jueves, 11 de enero de 2018

Merengue e ideología

Pedro Conde Sturla

viernes, 07 de agosto de 2009.

Carlos Marx definía la ideología como un conjunto de ideas y creencias, imágenes, representaciones, un falso concepto de la realidad –determinado históricamente- que la clase dominante elabora para su propio uso y consumo. Todo está contaminado de ideología. Una sociedad esclavista antigua como la de Babilonia produce y promueve el Código de Hammurabi como el perfecto instrumento regulador del orden establecido. Un orden que reduce a las masas a la condición de bestias de carga. El derecho romano responde a intereses de la más grande sociedad esclavista de la época clásica y justifica todos sus excesos. Los códigos napoleónicos responden a los intereses del capitalismo en expansión y a la necesidad de acomodarse al nuevo sistema. 
A los reyes de la época moderna, los reyes taumaturgos, se les atribuía procedencia divina. San Agustín deploraba la esclavitud, pero la consideraba un mal necesario, la explicaba por aquello del pecado original. Los teóricos del capitalismo prometían que este régimen realizaría la perfecta coincidencia entre el interés individual y el interés social. El mismo Marx entendía que la envidia de clase era odio de clase. Todo esto es ideología. Falso concepto de la realidad que reproduce intereses de clase.
Pero la ideología no sólo reproduce intereses de clase en el ámbito de leyes y derecho, sino a nivel de literatura, música y arte, a nivel de cultura en general para decirlo en un sentido más amplio, es decir, a nivel de todo lo que caracteriza el modo de vida de una comunidad, un pueblo, una civilización.
Alguien dijo que “la ideología es un saber que no tiene conciencia de su dependencia”. El aserto parece complicado, pero un ejemplo lo aclara. Cada vez que un dominicano dice que “el negro, cuando no mete la pata a la entrada la mete al salir”, está fundándose en un supuesto saber que no tiene conciencia de su dependencia racista, subordinado a la ideología de los amos que colonizaron la isla.
La representación de Jesucristo como un señor blanco y rubio, lo hace y nos hace víctima de la ideología racista. Es una representación y un culto que no tienen conciencia de su dependencia. Raras veces se pintan angelitos negros.
En la saga cinematográfica de “El señor de los anillos” todo el que es malo es negro y feo, con excepción de uno de los magos, y también en la mayoría de las películas sobre las galaxias. Tarzán es bueno e inteligente. Los negros son malos y brutos. Tarzán aprende a escribir por sí mismo y habla varios idiomas mientras los negros permanecen analfabetos. He aquí un destilado de ideología.
La conciencia crítica, el aprender a discernir entre lo falso y verdadero, aprender a pensar por cuenta propia es lo único que nos permite defendernos de la ideología, lo único que nos permite ver con ojos abiertos para distinguir entre las falacias y la realidad. La ideología lo arropa todo de alguna manera porque es producto de un sistema de clase contra el cual podemos hacer poco individualmente. (Solamente los textos críticos, narrativos y poéticos de Diógenes Céspedes contienen, según Diógenes Céspedes, una fuerza visceral tan poderosa que al decir de Diógenes Céspedes puede vulnerar la ideología dominante, transformarla radicalmente y hacer desaparecer por arte de magia al sistema que la produce y reproduce).
Ahora bien, el más burdo cóctel o enema ideológica que conozco es un merengue, el más infame de todos los merengues, “El negrito del batey” de Héctor J. Díaz y Medardo Guzmán que alguna vez bailamos y seguimos bailando todos los blanquitos, negros y mulatos de esta isla y muchas vecindades. “El negrito del batey” fue cantado sin rubor hasta la saciedad por merengueros en cuya piel sudaban todas las tintas de África, como en el caso de Alberto Beltrán (acompañado por la Sonora Matancera de Cuba) y Joseíto Mateo. Ninguno se daba cuenta, al parecer, de que al cantar ese merengue,  cometían alegremente harakiri.
Todos sabemos como dice y dice así: “A mi me llaman el negrito del batey porque el trabajo para mi es un enemigo…”.
Llamarle haragán al negrito o mejor al negro del batey -haitiano o dominicano- es una falacia, una infamia que llora ante los ojos de Dios, ideología pura destilada a ritmo de merengue, falso concepto de la realidad, ejercicio de un “saber” que no tiene conciencia de su dependencia racista. 
Es llamarle haragán a la bestia de carga de las plantaciones de azúcar del Caribe y las plantaciones de algodón del sur de Norteamérica, llamarle haragán al más trabajador y productivo de los seres humanos, y al más vilipendiado y ultrajado. En base al trabajo de ese enemigo del trabajo surgieron cuantiosas fortunas en el Caribe y surgieron en todo su esplendor los estados del sur norteamericano. La nación norteamericana en gran parte nació sobre la base del trabajo de ese enemigo del trabajo.
Vean ahora, con otros ojos, el texto de “El negrito del batey”, denles una segunda mirada, la mirada crítica, desprovista de inocencia, la trampa de la inocencia. 
EL NEGRITO DEL BATEY
A mí me llaman el negrito del batey / Porque el trabajo para mí es un enemigo / El trabajar yo se lo dejo todo al buey / Porque el trabajo lo hizo Dios como castigo. / A mí me gusta el merengue apambichao / Con una negra retrechera y buena moza / A mí me gusta bailar de medio lao / Bailar medio apretao / Con una negra bien sabrosa. / A mí me llaman el negrito del batey. / Y di tú si no es verdad / Merengue es mucho mejor / Y di tú si no es verdad / Merengue es mucho mejor / Porque eso de trabajar / A mí me causa dolor / Porque eso de trabajar / A mí me causa dolor. / Mucho trabaja el buey manso/ porque nunca le da el dengue/ pero yo nunca me canso/ de bailar un buen merengue.

pcs, viernes, 07 de agosto de 2009.

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