lunes, 16 de abril de 2018

MANUEL CUANDO YA ES TIEMP0







 (versión corregida y ampliada de la original de 1995)
Pedro Conde Sturla

a luis carvajal, devoto de manuel


Leí en libros añejos / que niños otra vez se hacen los viejos; 
/ más yo diré, si a la verdad me ciño, / 
que al hombre la vejez sorprende aún niño.
 Goethe, Fausto


A pesar de su dilatada existencia, de los tantos fructíferos años que vivió (1907-1999), Manuel del Cabral no fue nunca un anciano: preservó siempre el don de una cierta juventud. De la juventud conservó, en efecto, hasta una edad provecta, signos vitales, a juzgar por la exuberancia del carácter.
El ingenio y gran parte de su potencial intelectual se mantuvieron intactos, o por lo menos en buen estado. Intacto permaneció, por ejemplo, su espíritu festivo, intacta su capacidad de inventiva y fantaseo, intacta la desfondada vanidad, intacto el ego. Intacta, desde luego, la lujuria.
Como la moral de un poeta no se divorcia necesariamente de la moral de su poesía, Manuel del Cabral permaneció fiel a su obra, que es una manera de permanecer fiel a sí mismo. Por eso los ingredientes de su personalidad son comunes a sus textos. Textos festivos, imaginativos, fantasiosos, ególatras, lujuriosos.
A través de su brillante carrera por el peligroso mundo de las letras, Manuel del Cabral se vio coronado, precisamente, como el más glorioso poeta festivo de este parte de la isla, y el más rico en ingenio y en humor. Rico -inmensamente rico- en inventiva, en fantaseo y en recursos que dieron fama continental a su obra.
La producción de Manuel del Cabral es abundante, es copiosa, es refrescante, es regocijante. Ninguna otra obra poética ofrece un registro tan amplio, variado, disímil y enriquecedor de la realidad dominicana en sus múltiples facetas.
A través de su brillante carrera por el peligroso mundo de las letras, Manuel del Cabral se vio coronado, precisamente, como el más glorioso poeta festivo de este parte de la isla, y el más rico en ingenio y en humor
Con la misma soltura, el mismo desenfado, Manuel del Cabral recorre los caminos del eros, incursiona en política o intenta la epopeya del macho cibaeño. Igual se da a la poesía amorosa, confesional, de asunto íntimo, que a la poesía social. Igual se detiene a reflexionar sobre le paternidad sublime que sobre los aspectos mas escabrosos del sexo. Desciende, como Dante, a los abismos, para mostrar en toda su doliente humanidad al negro antillano sometido e los horrores de un infierno real, pero también se mete y se refugia, como Dante, en honduras filosóficas (la metafísica, su adorada metafísica).
Lo espiritual y lo escatológico van de la mano en su obra, una obra que es, en muchos aspectos, espiritualmente escatológica y viceversa. Una obra, en fin, que toca los más altos y bajos niveles de la existencia, sexo y destino, sexo y explotación, sexo e historia, sexo y deceso. Nada es sagrado ni es tabú para este duende travieso y juguetón. Su imaginería, su atrevimiento, su aventurerismo verbal desborda límites y convenciones. Del Cabral es, quizás, el más desbordante, desbocado y desmesurado poeta dominicano, un bardo por excelencia. Si algo hay que elogiarle, por amor a la desmesura, es la desmesura misma.
La variedad temática corre pareja con su destreza en el manejo de diversos modos de versificación. Del Cabral se desempeña, en efecto, con envidiable maestría, tanto en el ejercicio del verso libre como en el empleo de moldes clásicos. En general, lo mejor de su obra resulta de una feliz combinación de metros y estilos en la que alternan versos de arte menor y arte mayor, No se arredra, por cierto, ante el soneto, aunque lo cultiva poco y a desgano. Como dato curioso, hay que notar que un epigrama –género en desuso, de muy antigua data- , se cuenta entre sus más famosas y celebradas composiciones:
Trópico mira tu chivo, / después de muerto cantando. / A palos lo resucitan… / La muerte aquí, vida dando.
El texto se realiza tan felizmente que encaja de maravilla en la definicion de la Real Academia: “Composición poética breve, en que con precisión y agudeza se expresa un solo pensamiento principal, por lo común festivo o satírico.” Es más, salvando las diferencias entre un chivo y una abeja, el epigrama de Manuel del Cabral rivaliza en gracia y soltura con el clásico de Iriarte:
A la abeja semejante / para que cause placer, / el epigrama ha de ser / pequeño, dulce y punzante.
En materia de ideales estéticos, a veces el poeta mira más al oriente que al poniente. La magia del haiku lo seduce, conoce sus secretos. Stefan Baciu fue, por cierto, el primero en advertir esta influencia del haiku en “Motivos de Mon”, pero el fenómeno va mas allá de los mismos. No en una, sino en varias zonas de la obra de Manuel del Cabral, el haiku libre,  tropicalizado, desprovisto de los rigores de la preceptiva -no de su  esencia- parece crecer y florecer por generación espontánea:
(En el fondo del río, si esta el cielo, / siempre se queda el cielo y pasa el río)
En cuanto al uso de recursos propios (propiamente poéticos), Del Cabral se destaca en el oficio por el inconfundible tono de su voz. El sello personal que imprime a su obra dimana de  su capacidad para discernir imágenes y metáforas potencialmente explosivas.
En sus mejores entregas, la carga semántica se mantiene en un punto critico, al borde del estallido, si es que no estalla. De ahí su inmenso caudal sonoro, su poderosa artillería verbal, sus alumbramientos insólitos, desconcertantes (descabellados a veces). Son estos -no se dude- los elementos que producen la chispa que vuela en su poesia. Porque se trata  -no se dude- de una poesía chispeante.
El potencial explosivo se desprende, ocasionalmente, de títulos como “Pedrada planetaria” o “Los relámpagos lentos”, pero también se materializa con descargas reales que implican el uso y el abuso literal de armas de fuego y producen efectos sonoros. Además de sonoro, el efecto puede ser gráfico a la vez, es decir, audiovisual. Nótese en los siguientes versos como el disparo de Compadre Mon y la visión fugaz de un pueblo son una misma cosa:
Compadre Mon, y tu primer suspiro / fue despertar al pueblo con un tiro.
Su habilidad para producir tales deslumbramientos gráficos-sonoros es tan notable que raya en el virtuosismo y constituye uno de los aspectos mas señeros de su obra, el modus operandi. Por la naturaleza volátil de esta poesia, muchas cosas están por los aires, revientan o vuelan, que es lo mismo.
Casi nunca faltan paginas con “familia de balas y de peces”, con “amapolas / que nacen de repente en las pistolas”, con “colibríes de plomo”. Sobre todo, casi nunca faltan páginas con pájaros, con bandadas de pájaros, con algarabía  de pájaros, y a veces con repique de campanas. En cualquier circunstancia, esta poesía reivindica su condición gráfica y sonora, alada y canora, que es lo mismo:
déjame que te saque mariposas del cuerpo / tal como el campanero que de súbito pone / loca de golondrinas la mañana.


2
Hay un libro de Manuel del Cabral que, sin ser cronológicamente el primero, lo es de alguna manera -incluso de muchas maneras- como punto de partida para el mejor entendimiento de su obra. Es el libro de Manuel por excelencia: “Manuel cuando no es tiempo” (1941). Es un libro confesional, desnudo (casi en pelotas), a1egre y espumante, aunque no exento de tonos graves (la gravedad  -se entiende- de un poeta festivo que evoca la muerte cantando). Pero el libro también es una mina, una cantera de curiosidades, una caja de sorpresas, con grandes logros y ciertas zonas erráticas, es decir, un libro perfectamente representativo de su poética y de la experiencia histórica que condiciona su manera de hacer poesía.
Algunos de los poemas que componen este volumen son memorables, incluso dignos de antología. Dos de ellos recrean el drama familiar del estudiante que abandona la carrera de derecho para dedicarse a la poesía: el afirmarse de su vocación a contrapelo de las presiones familiares. El drama es, desde luego -por su naturaleza cabraliana-, ingenuo y tragicómico, rico de humor y devoción paterna. “Carta a mi padre” recoge, por cierto, una parte bien substanciosa de su poesía y constituye un modelo de desparpajo, de buena y noble “alfarería”:
¿Qué más quieres de mí? ¿Qué otras cosas mejores? / Padre mío, / lo que me diste en carne te lo devuelvo en flores. / Estas cosas, comprende, ya no puedo callarte. / Yo, como el alfarero con su arcilla en la mano, / lo que me diste en barro te lo devuelto en arte.
Creo ya, que ves claro, por qué levantar puedo / este lodo animal -espeso de pensar-. / ¡Siempre habrá un alfarero con su sueño en los dedos! / Padre mío, ya ves, / el agua que me diste, venía de una oscura / profundidad de vida, pero como los días / primeros de la tierra, aquel goterón mío / se me llenó de altura…
Qué más quieres, no pudo / hacerse licenciado mi corazón desnudo. / Era mucho / pedirle, padre mío, ¡no sabes / lo grave que es a veces / un hombre que en el pecho le entierran viva un ave!
Quizás, por eso, aquello / que me dieron horrible, preferí darlo bello. / Diáfano, para el trino; para negocios, bruto, / este es el fruto: / con un poco de ti, y un poco del destino / que me puso en la mano / lo divino / con lo humano, / todo lo que en la carne hay de oscuro y perverso / te lo devuelvo en verso.
Qué más quiero, ¿mi herencia? Para qué, padre mío. / Por mi herida de hombre sale un niño cantando. / ¡Lo que la tierra piensa, se hace voz en el río!
En “Algo mas de Manuel”, el tema adquiere ribetes sombríos. Hay que ganarse el pan, y la poesía no deja. Van pasando los años y Manuel no produce, no crece, pierde el tiempo y ahora esta “acorralado de cosas transitorias/ pero de terribles presencia”. La voz de la sensatez familiar le aconseja:
Tienes ahora /  que ponerte a crecer como cualquiera. / Porque, Manuel / treinta años de infancia / para poder hacer algunos versos  / esto es tener edad.
La noche, incierta, lo acorrala: no hay futuro en la poesía. El niño Manuel se debate entre la necesidad del arte y el arte de la necesidad. Intuye la gravedad de la noche, pero también -homo ludens- intuye la necesidad del juguete. El juguete es el arte, la música, la poesía que lo puebla y lo posee. Entre el juguete y la noche media el niño que, definitivamente, seguirá siendo niño. He aquí, condensado, en unos de sus versos mas profundos y sentidos este principio del arte y del artista:
Ya ves, Manuel, que grave es el juguete. / Esta es la noche…pero el niño existe.
A pesar de su desinterés por los asuntos económicos, Del Cabral ha sido siempre muy previsor en materia de espíritu. A los treinta y pico de años, por ejemplo, escribió su panegírico, que es uno de los mayores actos de lucidez cometidos en toda su existencia: “Manuel y su cadáver” reza el titulo. El poeta pasa revista en esta pieza a los hechos y opiniones que se producen durante su propio velorio (véase, no más, que previsor). Así, a manera de entrada, preparando el escenario luctuoso, el poeta ensaya una definición de si mismo. Mejor aun, la pone “objetivamente” en boca de los demás, en boca de gente seria, que no miente:
Sé que no estoy durmiendo, porque comienzo a oir: / -Pobre Cabral, / murió sin una gota de veneno; / era haragán, ruidoso, cerebral; / intranquilo de faldas; siempre haciéndose el hondo… / pero en el fondo: / bueno-
El rumor público señala claramente que “el peso de las alas no lo dejo ser gente”. Manuel estuvo ausente, casi fuera de este mundo: por eso no pudo crecer ni envejecer:
No sabes que Manuel /  siempre vivió tan lejos… / que siempre tuvo infancia…
E1 humor de esta pieza, que es cuando menos lúgubre (un humor del otro mundo), se deposita a veces en pensamientos de macabra densidad:
Oigo ya que me llama el zacateca, /  porque sueltan sus labios, / cada vez que le toca enterrar sabios / en un gusano cabe, cabe esta biblioteca.
Ante el cadáver de Manuel desfilan doctos y simples: desfilan el político, el cura, el prestamista, las novias, el borracho y el abogado, y para todos tiene Manuel su gota de miel o de veneno.
Al prestamista, que lo atosiga hasta en la muerte, le responde vitriólico
pero como verás, viejo perverso, / no te puede deber quien siempre escribió versos.
Más ingeniosa, lucida, sarcástica, y sobre todo realista, es la respuesta que recibe el politicastro, el político de profesión, el mismo que hace proselitismo entre los muertos:
Y tu terco político, / ¿qué le podrás decir a este difunto, / si en tu mejer momento nunca estuvimos juntos? / Ya me parece oirte: / Pronto en mis elecciones votara este difunto
La “diatriba” contra el Cura, que es su presa mas codiciada, contiene una mayor dosis de rencor y es aun mas incisiva y urticante, por no decir,virulenta…Fiel y merecido testimonio, en suma, de sus primeros resabios anticlericales y de su radicalismo verbal:
Tú que bajo sotana das en latines misa; / curandero del alma, curandero / que me quitas pecados… si hay dinero. / ¡Qué le dire a San Pedro si por no darte un cobre, / subo al cielo sin misa, sin bendición y entero, / llego entonces con todos mis pecados de pobre! 


                                                        3

El poeta, por supuesto, no siempre habla o escribe de sí mismo, aunque este es uno de sus temas favoritos. En rigor, su poesía también contiene multitudes, igual que la de Whitman, y hay generosidad y desprendimiento en los juicios que emite acerca de sus coetáneos (al menos respecto de aquellos que los merecen). Manuel del Cabral, junto a los integrantes del grupo Los Nuevos, fue de los primeros en reconocer la grandeza de Domingo Moreno Jimenes, que entonces tenía pocos seguidores y muchos detractores. En prosa y en verso, Del Cabral habló de su ilustre colega en términos que no solamente ponían de manifiesto el temple de su poesía, sino también, y sobre todo, su dimensión humana. Valoraba cien por ciento su apostolado incorruptible, su dedicación, su entrega, el sentido misionero con el que sobrellevaba “su tenaz destino de poeta”.
De hecho, nadie ha igualado, en prosa, la brillantez de una página que en honor de Moreno escribiera. Es una página que, por su fuerza descriptiva, parece compuesta en alto relieve y contiene, por cierto, la mejor aproximación al hombre y al artista:
“En síntesis Moreno Jimenes  es un nombre que lleva un pan en la mano derecha, y en la izquierda una rosa. Para que el pan no lo arrastre, junta pétalos con trigo. Pero para que la rosa le creciera tuvo que cultivarla con los ojos, con el agua caída de sus parpados.”
Nadie ha igualado, en versos, la fina percepción de “Carta a Moreno”. Nadie más, desde entonces, se ha acercado a Moreno con tanta sutil inteligencia, ni se ha elevado con é1 a tanta dignidad poética. Nadie, por cierto, ha calado tan hondo en sus ideales estéticos. La composición traduce no solo nobleza de sentimiento sino que además revela agudeza: penetra el bisturí crítico en lo esencial de la obra de Moreno al tiempo que deja parado, bien parado, un retrato vivo del personaje. Las imágenes insólitas, felicísimas, contribuyen desde luego a la mejor realización del poema, que es un dúo a una sola voz.
Alado y canoro, el verbo de Cabral sale al encuentro de Moreno, y mientras habla deja escuchar la voz del otro, la voz grave y terrestre que es un pájaro trunco, “porque cantar no puede”. Su fuerza esta en el pecho, no en el trino, en el “equipaje ronco de Dios que hay en su pecho”, en el “temblor metafísico”.
El huracán Cabral y el “franciscano del canto” Se hermanan en sus diferencias, que  es casi lo único que tienen en común, y de esta manera se produce la empatía, la comunión de dos auténticos poetas y se produce, sobre todo, uno de los momentos mas altos y emocionantes de la literatura dominicana:
Hay algo más que canta sin cantar en el canto. / Es algo más que es tuyo, pero tan transparente / que se mancha si a veces se acerca mucho al hombre.…………..
Sueles decir sin canto, Porque cantar no puedes, / algo que se te va de la palabra… / Un poco de tus cosas, viajero sin horario, / sin estación, sin guardia, sin boleto, /equipado tan sólo con el viento del alba. / Tú, viajero sin ropa, / pero con la maleta siempre llena / del equipaje ronco de Dios que hay en tu pecho. / Por tu flecha hacia ti. Por el tres que eres tú, / por ser tú la mochila, el camino y el viaje, / desnuda como el agua esta carta te escribe / mi ventana que ahora se me llena de pájaros.
Otro de los poemas que definen el estilo inconfundible y el espíritu de Manuel del Cabral es el muy celebrado “Aire durando”
¿Quién ha matado este hombre / que su voz no está enterrada? / Hay muertos que van  subiendo / cuanto más su ataúd baja… / Este sudor… ¿por quién muere? / ¿por qué cosa muere un
pobre? / ¿Quién ha matado estas manos? / ¡No cabe en la muerte un hombre! / Hay muertos que van  subiendo / cuanto más su ataúd baja… / ¿Quién acostó su estatura / que su voz está parada?
Hay muertos como raíces / que hundidas… dan fruto al ala. / ¿Quién ha matado estas manos, / este sudor, esta cara? / Hay muertos que van  subiendo / cuanto más su ataúd baja…
La poesía erótica, que cultivó con esmero, es otro aspecto característico de su obra, y una de sus mejores piezas o quizás, sin duda, la mejor es, por su desenfado y atrevimiento, “La mano de Onán se queja”:
Yo soy el sexo de los condenados.  / No el juguete de alcoba que economiza vida.  / Yo soy la amante de los que no amaron.  / Yo soy la esposa de los miserables. / Soy el minuto antes del suicida.  / Sola de amor, mas nunca solitaria, / limitada de piel, saco raíces…  / Se me llenan de ángeles los dedos,  / se me llenan de sexos no tocados. / Me parezco al silencio de los héroes.  / No trabajo con carne solamente…  / Va más allá de digital mi oficio.  / En mi labor hay un obrero alto…  / Un Quijote se ahoga entre mis dedos,  / una novia también que no se tuvo.  / Yo apenas soy violenta intermediaria, / porque también hay verso en mis temblores,  / sonrisas que se cuajan en mi tacto, / misas que se derriten sin iglesias, /
discursos fracasados que resbalan, / besos que bajan desde el cráneo a un dedo,  / toda la tierra suave en un instante. / Es mi carne que huye de mi carne;  / horizontes que saco de una gota, / una gota que junta / todos los ríos en mi piel, borrachos; / un goterón que trae / todas las aguas de un ciclón oculto,  /todas las venas que prisión dejaron  / y suben con un viento de licores  / a mojarse de abismo en cada uña,  / a sacarme la vida de mi muerte.
Como a todo escritor, como a todo escultor que exculpe con significantes y significados, al poeta le preocupa y se interroga, en “Palabra”, por el destino de su materia prima:
Palabra, ¿qué tú más quieres? / ¿Qué más?
Vengo a buscar tu silencio, / el que a fuerza de esperar / se endurece… se hace estatua… / para hablar.
Ya ves, palabra, ya ves, / herida, tú, sin edad…
¿Qué hará contigo el soldado? / ¿Qué harán los grillos? ¿Qué hará en la punta de la espada /la eternidad?
Cito para terminar, el fragmento certero de un texto de 1978 que escribiera Fran Báez en la revista digital Ping Pong:
“Si algo tiene de particular Manuel del Cabral es que posee una obra tan vasta y tan rica que es imposible soslayarla. A pesar de sus cien años, Manuel del Cabral no envejece y en su obra sigue siendo el desconocido, el excéntrico, el juguetón, el ególatra y la figura explosiva que fue en vida. Su obra nos atañe más que nunca. Entre ediciones viejas con hojas amarillentas y rotas, en pasillos de bibliotecas, en estantes de librerías poco frecuentadas, en las bibliotecas personales de nuestros padres o nuestros abuelos, sus libros aguardan para ser leídos. Pensemos con emoción que cada vez que alguien abre uno de sus libros, Manuel del Cabral vuelve a la vida.”

pcs, jueves 07 de junio de 2012


(a luis carvajal, devoto de manuel, 1995)


pcs, jueves 07 de junio de 2012 (versión corregido y ampliada de la original de 1995)


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