’. Aunque tal vez lo que más le interesaba de todo era estar en el centro de las cosas, como está en ‘La piel’”.
Así, “en la presentación que Malaparte nos ofrece de la ocupación de Nápoles tanto la ciudad como su economía se reducen a la más básica de las mercancías, convertida en fetiche: el cuerpo que se vende. Las madres venden a sus hijos y los soldados los compran, y esas madres y esos hijos tienen tanta suerte de convertirse en los objetos de una transacción… Están salvando su propia piel”.
Quizás lo más impresionante de ésta y otras novelas de Curzio Malaparte es la frialdad, el distanciamiento o desprendimiento con el que narra los episodios más dantescos. En la célebre “Kaputt” hay una escena que pone los pelos de punta por esa forma de contar cosas terribles como si fueran anécdotas de salón.
Malaparte, en su calidad de corresponsal de guerra en el frente oriental, comparte en una cena con varios invitados entre los que se encuentra un jerarca nazi. Escuchan y hablan de música selecta, arte y literatura en el más refinado de los ambientes.
Luego salen a dar un paseo. Cuando un niño judío se atraviesa en el camino, el nazi le pega un tiro y al parecer no sucede nada. Simplemente había matado a un ratón, como le decían a los niños judíos que se arriesgaban a salir de sus escondites en busca de comida. Los ratones de “La piel” son napolitanos. Pasan cosas terribles y a la vez no pasa nada. La excesiva objetividad de la narración mitiga la tragedia, aparentemente no produce gran emoción en el narrador ni en los personajes, todos son un poco impermeables al dolor humano. Un brutal sarcasmo toma el lugar de lo que podría ser conmiseración o empatía.
La peste
Eran los días de la “peste, de Nápoles. Todas las tardes a las cinco, después de media hora de punching ball y una ducha caliente en el gimnasio de la PBS, la Peninsular Base Section, el coronel Jack Hamilton y yo bajábamos a pie hacia San Ferdinando, abriéndonos paso a codazos entre la multitud que, desde el alba hasta el toque de queda, se agolpaba tumultuosa en vía Toledo.
Limpios, aseados y bien alimentados, Jack y yo avanzábamos entre la terrible multitud napolitana, mísera, sucia, hambrienta y andrajosa, a la que pelotones de soldados de los ejércitos liberadores, compuestos por todas las razas de la tierra, atropellaban e injuriaban en todas las lenguas y todos los dialectos del mundo. Entre todos los pueblos de Europa, al pueblo napolitano le había tocado en suerte el honor de ser liberado el primero; y para celebrar tan merecido galardón, mis pobres napolitanos, después de tres años de hambre, epidemias y feroces bombardeos, habían aceptado de buena gana y por caridad hacia la patria la tan codiciada y envidiada gloria de representar el papel del pueblo vencido, de cantar, batir palmas, saltar de alegría entre las ruinas de sus casas, ondear banderas extranjeras, enemigas hasta el día anterior, y arrojar desde las ventanas flores a los vencedores.
No obstante, y a pesar de ese universal y sincero entusiasmo, no había en toda Nápoles un solo napolitano que se sintiese vencido. No sé decir cómo nació ese extraño sentimiento en el ánimo del pueblo. Estaba fuera de toda duda que Italia, y por lo tanto también Nápoles, había perdido la guerra. Por supuesto, es mucho más difícil perder una guerra que ganarla. Todo el mundo sirve para ganar una guerra, pero no todo el mundo es capaz de perderla. Sin embargo, no basta con perder la guerra para obtener el derecho a sentirse un pueblo vencido. Con su ancestral sabiduría, nutrida por la dolorosa experiencia de varios siglos, mis pobres napolitanos no se arrogaban el derecho de sentirse un pueblo vencido. Esto era, sin duda, una grave falta de tacto. Pero ¿acaso podían pretender los aliados liberar a los pueblos y obligarlos al mismo tiempo a sentirse vencidos? O libres o vencidos. Sería injusto culpar al pueblo napolitano de que no se sintiera ni libre ni vencido.
Cuando caminaba junto al coronel Hamilton, yo me sentía maravillosamente ridículo con mi uniforme inglés. Los uniformes del Cuerpo Italiano de Liberación eran viejos uniformes ingleses de color caqui cedidos por el mando británico al mariscal Badoglio y teñidos, quién sabe si para intentar ocultar las manchas de sangre y los orificios de los proyectiles, de verde oscuro, color lagarto. De hecho, eran los uniformes de los soldados británicos caídos en El Alamein y Tobruk. En mi guerrera eran visibles los orificios de tres proyectiles de ametralladora. Mi camiseta, mi camisa y mis calzoncillos estaban manchados de sangre. Hasta mis zapatos procedían del cadáver de un soldado inglés. La primera vez que me los puse, sentí una punzada en la planta del pie. Al principio pensé que alguno de los huesecillos del muerto se habría quedado en el interior del zapato. Era un clavo. Tal vez hubiera sido mejor que fuera un huesecillo del muerto: habría sido más fácil sacarlo. Tardé media hora en encontrar unas tenazas y arrancar el clavo. Huelga decirlo: para nosotros aquella estúpida guerra había terminado francamente bien. Desde luego, no podía terminar mejor. Nuestro amor propio de soldados quedaba a salvo; ahora combatíamos junto a los aliados, para ganar con ellos su guerra después de haber perdido la nuestra, y por lo tanto era natural que nos vistiéramos con los uniformes de los soldados aliados a quienes nosotros mismos habíamos dado muerte.



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Pedro Conde Sturla

La descripción que hace Curzio Malaparte de la llegada de los ejércitos aliados a la ciudad de Nápoles durante la segunda guerra mundial es alucinante, surrealista, sombría, salpicada a veces, muchas veces, de un humor oscuro y retorcido y vitriólico. El típico humor de las obras de este extraño y polémico escritor que nació llamándose Kurt Erich Suckert. Hijo de madre italiana y un padre alemán al que parece que odiaba cordialmente.
Lo que describe Malaparte en el primer capítulo de su novela, el primer terrible capítulo de “La piel”, no es la alegría desbordada con la que un pueblo recibe a sus liberadores, sino la humillación vociferante con que se recibe a los vencedores.
Todo está a la venta. Las mujeres se venden, los hombres se venden, madres y padres venden a sus hijos. Dos dólares por la hija. Dos dólares por el hijo. El hambre convierte a los seres humanos en mercancía.
-Los soldados americanos -dice el protagonista- se creen que compran una mujer, pero lo que compran es su hambre. Se creen que compran amor, pero lo que compran es un pedazo de hambre. Si yo fuese un soldado americano, compraría un pedazo de hambre y me lo llevaría a América como regalo para mi mujer… Un pedazo de hambre es un buen regalo.
Como dice Rachel Kushner en una introducción que se ajusta como anillo al dedo a la novela de Malaparte, a éste “le interesaba la terrible materia de la que está hecha la vida real –la guerra, el sufrimiento, la crueldad, la degradación– y al mismo tiempo se sentía comprometido, de un modo histriónico, a llegar al quid de esa terrible materia de la ‘vida real’. Aunque tal vez lo que más le interesaba de todo era estar en el centro de las cosas, como está en ‘La piel’”.
Así, “en la presentación que Malaparte nos ofrece de la ocupación de Nápoles tanto la ciudad como su economía se reducen a la más básica de las mercancías, convertida en fetiche: el cuerpo que se vende. Las madres venden a sus hijos y los soldados los compran, y esas madres y esos hijos tienen tanta suerte de convertirse en los objetos de una transacción… Están salvando su propia piel”.
Quizás lo más impresionante de esta y otras novelas de Curzio Malaparte es la frialdad, el distanciamiento o desprendimiento con el que narra los episodios más dantescos. En la célebre “Kaputt” hay una escena que pone los pelos de punta por esa forma de contar cosas terribles como si fueran anécdotas de salón.
Malaparte, en su calidad de corresponsal de guerra en el frente oriental, comparte en una cena con varios invitados entre los que se encuentra un jerarca nazi. Escuchan y hablan de música selecta, arte y literatura en el más refinado de los ambientes.
Luego salen a dar un paseo. Cuando un niño judío se atraviesa en el camino, el nazi le pega un tiro y al parecer no sucede nada. Simplemente había matado a un ratón, como le decían a los niños judíos que se arriesgaban a salir de sus escondites en busca de comida. Los ratones de “La piel” son napolitanos. Pasan cosas terribles y a la vez no pasa nada. La excesiva objetividad de la narración mitiga la tragedia, aparentemente no produce gran emoción en el narrador ni en los personajes, todos son un poco impermeables al dolor humano. Un brutal sarcasmo toma el lugar de lo que podría ser conmiseración o empatía.
La peste
Eran los días de la “peste, de Nápoles. Todas las tardes a las cinco, después de media hora de punching ball y una ducha caliente en el gimnasio de la PBS, la Peninsular Base Section, el coronel Jack Hamilton y yo bajábamos a pie hacia San Ferdinando, abriéndonos paso a codazos entre la multitud que, desde el alba hasta el toque de queda, se agolpaba tumultuosa en vía Toledo.
Limpios, aseados y bien alimentados, Jack y yo avanzábamos entre la terrible multitud napolitana, mísera, sucia, hambrienta y andrajosa, a la que pelotones de soldados de los ejércitos liberadores, compuestos por todas las razas de la tierra, atropellaban e injuriaban en todas las lenguas y todos los dialectos del mundo. Entre todos los pueblos de Europa, al pueblo napolitano le había tocado en suerte el honor de ser liberado el primero; y para celebrar tan merecido galardón, mis pobres napolitanos, después de tres años de hambre, epidemias y feroces bombardeos, habían aceptado de buena gana y por caridad hacia la patria la tan codiciada y envidiada gloria de representar el papel del pueblo vencido, de cantar, batir palmas, saltar de alegría entre las ruinas de sus casas, ondear banderas extranjeras, enemigas hasta el día anterior, y arrojar desde las ventanas flores a los vencedores.
No obstante, y a pesar de ese universal y sincero entusiasmo, no había en toda Nápoles un solo napolitano que se sintiese vencido. No sé decir cómo nació ese extraño sentimiento en el ánimo del pueblo. Estaba fuera de toda duda que Italia, y por lo tanto también Nápoles, había perdido la guerra. Por supuesto, es mucho más difícil perder una guerra que ganarla. Todo el mundo sirve para ganar una guerra, pero no todo el mundo es capaz de perderla. Sin embargo, no basta con perder la guerra para obtener el derecho a sentirse un pueblo vencido. Con su ancestral sabiduría, nutrida por la dolorosa experiencia de varios siglos, mis pobres napolitanos no se arrogaban el derecho de sentirse un pueblo vencido. Esto era, sin duda, una grave falta de tacto. Pero ¿acaso podían pretender los aliados liberar a los pueblos y obligarlos al mismo tiempo a sentirse vencidos? O libres o vencidos. Sería injusto culpar al pueblo napolitano de que no se sintiera ni libre ni vencido.
Cuando caminaba junto al coronel Hamilton, yo me sentía maravillosamente ridículo con mi uniforme inglés. Los uniformes del Cuerpo Italiano de Liberación eran viejos uniformes ingleses de color caqui cedidos por el mando británico al mariscal Badoglio y teñidos, quién sabe si para intentar ocultar las manchas de sangre y los orificios de los proyectiles, de verde oscuro, color lagarto. De hecho, eran los uniformes de los soldados británicos caídos en El Alamein y Tobruk. En mi guerrera eran visibles los orificios de tres proyectiles de ametralladora. Mi camiseta, mi camisa y mis calzoncillos estaban manchados de sangre. Hasta mis zapatos procedían del cadáver de un soldado inglés. La primera vez que me los puse, sentí una punzada en la planta del pie. Al principio pensé que alguno de los huesecillos del muerto se habría quedado en el interior del zapato. Era un clavo. Tal vez hubiera sido mejor que fuera un huesecillo del muerto: habría sido más fácil sacarlo. Tardé media hora en encontrar unas tenazas y arrancar el clavo. Huelga decirlo: para nosotros aquella estúpida guerra había terminado francamente bien. Desde luego, no podía terminar mejor. Nuestro amor propio de soldados quedaba a salvo; ahora combatíamos junto a los aliados, para ganar con ellos su guerra después de haber perdido la nuestra, y por lo tanto era natural que nos vistiéramos con los uniformes de los soldados aliados a quienes nosotros mismos habíamos dado muerte.


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lunes, 22 de abril de 2019

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [1-39])

Pedro Conde Sturla
10 de septiembre 2018/24 de febrero 2019

Siete al anochecer (1)

Al querido Jefe siempre le decíamos que se cuidara, que no anduviera sólo, que había mucha gente mala y envidiosa en este país, se lo decíamos a cada rato una vez y otra vez  cuando venía de visita, se lo repetíamos sin cesar querido Jefe, una y otra vez querido Jefe, cuídese mucho, querido, que el país lo necesita, que nadie puede ocupar su lugar. Se lo decíamos a coro mis dos hermanas y yo, las tres que habíamos quedado bajo su manto protector por expreso deseo de nuestro padre, el deseo de un padre amoroso en lecho de muerte. En él había encontrado nuestro progenitor un amigo, un mentor, un hermano. En él sus hijas  encontraron otro padre, un tutor, un benefactor, un abnegado educador, un refugio, un amante, un marido.

domingo, 21 de abril de 2019

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO: CHAPITA. (1-11).

Pedro Conde Sturla
17 de diciembre de 2018/25 de febrero de 2019 


Chapita (1) 

…bailemos un merengue de espaldas a la sombra / de tus viejos dolores, / más allá de tu noche eterna que no acaba, / frente a frente a la herida violeta de tus labios / por donde gota a gota como un oscuro río / desangran tus palabras. / Bailemos un merengue que nunca más se acabe, /bailemos un merengue hasta la madrugada: / el furioso merengue que ha sido nuestra historia.
Franklin Mieses Burgos
Paisaje con un merengue al fondo

Doña Julia Molina de Trujillo, como especie de caja de Pandora, parió una fiera tras otra en fila india, una más mala que la anterior y la posterior y viceversa. De su vientre  salieron todos malos. Allí no había términos medios, solo había malos y malas y peores, demonios y demonias. La futura Excelsa Matrona sabía parir, no cabe duda, aunque paría de mal en peor. Y una de esas fieras, quizás la más fiera de todas las fieras, estaba marcada por el destino, por el azar, la predestinación, por la historia y las circunstancias, por la suerte o por designios del imperio, por las fuerzas de ocupación norteamericanas, por lo que ustedes quieran.
El predestinado debutó en la escena nacional e internacional como un héroe de mil batallas a juzgar por los títulos militares que se concedió. No se conformó con el rango de general, tuvo que ser generalísimo, un rango que, sin embargo, le quedaba corto a su ego. El generalísimo era un megalómano como todos los de su clase, como sus contemporáneos y cofrades, los generalísimos Francisco Franco y  Chiang Kai-shek, con la diferencia de que el generalísimo criollo no participó nunca en batalla alguna y solo estuvo en guerra contra su pueblo. No carecía, por supuesto, de una adecuada formación militar porque las tropas del imperio se habían ocupado de ello, pero al parecer se graduó de generalísimo por correspondencia o por obra y gracias de sus aduladores.
A lo largo y a lo ancho de su vida le otorgaron o se hizo otorgar innumerables títulos que, sólo por casualidad, no incluían ninguno de nobleza. Así fue, entre otras cosas, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria nueva, Primer maestro dominicano y Generalísimo Doctor Rafael Leonidas Trujillo Molina. El supremo pato macho de la República Dominicana y el Caribe durante más de treinta años de tiranía.
Chapita
En realidad, sus títulos eran demasiados para ser contados. Uno de los más curiosos era el de Generalísimo Invicto de los Ejércitos Dominicanos.

sábado, 20 de abril de 2019

HISTORIA CRIMINAL DE TRUJILLATO. TERCERA PARTE (1-6)

Pedro Conde Sturla



Juramentación del dictador el 16 de agosto 1930




El traje nuevo del emperador

16 de agosto 1930
Mis hermanas y yo, las hijas del conocido general Bonilla, lo recordamos todavía claramente… como si fuera ayer… Lo vimos todo desde un sitial privilegiado, desde aquel balcón del segundo piso, frente a frente a la tarima presidencial, justo a un costado de la catedral. Nuestra catedral primada de América. !Qué espectáculo! ¡Cómo poder olvidar aquel prodigio, aquella apoteosis?

lunes, 15 de abril de 2019

CEMENTERIO SIN CRUCES (4 de 4)

Cementerio sin cruces (4-4)

El fracaso de la conspiración militar de Leoncio Blanco y el baño de sangre en el que fueron ahogados sus participantes no desalentó ni desalentaría a la oposición. De hecho, las conspiraciones fallidas, los atentados fallidos y las invasiones fallidas serían cosa de rutina durante la era gloriosa.
Todas fracasarían rutinariamente, pero cada fracaso, en vez de aplacar los ánimos se convertía en caldo de cultivo, alimentaba el germen de nuevos proyectos subversivos que desembocaban en nuevos fracasos. Un día llegaría, finalmente, en el que un grupo de temerarios fraguaría un complot que tendría éxito, algo que parecía imposible llevar a cabo. Una conjura de la que ningún organismo de seguridad tendría noticias. Esa vez, como dice Tiberio Castellanos,  nadie hablaría entre tragos, no habría un descuido, un infiltrado, un delator, ni un cobarde ni un traidor.
Cárcel de Nigua
Mientras tanto, la gente que luchaba contra la tiranía no se tomaba vacaciones. La rebeldía juvenil -afirma Jimenes Grullón- se ponía de manifiesto por medio de acciones que permanecen ignoradas u olvidadas. En 1932, un grupo de estudiantes universitarios intentó ponerle a la bestia una bomba cuyos materiales de fabricación procedían de Puerto Rico. En 1933 un grupo de jóvenes, que al parecer fue descubierto, hizo estallar un explosivo en el cementerio municipal de la capital. A principios de 1934 hubo nuevas explosiones en la misma ciudad y sobre todo en Santiago. Todo un festival de bombas y manifestaciones de rebeldía.
Dice Crassweler que el verano de 1934 fue testigo de una inusual agitación en el Cibao, que aparecieron numerosos letreros antigobiernistas en escuelas y calles, que  explotaron numerosas bombas de fabricación casera, que floreció además una cierta industria artesanal de fabricación de armas de fuego rudimentarias, escopetas recortadas y otros ingenios. Todo esto era parte de una serie de proyectos de la llamada conspiración de Santiago. Una conspiración de gente notable en su mayoría, que corrió la misma suerte que la de Leoncio Blanco.
Algunos de los conspiradores habían planificado ejecutar a Trujillo en Santiago, durante las festividades conmemorativas de la batalla del 30 de marzo de 1844, y había también un plan para acabar con la vida del aborrecible general y gobernador de Santiago, José Estrella, el hombre que organizó el asesinato de Virgilio Martínez Reyna y su esposa embarazada. La deplorable iniciativa de poner bombas en residencias y lugares públicos de varios pueblos y ciudades formaba parte  de la conspiración.
La violenta reacción del gobierno contra los autores de tanto atrevimiento no se hizo esperar. La bestia designó a su verdugo favorito y mano derecha, el mismo José estrella que estuvo en la mira de los conjurados, como comisionado especial para dirigir las investigaciones y la feroz represión contra santos y pecadores.
Numerosos jóvenes señalados como autores de los pasquines que habían aparecido en escuelas y sitios públicos y que eran sospechosos de haber hecho estallar bombas, fueron arrestados junto a los que estaban involucrados en los atentados contra Trujillo y José Ureña.
Algunos de los implicados o acusados por  el asunto de las bombas y pasquines fueron Mario de Peña, el doctor Pancho Castellanos, Juan Rafael López, José Sixto Liz, Sergio Manuel Idelfonso y Jesús Maria Patiño, miembro de una familia que casi fue totalmente exterminada por su oposición a la tiranía.
Entre los cabecillas del proyectado atentado contra Trujillo estaban Ángel Miolán, Ramón Vila Piola, Rigoberto Cerda, Ramón Emilio Michel, Juan Isidro Jiménes Grullón y Daniel Ariza. El muy infortunado Daniel Ariza.
En el fracasado atentado contra el general José Estrella estuvieron involucrados Rafael Antonio Veras, Hostos Guaroa, Feliz Pepín, Federico Guillermo Liz, Juan Rafael López, Leonel García Beltrán, Rigoberto Cerda y otros.
De acuerdo con un estimado conservador, se calcula que unas cuarenta o cincuenta personas  implicadas o supuestamente implicadas en la conspiración de Santiago fueron arrestadas y condenadas a ejemplares penas de prisión. Jimenes Grullón y Ángel Miolán se sacaron el premio mayor y fueron agraciados con una condena de treinta años, que era la pena máxima, relativamente máxima.
La pena máxima era la tortura y la muerte y los trabajos forzados en la tenebrosa cárcel de Nigua y sus alrededores, cerca de San Cristobal, cuna del benefactor. Cuna de la bestia.
Torturas, trabajos forzados, fiebres palúdicas  y continuas amenazas convertían a los prisioneros en muertos vivientes, forzados a trabajar de sol a sol en labores de limpieza de matojos, plantaciones de arroz y construcción de caminos durante el día. Apretujados durante la noche en celdas claustrofóbicas, sometidos al castigo de las pulgas, de los piojos, de los chinches, de las niguas,  sobreviviendo entre  ratones, cucarachas y otros bichos infames, sin asistencia médica para curarse lesiones y heridas de las que muchos morían. Otros serían fusilados por órdenes superiores o ejecutados a capricho por órdenes de oficiales como Federico Fiallo o Joaquin Cocco, fusilados y enterrados en el desolado anonimato del cementerio de Camunguí.
Dice el Dr. Lino Romero que en el infierno que reinaba en lo que muchos llamaban campo de concentración de Nigua los prisioneros oían o veían, o quizás ambas cosas,  cómo torturaban a sus compañeros y cómo se consumían sus vidas día por día, en medio de oprobios inhumanos, cómo Ellubín Cruz y Luis Helú se volvieron locos y murieron al cabo de tormentos espantosos, cómo Daniel Ariza sucumbió tras las infinitas  torturas que le convirtieron en un zombi, obligado a seguir trabajando con pesados instrumentos, mientras su cuerpo se convertía en un guiñapo, cómo padecía bajo las golpizas que le propinaban, cómo al morir parecía poco menos que un deshecho humano, sólo piel y sólo huesos, cómo se le declaró cínicamente muerto por arterioesclerosis.
Otro, como Rigoberto Cerda -dice Lino Romero-, sufrió también un martirio y fue dejado en libertad, aparente libertad por aparente misericordia, cuando se estaba muriendo y unos días después apareció degollado. Otro, como Félix Ceballos, sufrió abusos interminables y fiebres palúdicas y finalmente contrajo tuberculosis y murió desangrado durante un episodio de hemoptisis. Otros, igualmente vejados y martirizados, como Manuel y Bernardo Bermúdez, Tomás Ceballos, Alfonso Colón, Chicha Montes de Oca, fueron al final ahorcados.
La mayoría, de los presos, en general, recibió golpizas descomunales a manos de esbirros y torturadores como los infames José Álvarez, el coronel Rafael Pérez, José Leger, Dominicano Álvarez, el capitán José Pimentel y un soldado  que destacaba por su crueldad y el apodo de Pelo Fino.
Unos cuantos (entre ellos Jiménes Grullón y Ángel Miolán) tuvieron más suerte dentro de la mala suerte que les había tocado en suerte y fueron indultados por la gracia del jefe del estado. La poca gracia de la bestia.
Siete al anochecer: historia criminal del trujillato [31]. Tercera parte).
Bibliografía:
Ángela Peña, “Un libro sobre la siquiatría en República Dominicana”
Bombas contra Trujillo en Santiago,
Lino A. Romero, “Historia de la psiquiatría dominicana”
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”



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Pedro Conde Sturla
Viernes 12 de abril 2019
Cárcel de Nigua 

El fracaso de la conspiración militar de Leoncio Blanco y el baño de sangre en el que fueron ahogados sus participantes no desalentó ni desalentaría a la oposición. De hecho, las conspiraciones fallidas, los atentados fallidos y las invasiones fallidas serían cosa de rutina durante la era gloriosa.

Todas fracasarían rutinariamente, pero cada fracaso, en vez de aplacar los ánimos se convertía en caldo de cultivo, alimentaba el germen de nuevos proyectos subversivos que desembocaban en nuevos fracasos. Un día llegaría, finalmente, en el que un grupo de temerarios fraguaría un complot que tendría éxito, algo que parecía imposible llevar a cabo. Una conjura de la que ningún organismo de seguridad tendría noticias. Esa vez, como dice Tiberio Castellanos,  nadie hablaría entre tragos, no habría un descuido, un infiltrado, un delator, ni un cobarde ni un traidor.  

Mientras tanto, la gente que luchaba contra la tiranía no se 
tomaba vacaciones. La rebeldía juvenil -afirma Jimenes Grullón- se ponía de manifiesto por medio de acciones que permanecen ignoradas u olvidadas. En 1932, un grupo de estudiantes universitarios intentó ponerle a la bestia una bomba cuyos materiales de fabricación procedían de Puerto Rico. En 1933 un grupo de jóvenes, que al parecer fue descubierto, hizo estallar un explosivo en el cementerio municipal de la capital. A principios de 1934 hubo nuevas explosiones en la misma ciudad y sobre todo en Santiago. Todo un festival de bombas y manifestaciones de rebeldía.

Dice Crassweler que el verano de 1934 fue testigo de una inusual agitación en el Cibao, que aparecieron numerosos letreros antigobiernistas en escuelas y calles, que  explotaron numerosas bombas de fabricación casera, que floreció además una cierta industria artesanal de fabricación de armas de fuego rudimentarias, escopetas recortadas y otros ingenios. Todo esto era parte de una serie de proyectos de la llamada conspiración de Santiago. Una conspiración de gente notable en su mayoría, que corrió la misma suerte que la de Leoncio Blanco. 

Algunos de los conspiradores habían planificado ejecutar a Trujillo en Santiago, durante las festividades conmemorativas de la batalla del 30 de marzo de 1844, y había también un plan para acabar con la vida del aborrecible general y gobernador de Santiago, José Estrella, el hombre que organizó el asesinato de Virgilio Martínez Reyna y su esposa embarazada. La deplorable iniciativa de poner bombas en residencias y lugares públicos de varios pueblos y ciudades formaba parte  de la conspiración. 

La violenta reacción del gobierno contra los autores de tanto atrevimiento no se hizo esperar. La bestia designó a su verdugo favorito y mano derecha, el mismo José estrella que estuvo en la mira de los conjurados, como comisionado especial para dirigir las investigaciones y la feroz represión contra santos y pecadores.

Numerosos jóvenes señalados como autores de los pasquines que habían aparecido en escuelas y sitios públicos y que eran sospechosos de haber hecho estallar bombas, fueron arrestados junto a los que estaban involucrados en los atentados contra Trujillo y José Ureña.

Algunos de los implicados o acusados por  el asunto de las bombas y pasquines fueron Mario de Peña, el doctor Pancho Castellanos, Juan Rafael López, José Sixto Liz, Sergio Manuel Idelfonso y Jesús Maria Patiño, miembro de una familia que casi fue totalmente exterminada por su oposición a la tiranía.

Entre los cabecillas del proyectado atentado contra Trujillo estaban Ángel Miolán, Ramón Vila Piola, Rigoberto Cerda, Ramón Emilio Michel, Juan Isidro Jiménes Grullón y Daniel Ariza. El muy infortunado Daniel Ariza.

En el fracasado atentado contra el general José Estrella estuvieron involucrados Rafael Antonio Veras, Hostos Guaroa, Feliz Pepín, Federico Guillermo Liz, Juan Rafael López, Leonel García Beltrán, Rigoberto Cerda y otros.

De acuerdo con un estimado conservador, se calcula que unas cuarenta o cincuenta personas  implicadas o supuestamente implicadas en la conspiración de Santiago fueron arrestadas y condenadas a ejemplares penas de prisión. Jimenes Grullón y Ángel Miolán se sacaron el premio mayor y fueron agraciados con una condena de treinta años, que era la pena máxima, relativamente máxima.

La pena máxima era la tortura y la muerte y los trabajos forzados en la tenebrosa cárcel de Nigua y sus alrededores, cerca de San Cristobal, cuna del benefactor. Cuna de la bestia. 

Torturas, trabajos forzados, fiebres palúdicas  y continuas amenazas convertían a los prisioneros en muertos vivientes, forzados a trabajar de sol a sol en labores de limpieza de matojos, plantaciones de arroz y construcción de caminos durante el día. Apretujados durante la noche en celdas claustrofóbicas, sometidos al castigo de las pulgas, de los piojos, de los chinches, de las niguas,  sobreviviendo entre  ratones, cucarachas y otros bichos infames, sin asistencia médica para curarse lesiones y heridas de las que muchos morían. Otros serían fusilados por órdenes superiores o ejecutados a capricho por órdenes de oficiales como Federico Fiallo o Joaquin Cocco, fusilados y enterrados en el desolado anonimato del cementerio de Camunguí.

Dice el Dr. Lino Romero que en el infierno que reinaba en lo que muchos llamaban campo de concentración de Nigua los prisioneros oían o veían, o quizás ambas cosas,  cómo torturaban a sus compañeros y cómo se consumían sus vidas día por día, en medio de oprobios inhumanos, cómo Ellubín Cruz y Luis Helú se volvieron locos y murieron al cabo de tormentos espantosos, cómo Daniel Ariza sucumbió tras las infinitas  torturas que le convirtieron en un zombi, obligado a seguir trabajando con pesados instrumentos, mientras su cuerpo se convertía en un guiñapo, cómo padecía bajo las golpizas que le propinaban, cómo al morir parecía poco menos que un deshecho humano, sólo piel y sólo huesos, cómo se le declaró cínicamente muerto por arterioesclerosis.

Otro, como Rigoberto Cerda -dice Lino Romero-, sufrió también un martirio y fue dejado en libertad, aparente libertad por aparente misericordia, cuando se estaba muriendo y unos días después apareció degollado. Otro, como Félix Ceballos, sufrió golpizas interminables y fiebres palúdicas y finalmente contrajo tuberculosis y murió desangrado durante un episodio de hemoptisis. Otros, igualmente vejados y martirizados, como Manuel y Bernardo Bermúdez, Tomás Ceballos, Alfonso Colón, Chicha Montes de Oca, fueron al final ahorcados.

La mayoría, de los presos, en general, recibió golpizas descomunales a manos de esbirros y torturadores como los infames José Álvarez, el coronel Rafael Pérez, José Leger, Dominicano Álvarez, el capitán José Pimentel y un soldado  que destacaba por su crueldad y el apodo de Pelo Fino.

Unos cuantos (entre ellos Jiménes Grullón y Ángel Miolán) tuvieron más suerte dentro de la mala suerte que les había tocado en suerte y fueron indultados por la gracia del jefe del estado. La poca gracia de la bestia. 


Siete al anochecer: historia criminal del trujillato [31]. Tercera parte).


Bibliografía:

Ángela Peña, “Un libro sobre la siquiatría en República Dominicana”

Bombas contra Trujillo en Santiago,

Lino A. Romero,ñ
“Historia de la psiquiatría dominicana”

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”







viernes, 5 de abril de 2019

CEMENTERIO SIN CRUCES (3)

Cementerio sin cruces (3)

El descubrimiento de la conspiración del teniente coronel Leoncio Blanco le produjo a Trujillo el mismo efecto que al demonio cuando le pisan la cola. Pero el demonio podía ser más comedido. La bestia seguramente estalló en cólera y estuvo a punto de reventar, de arder en llamas por combustión espontánea. Seguramente le dio una rabieta monumental, un berrinche, una pataleta, lanzaría mordiscos de fiera enardecida, mentaría madres, maldeciría, imprecaría, insultaría y finalmente entraría en modo degüello, organizaría la represalia y respondería con todo lo que tenía.
La bestia conocía sin duda aquel refrán que dice que debajo de cualquier yagua vieja sale tremendo alacrán, pero este alacrán salía de las filas del ejército y era un teniente coronel y le decían Blanquito, cariñosamente Blanquito. Leoncio Blanco, Blanquito, un tipo popular entre las tropas, entre civiles y militares. Además no se trataba de un sólo alacrán, eran muchos alacranes uniformados, entre ellos el general Ramón Vasquez Rivera y el mayor Aníbal Vallejo Sosa, amén de numerosos oficiales de menor rango.
El mayor Aníbal Vallejo Sosa
El mayor Aníbal Vallejo Sosa
Como se diría en el acta del consejo de guerra que se llevó a cabo contra los principales acusados, un acontecimiento semejante no había tenido lugar en el país desde la fundación de la gloriosa Guardia Nacional Dominicana en 1917.
La bestia no podía perdonar semejante ingratitud y deslealtad. Apenas tenia tres años y medio en el poder y la misma gente a la que tanto había favorecido ya lo quería tumbar. Los conspiradores intentaban derrocar un gobierno emanado de la legitimidad de las urnas, así fueran funerarias, e interrumpir la magna obra de gobierno que llevaba a cabo el preclaro gobernante durante su primer periodo. La misma que seguiría realizando en el segundo, en el tercero, en el cuarto, en todos los que faltaban.
Lo que la bestia puso en marcha no fue sólo un aparato represivo, sino todo un espectáculo. El de la realidad como espectáculo. Tenía que dar un ejemplo a los traidores y lo dio, un escarmiento público, ejemplar. Concedió plena libertad a los esbirros para que actuaran en consecuencia y en el proceso se cometieron atropellos, asesinatos, encarcelamientos y, como de costumbre, pagaron por sus pecados tanto los mansos como los cimarrones.
A Leoncio Blanco le infligieron todos los tormentos imaginables. Fue arrestado en los primeros días de junio de 1933 y pasó un año o más confinado en una tenebrosa celda solitaria de la cárcel de Nigua. De ahí lo sacaban para interrogarlo, para torturarlo, para obligarlo a dar los nombres de los miembros del complot, pero Leoncio Blanco resistió como un toro, mantuvo todo lo que pudo el silencio, quizás incluso cuando le sacaron las uñas.
Dicen que Trujillo lo visitó en la cárcel, donde se lo presentaron prudentemente esposado y encadenado, y le vació toda una andanada de insultos que no quedaron sin respuesta. Trujillo le diría traidor y el le diría asesino, Trujillo le diría hijo de puta y el le diría cobarde. Dicen que le tiró un escupitajo. Al día siguiente lo ejecutaron, lo ahorcaron, fingieron un suicidio en el más burdo estilo. Lo suicidaron.
Con el general Ramón Vasquez Rivera y el mayor Aníbal Vallejo Sosa emplearon también la tortura y sobre todo la tortura sicológica. El juego del gato que atrapa al ratón y lo suelta, lo mantiene en un permanente estado de incertidumbre y finalmente lo elimina. Era algo parecido a lo que harían con Donato Bencosme y tantos otros. De la cárcel se pasaba a un cargo público y del cargo público a la cárcel y quizás viceversa, hasta llegar al cementerio.
Vásquez Rivera era puertorriqueño y había emigrado al país, como muchos de sus compatriotas de esa época, la época en que los boricuas venían (metafóricamente en yola), en busca de mejores horizontes. Aquí se enganchó a la Guardia Nacional, se destacó entre los mejores oficiales y se ganó el aprecio y la confianza de sus superiores. Llegó a ser jefe, comandante del ejército, hasta el día en que tuvo un tropiezo con Petán.
Petán y varios hermanos de la bestia también habían hecho una carrera exitosa en el ejército. De hecho, habían comenzado desde arriba, con el rango de altos oficiales. Además, el más alto rango era el apellido. Todos, en especial Petán (quizás por razones de abolengo), despreciaban y desconsideran a los oficiales de carrera.
Hay que suponer que, por algún motivo, el arrogante Petán le faltaría al respeto al general Vásquez Rivera y éste no se quedaría callado. Se produciría una agría discusión, una disputa, un enfrentamiento. En el choque del huevo contra la piedra perdió el huevo, desde luego y Vásquez Rivera fue puesto en retiro, lo cancelaron y sustituyeron por José García, un cuñado de la bestia. O de las bestias.
Unos meses después, el coronel Camarena, un oficial de la comandancia Ozama, denunció su participación en el complot militar que organizaba Leoncio Blanco y fue arrestado, vejado, torturado, condenado a cinco años de prisión.
En la cárcel permaneció Vásquez Rivera hasta el año 1938 y de repente lo amnistiaron. La bestia le concedió graciosamente la amnistía y lo nombró cónsul en Burdeos, Francia. Durante un año lo dejó disfrutar las mieles de la vida diplomática bajo algún tipo de chantaje o de amenaza contra él y su familia. Lo trajo de nuevo al país en octubre de 1939, lo acusaron de nuevo de conspirar contra el régimen legalmente constituido y lo trancaron de nuevo. En la fortaleza Ozama estuvo preso un tiempo en condiciones miserables. Allí le quitaron la vida en el mes de enero de 1940. Un homicidio que bautizaron, como de costumbre, con el nombre de suicidio.
El mismo tipo de vejámenes y torturas sufrió el mayor Aníbal Vallejo Sosa, un oficial que junto a Frank Féliz Miranda dio inicio a la aeronáutica militar dominicana. Ambos fueron enviados a Cuba en 1931 a estudiar aviación y de Cuba regresaron convertidos en excelentes pilotos. En 1932 Vallejo Sosa fue nombrado comandante de la recién creada fuerza área y el teniente Féliz Miranda como segundo al mando. Dicha fuerza, que era bastante débil, sólo contaba en principio con dos pilotos y dos aviones que se dedicaban al transporte de pasajeros y de valijas postales por toda la geografía nacional.
Muchos años más tarde, cuando una escuadrilla de cuatro aviones emprendió el fatídico “Vuelo panamericano” con el propósito de honrar la memoria de Colón y recabar fondos para construir un faro en su honor, Frank Féliz Miranda saltaría a la fama al convertirse, por capricho del destino, en el único piloto sobreviviente, el único de los pilotos cuyo avión no se estrelló. Los demás sucumbieron en los cielos de Colombia el día 29 de diciembre de 1937. Sucumbieron, según se dice, a la furia de los vientos de una tormenta y al fucú del gran almirante cuando se dirigían a Panamá. En ese país aterrizó Féliz Miranda, horas después de la tragedia, sin conocer la suerte que habían corrido sus compañeros de viaje.
El mayor Aníbal Vallejo Sosa duraría muy poco en su cargo. A principios de 1934 fue apresado, acusado de formar parte de la conspiración de Leoncio Blanco, torturado rutinariamente, sometido a consejo de guerra, condenado y mantenido en prisión hasta inicios de 1937. Ese año lo pusieron en libertad, igual que harían con el general López Rivera, le dieron un cargo, un nombramiento, lo mandaron a inspeccionar la construcción de una carretera en el sur o algo parecido, lo mantuvieron al salto de la mata, en un estado de zozobra. En 1938 la bestia ordenó su muerte.
Todos los demás, la mayoría de los numerosos conspiradores que Leoncio Blanco había reclutado y otros muchos que no tenían nada que ver con el complot, sufrieron por igual las penas del infierno en la tierra. Se calcula, tímidamente, que al menos un centenar fueron pasados por las armas, torturados y pasados sin apelación por las armas.
Siete al anochecer: historia criminal del trujillato [30]. Tercera parte).
Bibliografía:
Julio M. Rodriguez Grullón,“Primeras conspiraciones militares contra Trujillo.
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator



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Pedro Conde Sturla
Viernes 5 de abril 2019
Mayor Aníbal Vallejo Sosa

El descubrimiento de la conspiración del teniente coronel Leoncio Blanco le produjo a Trujillo el mismo efecto que al demonio cuando le pisan la cola. Pero el demonio podía ser más comedido. La  bestia seguramente estalló en cólera y estuvo a punto de reventar, de arder en llamas por combustión espontánea. Seguramente le dio una rabieta monumental, un berrinche, una pataleta, lanzaría mordiscos de fiera enardecida, mentaría madres, maldeciría, imprecaría, insultaría y finalmente entraría en modo degüello, organizaría la represalia y respondería con todo lo que tenía.