miércoles, 31 de enero de 2018

LA BIBLIA COMO REMEDIO Y OTROS USOS DOMÉSTICOS

Pedro Conde Sturla 
        18 de junio de 2008.  

La Biblia es un libro tan maravilloso que sirve hasta para remedio. Un té de una página del Génesis con hierbabuena cura los dolores del padrejón y los malestares del empacho, según la sabiduría campesina.

         Un emplasto de hojas del Nuevo Testamento con cebo de carnero aplicado sobre el corazón previene los infartos y mitiga las horribles molestias del lumbago.

         Los maravillosos poemas de El Cantar de los cantares tienen tal poder afrodisíaco que hacen innecesario el consumo del Viagra y permiten a mujeres de edad provecta como Sara el milagro de la concepción.
         La Biblia, en su infinita sabiduría, convierte a ignorantes en doctos, en gentes de un solo libro que tienen respuestas y soluciones para todo con carácter de infalibilidad.
El poder regulador de La Biblia, o mejor dicho el Viejo Testamento, Las sagradas escrituras, no se limita entre los ortodoxos al ámbito personal sino que impone un modo de vida y en países fundamentalistas como Israel sustituye prácticamente a la constitución. El derecho a la posesión de tierras usurpadas a los palestinos se ampara en el legado divino de la tierra prometida.
La Biblia permite justificar guerras y matanzas. “No matarás”, dice Jehová, pero Jehová mata y ordena matar por cualquier motivo.
Cuando Saúl deja vivo al miembro de una tribu que Jehová le había exigido exterminar, Samuel lo visita para decirle que Jehová está encabritado por su desobediencia y Saúl, aterrorizado, saca su espada y parte en cuatro al infeliz.
Quizás el sentido cabal de la prohibición es “No matarás, a menos que no te lo ordene Jehová”. Y Jehová siempre ordena. 
La Biblia permite justificar entre mormones y calvinistas la miserable condición de la mujer partiendo del modelo bíblico en el que las hembritas se regalan como perritas, como mascotas cuya única misión es parir y someterse al macho.
La Biblia permite justificar la discriminación racial y sobre todo la esclavitud que, según San Agustín, era unos de los precios  a pagar por el pecado original.
Entre nosotros la Biblia tiene un uso pragmático en política, orientado al endiosamiento de mandatarios como el querido Jefe que terminó convertido en objeto de culto y goza todavía de la veneración de connotados paladines de la libertad de prensa y políticos situados en la cumbre del poder.
Sin ir más lejos, hay indicios de que el proceso de beatificación y virtual canonización del actual monarca constitucional de la Res Pública ya se ha iniciado a juzgar por declaraciones de ministros, columnistas y periodistas de panel que diariamente lo ensalzan, lo elevan incluso al ámbito divino llamándolo redentor y mensajero de Dios.
Un agudo lector, que se identifica o no se identifica como Patgarpol, me gratificó en la pasada entrega con un comentario que no tiene desperdicio e incluyo a continuación a manera de cierre. Un broche de oro:
 “Ese artículo de Germán Pérez, comentado por PCS, me recuerda la anécdota del funcionario trujillista que hizo encolerizar al Jefe hasta un punto en que el Benefactor le pegó un fuerte manotazo. La degradación del agredido era tanta que sólo atinó a exclamar: ¡Me ha tocado un santo! Así andan las cosas en estos días en el país. Parece como si los relojes de la historia se hubieran detenido en los años treinta o cuarenta del pasado siglo. El interés de conseguir algún tipo de dádiva lleva a muchos a decir las más horribles estupideces. De ahora en adelante, cambiaremos la vieja frase de Dios y Trujillo por la de Dios y Leonel. Y hasta es posible que cambiemos el orden de los factores: Leonel y Dios.” 


pcs, miércoles, 18 de junio de 2008.

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