jueves, 23 de noviembre de 2017

VIGILIA DEL ALMIRANTE (1-2)

MEMORIA Y DESMEMORIA
DEL ALMIRANTE
Pedro Conde Sturla.


En aquellos días fatídicos en que un cieguito aciago  construía en hormigón armado un monumento a la memoria del Almirante, y a la suya propia de paso, Augusto Roa Bastos –el muy augusto y vasto escritor paraguayo- erigía con palabras trascendentales otro monumento aun más monumental a su desmemoria, a la ingloriosa fama de su gloria, malamente ganada por simple error de cálculo.  
En el país de los ciegos el tuerto es rey, pero en el país de los dominicanos la ceguera siempre ha estado en el poder hasta más no poder, junto a la locura y la infamia. Así, mientras se vertían aquí paladas y paladas de cemento en homenaje a la hazaña que, al parecer del cieguito, la historia ya no podía negarle, mientras el infausto gobernante rendía tributo en hormigón a los faustos del Descubridor y Encubridor, Roa Bastos reflexionaba sobre el tenebroso personaje, sobre “el puñado de sombra vagamente humana que quedó del Almirante”, sombra nada más.
La empresa literaria de Roa Bastos, “Vigilia del Almirante”, describe y descubre al descubridor bajo una luz inédita. El mismo Augusto Roa Bastos es un poco una sombra, un escritor de bajo perfil, relativamente. La calidad de la obra de este coloso de las letras ha estado opacada por la desmedida fama de plumíferos que no le dan por el tobillo y nunca ha alcanzado la difusión que se merece. Es obra de introspección intensa y profunda con trazos casi siempre magistrales, dominada por un extraño sentido del humor, un sentimiento lúdico y travieso del lenguaje que se manifiesta en el continuo juego de palabras, en la inteligencia que pone en cada palabra con la precisión de un artífice:
“Quiere este texto recuperar la carnadura del hombre común, oscuramente genial, que produjo sin saberlo, sin proponérselo, sin presentirlo siquiera, el mayor acontecimiento cosmográfico y cultural registrado en dos milenios de historia de la humanidad. Este hombre enigmático, tozudo, desmemoriado para todo lo que no fuera su obsesión, nos dejó su ausencia, su olvido. La historia le robó su nombre. Necesitó quinientos años para nacer como mito.”
El propósito de Roa Bastos no es despejar sino más bien recrear la incógnita del Almirante, “este enigma, sobre este hombre interminable del que todos hablan sin saber quién es…” y al que algunos llaman “judío catalán de oscura prosapia”, “marinero apestoso a salmuera”, “indocto autodidacta” que en alguna época de su vida fue, quizás, “navegante predatorio”, o mejor dicho pirata.
Prácticamente, en lo que concierne a su origen y su vida, no hay nada que no sea misterioso, incierto, oscuro, incluyendo su efigie, la representación pictórica de su almirante efigie:
“Su aspecto es autoritario y a la vez sumiso y aquiescente del que sabe mandar y obedecer. Así nos lo muestra de medio perfil el pintor florentino Domenico Bigordi, llamado Rodolfo Ghirlandaio, en un retrato tomado del natural un año después de su primer viaje.
El genovés aparece revestido con su traje de almirante. Y tocado por un extraño bonete negro que no corresponde a la investidura naval sino a la de prior del convento de los Hermanos Menesterosos de Florencia. Hay dudas sobre este retrato. Todo en la vida del Almirante es sujeto y objeto de dudas e incertidumbres. Algunos eruditos sostienen que es el retrato de Martín Alonso Pinzón, tomado por el pintor como el verdadero jefe de la empresa descubridora. Otros, que el Almirante nunca fue retratado en vida por ningún pintor, sin contar que el mayor de los Pinzones murió en Bolonia al regreso del primer viaje acabado por la enfermedad de las bubas, según algunos, y según otros por el sufrimiento que le produjo no haber obtenido audiencia de los reyes católicos en su carácter de autor y actor principal del descubrimiento. De todos modos, el retrato de Ghirlandaio, conservado o más bien se diría oculto en el Museo Naval de Génova, contribuye a espesar, en genio y figura, el enigma del Almirante.”
No sale muy bien parada históricamente en la obra de Roa Bastos la figura de este aventurero tenaz que la propaganda, la iconografía oficial se ha empeñado en presentar en veste de humanista, proponiéndolo  como figura de culto que oculta su lado oscuro, casi en olor de santidad. El descubrimiento de América trae aparejado el encubrimiento del descubridor.
“La grandiosa hazaña del genovés”, dice un alter ego del narrador, se resume en “La descomunal ignorancia que con respecto a ella tenía quien la ejecutó, gracias al azar, a su ineptitud cosmológica, a la devoción a sus errores, a su frenética ambición de riquezas, disfrazada de hipócrita misticismo. Protonautas predescubridores desconocidos hubo a montones antes de tu Almirante, miles de años antes que él.”

PENURIAS DEL ALMIRANTE
DE LA MAR OCÉANA



En el inicio de la reflexión de Roa Bastos -que es el inicio de la narración sobre el Gran Almirante de la Mar Océana-, “tres cascarones desvelados”, La Pinta, La Niña y la Santa María navegan o mejor no navegan en el mar de los Sargazos, atrapados por la calma chicha y la capa vegetal.
“Nadie puede calcular la extensión, la densidad, la profundidad de esta inmensa capa fósil de materia viviente. La fatalidad ha levantado este segundo mar encima del otro para cortarnos dos veces el camino.”
Los hombres de la tripulación de la nave capitana, “carne de presidio, frutos de horca” dan muestra de desesperación, el pánico se apodera de ellos y se traduce en rabia contra el Almirante que trata de “engañarlos para su bien con la leche del buen juicio. Infelices don nadies que se han lanzado contra su voluntad a descubrir un mundo que no saben si existe”.
Uno de ellos, “un cántabro de descomunal estatura”, le meterá “un plasto de gargajo en el ojo sano” y el Almirante salvará de milagro la vida.
El nombre del Almirante no se nombra o se menciona poco, de soslayo, quizás por aquello del fucú, la yetatura o mala suerte que lo acompañó toda su vida. Aquí, entre nosotros, la supuesta contagiosa mala suerte que deriva de la simple mención de su nombre causa terror entre connotados intelectuales y paladines de la libertad de prensa que no se atreven a pronunciarlo y que además se horrorizan, se hacen cruces, si algún imprudente lo pronuncia en su presencia. (Ninguno entre la partida de supersticiosos y cobardes recuerda que la superstición trae mala suerte como dicen que decía el gran cineasta Buñuel, el mismo paradójico Buñuel que juraba que gracias a Dios era ateo).
El viaje de Almirante había comenzado, como la mayoría de sus proyectos, con malos augurios. Una sentencia real había obligado a la gente del puerto de Palos y otras localidades a contribuir con una pesada carga al equipamiento de los navíos que compondrían la escuadra del Almirante. Y cuando al Almirante le regalaban flores, venían con “su pesado tiesto de mármol”, apuntando a la cabeza.
La rechifla de la multitud, acompañada de insultos, huevos, hortalizas y piedras lo despidió al partir con su tripulación patibularia el 3 de agosto al viaje del Descubrimiento y Encubrimiento. Nada de eso aparecía ni aparecerá en los textos de historia que nutrieron nuestra infancia.
“Debo a los hermanos Pinzón, a los Niño, a Juan de la Cosa, que la armada haya podido partir. Ellos mismos se encargaron de formar la tripulación y hasta de la compra de bastimentos y de armas.
“Martín Alonso Pinzón, además de proveer su propia carabela, aportó un lote de treinta fogueados marineros paleños que le obedecen como a su patrón absoluto. No bastaban. El Martín Alonso persuadió al gobernador de Sevilla para liberar a setenta presos, de los que abarrotaban las cárceles de la provincia. Trajo veinte asesinos condenados a la horca. Él mismo los eligió entre los más vigorosos y de condenas más largas. Únicamente no pudo enganchar a los prisioneros de Dios, condenados al fuego por los tribunales de la inquisición.” Pero sí pudo incluir a “varios desorejados y desnarigados por penas menores.”
El Almirante se duele por “la caterva de gente proterva que los Pinzones (…) han metido en los barcos. Hombres de no fiar ni confiar en un tomín. Los tengo en la alcuza del ojo. Hube de aceptarlo todo con tal de hacerme a la mar. A falta de otra cosa, por lo menos tienen buenos brazos, caras patibularias, siniestros corazones. Después de todo no son más que hombres. Y el hombre es la substancia más maleable y deleznable que existe. Depende de lo que se haga con ellos en una situación determinada. Los héroes se diferencian muy poco de los criminales. A veces éstos son más héroes y los héroes más criminales.”
En mano de esta gente está “el mayor acontecimiento cosmográfico y cultural registrado en dos milenios de historia de la humanidad” y está a punto de zozobrar.
Pero el descubridor encubridor no es mejor que ellos.
“Tu Almirante –dice el alter ego del autor- debió ser achicharrado en las parrillas del Santo Oficio por sus repetidos robos con fractura, por el doble y premeditado sacrilegio de una falsa confesión con la que complicó a los frailes de la Rábida, sus más fieles benefactores. Y a través de ellos, a la propia Isabel la Católica, quien no podía dudar de su confesor. Por las orgías bestiales a las que los ‘descubridores’ se entregaron teniendo como víctimas a las inermes y desnudas mujeres que no eran para ellos más que las primeras bestias de la creación. Bestias para descargar la lujuria de los ‘hombres venidos del cielo’. Bestias de carga. Bestias para producir hijos. Bestias irremediables estos seres desnudos cuya desnudez era, para los hombres vestidos de hierro, el estigma más evidente de su bestialidad. Había pues que despellejarlas vivas. ¿No castigaba la Inquisición con el fuego el comercio carnal entre seres humanos y bestias? El descubrimiento fue en realidad una orgía bestial en todos los sentidos, que duró siglos. Después se encargaron de ello los mestizos.”



pcs, 7 y 11 de junio de 2008

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