Pedro Conde
Sturla
A pesar de sus limitaciones, el movimiento literario de los sesenta arrancó con tantas fuerzas que pocos autores lograron sustraerse a su influencia, hasta 1974 por lo menos, el año de la algarabía pluralista. Los nombres de narradores y poetas se cuentan, ciertamente por docenas, y adocenados permanecerán en muchos casos frente a la historia literaria que se respete como historia. En un juicio benévolo, sin prejuicios de amiguismo o simpatía proclives, se salva un reducido número. Para fines de estudio y valoración -y no ya de simple mención honorífica- el número se reduce aún más, a unos cuantos raros, rarísimos.
De la avanzada del 65, los dos primeros poetas en orden de importancia son los dos primeros en orden de aparición representativa: Miguel Alfonseca y René del Risco Bermúdez. La lista de los pioneros, atendiendo a libros publicados y a una mínima exigencia de realización artística, la completa Norberto James.
DE LÁPICES AJENOS
A pesar de sus limitaciones, el movimiento literario de los sesenta arrancó con tantas fuerzas que pocos autores lograron sustraerse a su influencia, hasta 1974 por lo menos, el año de la algarabía pluralista. Los nombres de narradores y poetas se cuentan, ciertamente por docenas, y adocenados permanecerán en muchos casos frente a la historia literaria que se respete como historia. En un juicio benévolo, sin prejuicios de amiguismo o simpatía proclives, se salva un reducido número. Para fines de estudio y valoración -y no ya de simple mención honorífica- el número se reduce aún más, a unos cuantos raros, rarísimos.
De la avanzada del 65, los dos primeros poetas en orden de importancia son los dos primeros en orden de aparición representativa: Miguel Alfonseca y René del Risco Bermúdez. La lista de los pioneros, atendiendo a libros publicados y a una mínima exigencia de realización artística, la completa Norberto James.
Hay
notables diferencias de grado y de estilo en la obra de los componentes de este
conjunto. Ninguno responde por entero a la tendencia que se le atribuye, a la
camisa de fuerza en que ha sido atrapado dentro de este esquema necesariamente
rígido y necesariamente flexible. Pero hay, eso sí, unidad de criterios, unidad
de atmósfera, unidad en la diversidad.
Alfonseca
es panfletarios, heroica y cualitativamente panfletario. Del Risco adhiere a un
tono más depurado. James tipifica el momento más sereno, quizás el más sensible
y doloroso a la callada. En rigor, Norberto James es atípico, si bien
indisociable de este grupo.
En
la década de los setenta, los nombres de los poetas de choque sobresalen por razones que no tienen mucho
que ver con la calidad del oficio, y el número de los raros se enrarece aún
más. El capítulo de los poetas de choque y la poesía sobre la pólvora
constituye un evento más sociológico que literario y desde esa perspectiva debe
ser estudiado. La estrella de la cofradía (léase Joven Poesía) es Tony Raful. A
la sombra del poeta universal Tony Raful, aparece el mítico Mateo Morrison, y a
la sombra de Morrison, el robusto Federico Jóvine Bermúdez y otros poetas de choque.
La
crítica más piadosa echaría de menos ciertos nombres ilustres. ¡Dónde están,
por ejemplo, los otrora gloriosos poetas del patio? Algunos, en verdad, se
desinflaron como poetas, algunos se esfumaron en la diáspora, y otros, en fin,
se aventuraron a probar suerte en el género novelístico, con desigual suerte
por cierto. ¿Pero dónde están los grandes nombres y las grandes obras de los
integrantes de esa Joven Poesía tan mencionada y antologada? ¿Dónde están esas
glorias? Para responder a estas interrogantes hay que tener presente que la
Joven Poesía constituye un fenómeno típico en materia de audacia y relaciones
públicas: sus integrantes son sus mejores promotores, casi tan buenos como los
de La Poesía Sorprendida (salvando,
desde luego, las distancias). Eso explica en parte su nombradía y en parte su
ausencia efectiva de la historia literaria propiamente dicha y su
especial ubicación en un capítulo de aproximación al estudio de los poetas
encasillados en el ruidoso paréntesis de la poesía sobre la
pólvora.
A
su debido tiempo, y en su lugar correspondiente, los mas importante serán
objeto de análisis más detallado, objeto de reflexión. Unos, desde luego, como
poetas, y otros como fenómeno social. Unos por su obra, y otros por su efigie.
A manera de juicio anticipado ya se ha visto, sin embargo, que sobre esa obra
de la Joven Poesía en general (sobre “aquellos desesperados y desesperantes
textos patrióticos y revolucionarios”, sobre esos textos “que hoy día no
parecen tener autores vivos”), la crítica más solvente ha echado paladas de
tierra. Pero ellos cavaron la tumba, su propia tumba. Epígonos y sepultureros
como Enriquillo Sánchez y Radhamés Reyes Vásquez labraron el epitafio y
cerraron el capítulo con “broche de oro”
–si es un cierre aquello y no una apertura-,
logrando plasmar en obras de calidad el sentir y el final de una época.
Son los epígonos y sepultureros de la Joven Poesía y también de los ideales de
abril. Y un poco también aves de rapiña.
Son quizás los raros más
raros, una especie en vía de extinción.
MIGUEL ALFONSECA:
LA LUZ ENTRE LOS MUERTOS.
Hablar
de Miguel Alfonseca, poeta y narrador, implica hablar de René del Risco y
Bermúdez: poeta, narrador y cumbanchero.
Sus relaciones personales fueron ejemplo de amistad fecunda y profunda, basada
en la más estrecha colaboración intelectual. Incluso políticamente estuvieron
hermanados. No por casualidad, sino por sus vínculos con el movimiento
revolucionario, ambos pasaron la prueba de fuego de las mazmorras trujillistas,
donde se perdió buena parte de la juventud rebelde de esa época. Del Risco
cargaba con huellas de tortura en las uñas y en la espalda. Alfonseca,
“Valiente y capaz, fue atrapado, condenado, torturado y confinado en esa
pequeña Isla del Diablo que era la prisión de La Beata. De allí regresó
hablando mucho del hambre, de la muerte y de los cementerios”[1] Ambos se integraron,
posteriormente, junto con otros escritores y artistas plásticos, al movimiento
constitucionalista de 1965. Después de la contienda formaron parte del grupo El
Puño, compuesto por las más destacadas figuras jóvenes de las artes y las
letras del solar patrio. El cúmulo de experiencias dejaría huellas imborrables
en sus respectivas obras, convirtiéndose más bien en sus obras.
Alfonseca
y Del Risco intimaron estéticamente de tal manera, que en sus registros
poéticos suele haber vasos comunicantes, como los llama Radhamés Reyes-Vásquez
-honesto Yago- en sus ensayos de literatura oral: grandes vasos comunicantes,
en realidad. A veces uno de ellos escribía un cuento o un poema a partir de un
título o de un verso del otro, y viceversa. Es decir, compartían los temas y
las aficiones, y en más de un sentido se complementaban o parecían
complementarse. Los dos vivieron y sufrieron -intensamente, por cierto-, en su
poesía, en su arte, a diferencia de los vividores de la poesía que vendrían
tras sus huellas, copiando en la letra lo que no entendían en el espíritu. Por
otro lado, hay que notar que a pesar del mutuo aprecio y de la mutua
admiración, nunca cayeron en la trampa de la lisonja. En cuanto poetas y
narradores de éxito disfrutaron, eso sí, de una popularidad reservada a los
elegidos.
En la poesía de René del Risco, la historia se
asume y se transmite como trauma y depresión. En la poesía más optimista de
Alfonseca, la historia es conmemoración, así sea conmemoración de una derrota,
y hay cierta apertura hacia un futuro. René del Risco murió trágicamente en la
Navidad de 1972. Miguel Alfonseca se refugió en una muerte histórica, en el
silencio de los herméticos, hasta la hora de su deceso real: segunda muerte
(muy contados poetas acceden a este privilegio). Lo que escribió en sus últimos
años, si acaso volvió a escribir, quedó en el dominio de sus íntimos. La muerte
prematura en ambos casos, tronchó el compás de espera. Del uno y del otro,
malogrados en la juventud de la vejez, había que esperar cosas razonablemente
superiores. Hablo de los dos más notables talentos literarios de su generación,
quizás de varias generaciones.
Miguel Alfonseca fue uno de los primeros poetas jóvenes en
presentarse al escenario de los nuevos tiempos. En 1965, durante la revolución
constitucionalista, publicó su primer libro: Arribo de la luz, un folleto, más bien, en honor de los héroes de
junio de 1959. Este poemario, escrito
con más entusiasmo que rigor, anunció la apertura de toda una tradición
literaria. Con ese mínimo texto se inicia la poesía dominicana de la segunda
mitad del siglo XX. Miguel Alfonseca fue el poeta detonante.
Arribo de la luz,
la obra con que presentó sus credenciales, había sido dada a conocer en la
prensa y a través de círculos literarios desde 1963, fecha de su composición.
Típicamente es obra de principiante: fogosa, rabiosa, panfletaria. O sea, lo
propio de un poeta y militante del Movimiento Revolucionario 14 de Junio. Poeta
y militante -no se olvide- que había pasado por las cárceles de Trujillo.
Arribo de la luz
representa, en resumen, un proyecto ambicioso, pero de modesta factura.
Ciertamente no brilla por la limpieza de su estilo ni por la novedad de su
poesía. Es una obra pionera, eso sí, anunciadora de voces en plena gestación,
para decirlo con palabras de la época.
El conjunto
de poemas nació gravado con un tributo de admiración al Pedro Mir de Hay un país en el mundo: por eso respira
la atmósfera de la epopeya lírica, un filón al parecer inagotable dentro de las
varias tendencias de la literatura criolla.
El pesado gravamen se nota, sobre todo, en los elementos
paisajísticos del primer y segundo movimientos. Hay cuatro en total, ya que la
obra está orquestada a manera de sinfonía: “Introducción”, “Panorama del
hombre”, “Arribo de la luz” y “La sangre que frutece”. Los elementos
paisajísticos son propios del ingenio azucarero, aparentemente el mismo ingenio
de Hay un país en el mundo, ese ingenio con su “protesta
silenciosa”, “su miseria agraria”, sus “bateyes exangües” y sus bueyes
masticando el horizonte”. No puede ser otro.
Fruto de inmadurez, hay ocasiones en que Alfonseca incurre
en deslices que lo dejan a medio camino entre la imitación y el calco:
En Santo Domingo
el hombre se reduce a piedra o polvo
pisoteado,
amontonándose en grandes huecos de
silencio
donde la muerte gobierna.
Nótese
que estos versos bordean la paráfrasis, recrean
de hecho un conocido paisaje del inapreciable texto de Pedro Mir:
Hay
un país en el mundo
donde un campesino breve,
seco y agrio
muere y muerde
descalzo
su polvo derruido
El hombre al que canta Alfonseca, con “su hambre sin
término,/ sumergido en las llagas de salarios harapientos”, es el mismo hombre
al que Pedro Mir canta en “Dominí”,
ese hombre “lleno de olvido y dolor,/ estrictamente salario,/ perpetuamente
sudor”.
Afortunadamente, Miguel Alfonseca acumula más deudas con el
espíritu que con la letra de los poemas de Mir, aunque por lo general se
mantiene dentro de su órbita de influencia. Arribo
de la luz, sin apelación, es un libro flojo, como ya se dijo y se ha venido
demostrando, pero en su momento llenó un vacío, una necesidad, y en algunas
partes anuncia al autor de La guerra y
los cantos. Desde entonces tenía Alfonseca un sentido de la organización
del discurso poético y una fuerza envidiable, a pesar de que no había
desarrollado su potencial: de hecho no lo desarrolló plenamente en sus dos
únicos libros publicados. Aun así, se siente al poeta en aquellos “ríos donde
lavan ropas campesinas/ y su canto las aves de la tarde”. Se siente, por
supuesto, al poeta en aquel pasaje inicial donde “El aire corre como un atleta
(…) entre la multitud de brazos verdes de los bosques”. Y se le siente, sobre
todo, trepidante, por encima de las caídas y el exceso de crónica, en el tono
majestuoso y solemne con que enuncia su profesión de fe, su oficio de cantor,
cantor de gestas:
Yo beso sus rostros
en las frágiles corolas salvajes
que al viento se dan como banderas.
La yerba no puede doblegarlas:
el sol las mantiene de pie y las nutre.
Hay una fuerza extraña en ellas,
como si los muertos surgieran por su
savia
y echaran a través de los colores y el
aroma
su clamor al viento de hélices
violentas.
Yo recojo la simiente que dejaron después de tanta muerte.
La saco de las miasmas escondidas,
las limpio de cenizas, limpio las
quemaduras.
He ahí una muestra de la fuerza de que se hablaba, esa misma
“fuerza extraña” a la que alude Alfonseca. Es la fuerza que se desata cuando
maneja con propiedad sus recursos expresivos, logrando una tramutación del
hecho histórico, elevándolo a la categoría de símbolo y de mito. Ya, desde
estos versos, puede notarse como la muerte ronda la poesía de Alfonseca: la
permea y la domina de la misma manera que permea y domina la poesía de René del
Risco.
La guerra y los cantos
(1966), el segundo y último poemario conocido de Alfonseca, tiene el mismo
aliento épico del primero y muchas de sus limitaciones y torpezas, pero
responde a otras exigencias de realización, y se realiza, por cierto, a un
nivel artístico superior, muy superior.
Alfonseca adopta, igual que su colega Del Risco en El viento frío, un tono coloquial,
descriptivo y narrativo a la vez, supeditando la música y el ritmo a la
crónica, porque de crónica se trata. Tampoco podía ser de otra manera: escrita
en la inmediatez del combate, esa poesía de Alfonseca es apta, sobre todo, para
leerse como historia y aventura, de un tirón. En cambio no se presta para
grandes declamatorias, igual que la de René del Risco. De hecho, La guerra y los cantos y El viento frío son el mismo libro:
conmemoración y consumación del mismo evento. En la práctica, Del Risco es más
depurado, a ratos, que Alfonseca, y a ratos tiene más vuelo y más rigor. La
poesía de Del Risco es leve, aérea si se quiere -no liviana-, mientras que la
poesía de Alfonseca es grave, ceremoniosa, pero ambos profesaban una ideología
estética en común. Además, en las obras de uno y otro se advierte la existencia
de un plan maestro, un plan regulador, y un ideal de trascendencia y
transgresión de la realidad menuda. Los quince poemas que componen La guerra y los cantos obedecen a ese
plan, a un designio, a la voluntad de erigir símbolos con los retazos y
fragmentos más dolientes de la zozobra social de aquellos tiempos, tiempos que
fueron de guerra y heroísmo, de intervención, de humillación y luto. El libro
-ya se dijo- fue escrito en el fragor de la contienda, en 1965, durante los
primeros meses de la segunda intervención armada norteamericana. Eso explica
muchas cosas: lo explica todo.
La guerra y los cantos
invita a la indignación y al
heroísmo, pero también a la reflexión y al amor, a la esperanza, esa esperanza
que desafía todos los signos de la adversidad. En cada poema se combinan, por
lo general, momentos de gran altura con caídas y recaídas estrepitosas: versos
de una sutileza inmaterial con frases de inexplicable rudeza de dicción. Véase,
por ejemplo, el pasaje donde “Guinda el cielo sus morados telares” o el otro en
que se describe “una sonrisa donde no cabían los dientes”.
El estilo de Alfonseca parece propio de alguien que escribe
rápido, corrige poco y se descuida a menudo. Aun así -con todos sus vicios y
defectos-, La guerra y los cantos es
un libro sin desperdicios, un libro memorable, si se quiere, por lo menos
dentro de su contexto histórico.
El poema de apertura, “A los que quieren imponer el bozal”,
es sentencioso, altanero, discursivo y panfletario, entre otras cosas…!Cómo
tenía que ser¡ De hecho, un mal comienzo y un mal poema. Detrás de tan severo
discurso admonitorio apenas se nota el poeta.
Dentro del plan ordenador que rige la obra, “Canto para un
joven provinciano” representa el verdadero punto de partida, un punto de
partida doble, ya que aquí se describe el proceso de iniciación y muerte que
fue común a tantos jóvenes del interior. Ellos acudieron en masa, durante los
meses de la revuelta, al llamado de la patria, y en muchos casos se inmolaron
en calles y barrios que apenas conocían, combatiendo con piedras o palos en las
manos. En otros casos fueron sepultados en tumbas anónimas, en patios y traspatios
de la capital, que aún guardan sus restos. En el poema mencionado, un himno al
soldado desconocido, Alfonseca evoca y rescata la memoria gloriosa del
combatiente caído. Lo evoca y lo rescata, a sabiendas de “que la verdadera
muerte es el olvido”. Por encima de la crónica, la poesía empieza a tomar
cuerpo en el mecanismo de reiteración que da ritmo y vida a la pieza, pieza de
artillería por supuesto:
Zumbido y tableteo
y en las calles florecía la sangre.
Zumbido y tableteo
y la sangre oscurecía la luz.
Zumbido y tableteo
y en las casas quedaban sólo los
retratos,
las botas viejas,
los libros y herramientas manoseados.
Entre las primeras composiciones, “Coral sombrío para
invasores” sobresale por su dignidad y gallardía poéticas. Diríase, por cierto,
que fue escrita a ritmo de redoblante, diríase que es una especie de marcha
fúnebre, una condena y un desafío a la prepotencia imperial. Amargo y marcial
es el tono, aunque exento, al parecer, de odio: lo que pone de relieve la
superioridad moral del ofendido. En esta visión poética del mundo, el agresor
se hace víctima de su agravio:
Morirán sin los
abetos de Vermont.
Morirán sin los grandes pastos rizados
por el viento
sin los frescos terrones de California
ni la cordillera del Oeste,
donde el cielo es un pálido patriarca
en mansedumbre.
Morirán sobre una tierra que no es
suya,
entre unos hombres de distinta lengua
ojos diferentes,
y distinto corazón.
“Responso
para Jacques Viau Reanau” ocupa un lugar especial en la poesía de Alfonseca. Quizás
no se cuente entre sus mejores realizaciones, pero es una de las más sentidas.
En realidad, pocos autores de la época dejaron de lamentar, en prosa y verso,
la pérdida de este combatiente dominico-haitiano (por adopción y origen),
poeta, maestro ejemplar, modelo único de valor e integridad. Alfonseca
pertenecía al honroso círculo de sus íntimos y le dedicó el “Responso” y unas
páginas de antología tituladas Diario de
guerra (funeral del poeta combatiente). El compañero abatido “entre el
llanto y los cantos libérrimos”, emerge en toda su estatura, sustentado por las
voces de sus coetáneos. Sereno, irrecuperable, mil veces lamentado, Jacques
Viau Renaud se convirtió en una de las figuras más recurrentes y veneradas de
la historia literaria de los años sesenta y setenta. No sorprende que Alfonseca
le cante en estos términos:
Toda la isla para tí, compañero.
Toda la tierra agridulce de los
pueblos,
para tí, compañero.
En dos de los poemas sucesivos se pasa revista a otras
calamidades de la guerra: esas que atañen a la angustia de la madre ante “la
señal de un mundo comiéndose a sí mismo” o al desgarramiento por el “pequeño
asesinado en la edad del nido”.
Siguen, en orden del discurso, tres poemas claves
concernientes al mar: “Mar de abril (I)”, “Mar de abril (II)” y “Canto del mar
en la guerra”. Este conjunto marítimo representa una especie de interludio, un
principio del fin: la luz al final del túnel, como suele decirse. En el mar, el
poeta se explaya -literalmente se explaya- en la contemplación-interpretación
simbólica de la realidad. Toma conciencia del espacio urbano -de la ciudad y de
los hechos que sobre ella gravitan- a través del mar, ese mar que no se
ausenta:
El mar no huyó de
la guerra y los hombres.
Estuvo siempre como un padre espantoso
golpeando el corazón de la ciudad.
, poniendo sal en avenidas quemadas,
donde surgían besos como banderas
tímidas:
la decisión de la vida más allá del
derrumbe.
Ese mar de Alfonseca, quien era asiduo visitante de parques
y orillas, se yergue majestuoso, ópticamente majestuoso desde las alturas de la
ciudad. El farallón que1a atraviesa longitudinalmente a manera de peldaño,
permite al poeta describir el espectáculo no metafórico de la guerra “En las
gradas de una tarde tendida sobre llamas”. El mar de Alfonseca no es bueno ni
es malo, no es maniqueo, puede ser “alimento/ y también una gran dentellada”,
puede ser “misterioso y terrible en sus designios”, puede ser “esperanza de
salvación” o “amenaza de destrucción”.
En la visión poética de Alfonseca, el mar es el termómetro
político de una ciudad y de una isla que, paradójicamente, viven de espaldas al
mar: ignoran al propio mar que las cierne y las concierne, al mar que hace y
deshace su historia:
El mar un día no
tuvo gaviotas
que prolongaran la tarde en su chillido
ni llevaran algas entre sus patas
rosadas
a la frente solitaria de la roca.
Si el mar cambia de nota, se altera el equilibrio o es señal
de una alteración del equilibrio. En rigor, todo mar se hace turbio en la noche
de la guerra. Si se descompone, se descompone la ciudad y se descompone la
vida:
Los dioses de la
guerra jugaban a la muerte
y el mar perdió de pronto sus flores y
cinturas,
sus trillos de paz y de alegría
para los polvorientos habitantes de la
isla.
La
mirada de Alfonseca se hace más penetrante en la última de estas tristes
marinas que constituyen uno de los momentos más felices de su poesía. Gana, sin
duda, en densidad y fuerza lírica, recuperando para la nostalgia un asombroso
cuadro, o al menos un cuadro de asombro, un verdadero paisaje del alma. Otra
vez el humor del mar determina el ciclo de la vida, abriéndose o cerrándose a
la esperanza:
Oscuro es el mar en
la madrugada
como un vuelo lejanísimo de aguas,
como un gran animal de tristeza y
espanto
rodeándonos,
cercándonos.
Oscuro es el mar en la hora
de blancas cabelleras sobre la ciudad,
de enredaderas malvas y violáceas
colgando del viento insomne y del
cielo:
aún los pájaros no desgarran la niebla
y se hunden las estrellas, desoladas.
El ojo de nuevo se abre al mundo.
Miguel Alfonseca parece, en definitiva, un “prisionero del
ritmo del mar”, como dice el bolero. Por eso vislumbra un poco la historia
desde una perspectiva acuática y salobre, una perspectiva aérea, por cierto. En
El viento frío, René del Risco
observa desde un balcón, y ambos como a través de una ventana, especie de
mirador privilegiado que les permite tomar distancia de los hechos en que
participaron activamente. Esta puede ser una de las claves de esta poesía: el
acercamiento-distanciamiento respecto del “objeto” poético:
Oscuro es el mar a
través de esta ventana
y más oscuro aún en la madrugada de
guerra.
Yo veo los escombros, el resto del
incendio,
allí quedaron cuerpos de muchachos
alegres
para quienes la vida era el combate,
para quienes la vida fue una infancia
enrejada
y luego las cenizas antes de crecer.
La mágnifica escena, congelada en el recuerdo y en el
recurso poético, no permanece, sin embargo, estática:se abre improvisamente
hacia la fe en el porvenir, deja ver una brecha, una esperanza en los mismos
colores del amanecer sobre ese mar indispensable:
Abajo, el ruido de
un fusil despereza la calle.
Alguien golpea los tímpanos del sueño
anunciando un periódico.
Claro es el mar.
Más claro.
Un rumor de pasos creciendo tira del
día.
En los vidrios, una violenta rotura sin
estruendo
me enceguece.
El mar de golpe borbota reflejos en
Oriente
desparramando blancos, verdes, azules,
sobre las liras y violetas de la
madrugada.
La sangre sobre el mar, extendida y
brillante.
Claro es el mar.
Claro es el mar en la alborada.
El despertar.
En las últimas seis composiciones, continúa el poeta
“recogiendo las voces de la pólvora”. Todo en ellas se resuelve ahora en
lamento, un lamento ininterrumpido, en sordina, que tiene por ritornelo a la
muerte, al amor y a la muerte. Alfonseca rinde tributo de admiración y gratitud
a los caídos, interiorizando un sentimiento de pesar, un cante hondo, una piedad sincera por aquellos que “Repartieron sus
vidas en mañanas de himnos y banderas”, aquellos que “Repartieron sus vidas/
como se reparten los peces/ como el amor en medio de los dientes”.
A pesar de la tregua y la esperanza, “El incendio queda en
(su) corazón” como secuela de un dolor que no renuncia. Se duele el poeta por
“la mujer de frutas”, por el “camarada de infancia sollozante/ doblado en el
zaguán con el fusil ya frío”. Se duele por el muchacho desconocido que se hizo
“mundo muerto/ en las calles desiertas”, y se duele, desde luego, por sí mismo.
Alfonseca aspira a escribir, como Andrés Bello, una oración por todos.
De ninguna manera se resigna el poeta a “abandonar a (sus)
muertos”: más bien los invoca y los espera, como en “Canción triste de la
guerra”, aferrándose a la ilusión de un retorno. Esos muertos, después de todo,
están cargados de vida, son dadores de vida. Después de todo, “Tendrá la brisa
que venir con ellos”.
Es en este contexto, tan definido por circunstancias de
luto, que sobresale un verso cargado de inquietantes vibraciones fatalistas:
“buscaré lentamente la luz entre los muertos”.
El cuadro más perfecto que ofrece el libro, y el más
audiovisual, se encuentra en “Canto para un muchacho desconocido”. El tema es,
para variar, la muerte, eso que Moreno Jimenes llama su majestad la muerte. La poesía, y en especial la buena poesía, es
siempre obsesiva, reiterativa, no se dude:
Bate el viento en
tu sepulcro
cargado de las hojas y la luz de
noviembre
Trae
la estación sabor a uvas y manzanas
en los labios infantiles
y frente a tí orinan los perros y se
aman.
El polvo casi borra tu nombre sin
sonido
y roe la lluvia tu pardamente gorra
sucia.
La yerba silba en el montón que te
apresa
y niños madurados de pronto por la
muerte
te llevan mariposas y canciones
marciales.
En medio de la guerra y la tragedia de la patria invadida,
sólo el amor es lenitivo, única contrapartida de la muerte. ¿Pero qué amor es
posible entre invadidos e invasores? No, desde luego, el amor hipócritamente
universal que condena y perdona a todos, pesándolos en el mismo fiel de la
balanza. Es, por el contrario un amor cargado de energías justicieras: el que
se impone, cuando se impone, por voluntad de los pueblos. El que se impone por
la verdad: ese amor que no deja de ser amor aunque sea un amor que llame “con
voz de pólvora y de sangre”, el “amor en la guerra”, el amor que se cumple “en
el joven que lleva su canción y su rifle”. ¿Por qué no?
Es cierto: “-Abril trajo la guerra y entonces todo ardió”.
Pero en la guerra, como en la basura, se engendran calamidades a la par que
bondades insospechadas. La guerra desata a veces “una alta floración de la
ternura”, descubre solidaridades, pone sobre el tapete sentimientos ignotos a
otras situaciones: grandezas y bajezas, grandes bajezas y grandezas. Ya lo
había dicho Albert Camus en La peste,
a propósito de “lo que se aprende en los períodos de grandes calamidades: que
hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Ahí radica
el sentido del poema que Alfonseca dedica al muchacho desconocido:
Cantabas asombrado de la miel
que la guerra entregaba.
Por ese tiempo de amor entre los
tristes,
por ese amor surjido
como nacimientos de hombres de la
tierra misma,
del mismo fuego soterrado ciego por
milenios.
En otros momentos reiterativos de la poesía de Alfonseca, el
amor que gira o “había girado como una llama dulce”, el amor en tiempo de
muerte permanece un poco una incógnita. La incertidumbre asalta al poeta, a
pesar de su optimismo visceral, cuando se pregunta “Cómo es el amor después de
la caída de la sangre”. Es la pregunta
que se hace, al revés y al derecho, en “Canción triste de la guerra”, que es un
estimable poema, obviando ciertas asperezas:
Después de todo
esto tendrán que decirme
cómo es el amor en las soterradas
cenizas,
cómo es el amor tapiado para siempre,
oscuro para siempre en madera o
cemento…
Momentáneamente no acierta con una respuesta y se limita a
cantar “desde un balcón de vértigo y luceros”, exactamente vértigo y luceros.
Ya se ha visto que en la poesía de Alfonseca y Del Risco siempre hay alturas y
balcones para contemplar la vida y dar testimonio de los hechos. En las alturas
de Alfonseca hay “pájaros frotando su pico contra el cielo”. Del mismo modo, en
las alturas del viento frío aparecen
“ruiseñores de metal”. Una y otra vez los vasos se comunican.
Al final de la obra, sólo al final, en “Parque Hostos” y
“Variaciones”, el poeta recupera sus lugares amados: el mar, el malecón, las
plazas y los trillos. Ese “Parque Hostos”, dedicado a René del Risco Bermúdez,
es un símbolo del retorno a lo que podría llamarse normalidad en un país
ocupado por tropas yanquis. Hay que tener presente que el Parque Hostos se
convirtió durante la guerra en un centro de entrenamiento militar. Si el amor
después de “la caída de la sangre” era una incógnita, ahora “Los amantes poseen
el mundo al borde de sus besos/ en este parque mutilado recién devuelto al
amor”.
Evidentemente el tono del poeta se hace aun más amoroso y
solidario en esta zona, más cristiano: rebosa literalmente de piedad en más de
un sentido (quizás no por azar, Piedad Montes de Oca fue su primera esposa). El
hecho es que los últimos poemas se proyectan hacia un gran final abierto en el
cual la ciudad y el mar se reconcilian, la ciudad y el amor se reconcilian.
Incluso, la destruccion y el amor se reconcilian. Tenía que ser así porque el
amor militante de Alfonseca, el amor que construye hijos y defiende la heredad,
esa clase de amor siempre se yergue sobre las ruinas.
La reafirmación de los principios de su código
ético-estético se da por entero en el poema “Variaciones sobre un verso”. No se
trata de variaciones sobre un verso cualquiera, sino sobre un verso de René del
Risco dedicado a Jacques Viau Renaud (ese que dice: “Toda la extensión del mar
para tu frente”). Se trata, otra vez, de una marina en la que el mar es “la
colina al sur de la ciudad”, y se trata, por supuesto, de una conjunción de
motivos esenciales al arte de Alfonseca. Aquí están todos o casi todos, en este
poema festivo y luctuoso, fechado al 2 de octubre de 1965. Sólo por esta vía
-marítima- puede exorcizar los demonios que lo habitan y lo viven. Exorcismo a
medias, ya que dentro de las circunstancias trágicas de su poesía, Alfonseca
seguiría siendo un “prisionero del ritmo del mar, de un deseo infinito de
amar”. Junto al “furioso merengue” de Franklin Mieses Burgos, también el
agridulce bolero ha sido nuestra historia:
Detrás han quedado los escombros
y las jornadas del miedo y de la muerte.
Acaso alguien llora áun sobre un
sepulcro
en tanto el mar se entrega a los amantes
y tiembla en los tobillos de muchachas.
En
tanto el mar sube por la ciudad
al encuentro de los ojos del poeta
cuando avanza triste
en la contemplación de nidos en
jolgorio.
Los amantes que “unían su soledad” no siempre se entienden
en estos poemas, como tampoco se entienden en El viento frío, donde la incomunicación es insalvable. Hay
distancias salobres entre ellos, por razones de sensibilidad o de formación, o
por simple cobardía. Aquí se percibe una queja:
La amada del poeta,
mi hermano,
pierde su alegría entre la niebla y los
letreros.
Bate su tristeza
entre ascensores y trenes insomnes
y mueren las palomas bajo ruedas
en patadas de los que huyen hacia
fábricas.
La amada del poeta, mi hermano,
no recibe esta luz -fuerte licor del regocijo-
donde los hombres de la isla
han enterrado sus huesos
sin entregar la morada.
Quizás ahora el poeta sabe “cómo es el amor después de la
caída de la sangre”: lo intuye, parece intuirlo en estos versos finales, crisol
en que se funden la pasión y la inocencia.
El mar es más salado por la sangre
mas cunde el alborozo entre las ciguas
y entre los hombres que se aman.
El amante doblegará su pasión en la
noche
como un niño travieso doblega un árbol
tierno.
El resto de la obra de Miguel Alfonseca está, en parte,
dispersa y quizás inédita. En conjunto no es, por cierto, la obra de un gran
poeta, pero es obra de una gran fuerza poética -ya se ha dicho. Una obra para
leerse y apreciarse como totalidad, sin reparar demasiado en sus defectos, porque
es, ciertamente defectuosa, a semejanza de muchas obras maestras. Dígase
entonces que es un texto vital, irrenunciable, irrepetible en su unicidad.
Dígase que es el legado de un testigo y actor privilegiado, un protagonista de
su propia historia. No un espectador desencantado, sino un actor de los hechos,
alguien que recibió la palabra de su arte “a través de la zarza ardiente”.
Miguel Alfonseca, poeta y narrador, eligió morir su primera
muerte en el silencio, en el hermetismo, en la ausencia, mas no por eso la
segunda muerte lo sorprendió siendo cadáver. Murió lleno de vida y está vivo,
“porque la verdadera muerte es el
olvido”. Olvido que ni el poeta ni el narrador se merecen.
MEMORIAS DEL VIENTO FRÍO

La noche del 20 de diciembre
de 1972, René del Risco Bermúdez acudió
a una cita con el destino en la avenida George Washington –el malecón de la
ciudad capital. Era una cita al parecer ineludible, a juzgar por las veces que
había sido presentida: una cita con la muerte prematura, muerte a destiempo
junto al mar que el poeta amaba.
El hecho trágico que enlutó a su
familia, también ensombreció y traumatizó al mundo de las letras, y entre los
escritores jóvenes y menos jóvenes se extendió un sentimiento de vacío y
orfandad. No era, ciertamente, para menos. A los “treinta y siete años de edad
y en perfecta salud”, Whitman había comenzado publicar sus Hojas de hierba.
Casi a la misma altura de la vida, en pleno goce de sus facultades
intelectuales, René del Risco Bermúdez se retiró bruscamente del escenario en
que había obtenido el más amplio reconocimiento, llegando a ocupar un espacio
privilegiado, único entre los miembros de las nuevas promociones. De hecho, y a
pesar de su partida a destiempo, se reveló como el más sobresaliente talento
literario de su generación, quizás de varias generaciones.
Del Risco nació en 1936 en Macorís del
mar, tierra de peloteros y poetas, y en la práctica soñó con ser ambas cosas.
La pelota, como deporte, se respiraba en el aire: la poesía la llevaba en la
sangre, siendo nieto de Federico
Bermúdez, el notable cantor de Los humildes. Hoy se sabe que descolló
como animador, publicista, narrador y poeta, aunque no como pelotero. Eso sí,
fue fanático irreductible de los Tigres del Licey.
Como tanto jóvenes de la época, Del
Risco participó –ya se he dicho- en la lucha política antitrujillista dentro
del Movimiento Revolucionario 14 de Junio y conoció temprano la cárcel –“fruta
negra”, la llamaba Roque Dalton. Allí
sufrió vejaciones y torturas que no doblegaron su espíritu, pero dejaron
huellas en su cuerpo, un cuerpo que mostraba las clásicas quemaduras de de
cigarrillos en las espaldas y señales inequívocas de martirio en las uñas.
Antes y después de su breve estación en
el infierno, desempeñó variados oficios y al parecer alguna vez quiso ser
abogado, según demuestra el hecho de haberse inscrito en la Facultad de Derecho
de la universidad estatal, única a la sazón en el país. Por lo demás, no hay
que acudir a su biografía para obtener información pormenorizada de primera mano.
Muchas de sus empresas en la lucha por la vida –incluyendo su “fracaso como
pelotero”- están documentadas en unos versos de iniciación que hoy resultan
casi sorprendentes por su carácter festivo, excepcional y extrañamente festivo:
...................................
yo
caí, me recogieron,
me acostaron en el jón,
y en aquella situación
¡momento grave y severo!
dejé de ser pelotero
y cambié de profesión.
He tenido profusión
de profesiones y empleos;
he dado mil zigzagueos
en una y otra cuestión.
He vendido desde ron
hasta
espacios de parqueos,
........................................
“Qué
es usted? Si me preguntan
en un
barrio: “¡Locutor!”
en un
salón?: “¡Escritor!”
en un
patio?: “¡Tamborero!”
en la
iglesia soy santero
y en
la calle...Yo, que soy?
Por el mismo estilo, Del Risco amaba
definirse como “poeta y cumbanchero”, y al decir de alguno de sus íntimos
quería que le pusieran este mote en su epitafio. Afortunadamente se destacó más
como baladista que como cumbanchero: Del Risco escribió, en efecto, letra de
canciones de inspiración honda y genuina, entre las cuales se recuerdan “Si
nadie amara”, “Magia”, “La ciudad en mi corazón”, “Mira que mundo”, “Matices”, “Así, tan
sencillamente” y “Una primavera para el mundo”. Algunas de éstas alcanzaron
éxito en las voces de notables intérpretes de la talla de Horacio Pichardo,
Francis Santana, Fernando Casado, Niní Cáfaro, Luchy Vicioso, Felipe Pirela y
Marco Antonio Muñiz.
Por añadidura, el hombre fue un
brillante publicista. Publicista, quizás, a regañadientes, a contrapelo de su
vocación literaria, quizás a contraconciencia, quizás como simple manifestación
de su desbordante energía intelectual. No se sabe. En todo intento de
aproximación a una vida y una obra cabe un margen razonable de duda. De lo que
nunca podrá dudarse es de su humanidad y
talento.
Su producción literaria incluye
cuentos, sonetos y poemas en versos libres que fueron recopilados, en su
mayoría, después de su muerte. También anunció el poeta una novela, Del júbilo a la sangre, de
la cual se desconocen detalles más o menos precisos.
La primera edición de los cuentos se
publicó bajó el título de una de una de sus narraciones: En el barrio no hay
banderas (1974), mientras que los Cuentos y poemas completos
aparecieron en una edición incompleta que data de 1981.
Casi toda la obra conocida de René del
Risco cubre un arco de tiempo comprendido entre 1961 y 1972. En vida sólo
publicó un libro: El viento frío (1966), pero sería un libro memorable,
un libro de época, generacional, destinado a convertirse en parte esencial de
la realidad que lo inspiró, un libro vivo, palpitante de historia y de hondas
vibraciones sociales.
Algunos de los aspectos más notables de
la poesía de René del Risco –la parte sumergida del iceberg- se encuentran en
los sonetos mencionados, sonetos escritos, por cierto, a la sombra de José
Ángel Buesa. Este dato es, desde luego, anecdótico y paradójico: el poeta y
revolucionario que junto a Miguel Alfonseca iba a inaugurar en su tierra una
nueva era y un nuevo sentir literarios, se inició espiritualmente en la capilla
de un romántico rezagado, exiliado cubano por más señas. La madeja de las
contradicciones no se despeja por el hecho de que el novicio recibiera en edad
temprana tales influencias, ni en virtud de que las obras de Buesa rivalizaran
en su época con el volumen de popularidad y venta de las obras de los grandes maestros
latinoamericanos, incluyendo a Neruda. En rigor, René del Risco Bermúdez se
mantuvo siempre fiel al espíritu romántico de Buesa, logrando producir –eso sí-
una síntesis o por lo menos una simbiosis entre el caudal erótico,
personalista, y el aliento social en olor de multitudes.
Desde los más tempranos sonetos de René
se anunciaba lo que sería el gran tema de su obra: el tema de la muerte. Esa
muerte, la misma muerte que en la poesía de Alfonseca constituye un motivo
esencial, lo arropa todo en la poesía de Del Risco. La diferencia estriba en
que en uno la muerte es sentimiento y en el otro, a la vez, presentimiento.
Prácticamente no hay en la obra de René un resquicio poético –uno sólo- por
donde no se lea o se avizore a la muerte, la muerte fiel, la muerte convidada.
Eso podría explicar su admiración por cierta zona de la poesía de Buesa. Por
ejemplo, en “Pequeña muerte”, Del Risco traduce casi la misma idea
necrófila del Buesa de Oasis,
aquel que dice: “Después de haber vivido la mitad de la muerte/ hay que seguir
muriendo lo que aún queda de vida.” Véase si no:
Dime por qué tu insistes y
te empeñas
en negar esta muerte que no escribes,
si es esto de soñar lo que no vives
un modo de morirte en lo que sueñas.
...........................................................
Comprende que estás vivo, que moriste
en toda aquella vida que viviste,
que no podrá el pasado retenerte.
En “La casa”, que es una pieza
excelente, una de las mejores, el poeta expresa un sentimiento parecido:
Todo ha ido muriendo lentamente en tu pecho
Todo ha ido muriendo lentamente en tu pecho
y seguirá muriendo, hasta que tú te
mueras.
“Soneto ante la rosa” es una variación,
una de sus tantas variaciones sobre el tema:
Hay un silencio en ti, hay una cosa,
una callada muerte que reposa,
una lejana muerte suspendida...
nada comienza en ti, nada clausuras,
en ti sólo es presencia lo que duras
abriéndote y cerrándote en la vida...!
El conjunto de sonetos consta de unos
veintidós en total, si se aceptan ciertas licencias, pues hay varios con colas
y modalidades que escapan al rigor de la preceptiva. Dentro de este conjunto,
pocos se apartan de la idea de la muerte, o de un cierto tipo de muerte,
exceptuando algunos ardientes y gozosos como “Este soy”:
Este soy yo, tu llama, tu alimento,
tu herradura, tu pan, tu todavía,
tu tibia alternativa, tu alegría,
tu ceniza final, tu aturdimiento.
Por lo general, el poeta no se
disimula, no se llama a engaños, se muestra como se siente: abatido, pesimista,
incurablemente depresivo y paranoico, aparte de fatalista. Casi siempre está
prevenido, receloso, a la defensiva. Casi siempre se muestra suspicaz, desconfía
de lo que se le ofrece al disfrute puro y simple de los sentidos. Nadie como
René sabe encontrar amargura en los más dulces néctares: nadie como él sabe
trocar la miel en hiel. He aquí una muestra, una de muchas:
Toco tu mano, y ya soy diferente,
dispuesto a la ternura, me dominas
y siento que en silencio me caminas
venciendo mi amargura combatiente.
.........................................................
Yo sé que esto no es cierto, sin
embargo,
que el mundo sigue siendo tan amargo
como ante de que en sueño lo
conviertas...!
De
cualquier manera, hay que admirar sin reservas la superior lucidez del artista,
la forma en que asume su sentimiento trágico de la vida, tal y como se pone de
manifiesto en otras facetas de su obra. Así, en “Tiempo de espera”, aparecen ya
claramente definidos los elementos claves de su poética y de su personalidad
poética:
Casi muriendo ya, sólo en la espera
del
prometido día sin quebranto,
sobre la dura piedra de mi canto
establecí mi Patria verdadera.
Aparté mi lucero, mi bandera
de amarga soledad alzada en tanto
nutrí de dura luz mi desencanto
de paloma angustiada y prisionera.
Aquí mora mi voz, aquí en la esquiva
soledad donde espero la misiva
de alegre fuego o muerte mensajera;
aquí se nutre el arpa, aquí detengo
el poderoso arco que sostengo
para que el entusiasmo no se muera.
Los poemas en versos libres de René del
Risco Bermúdez conforman la zona menos intimista de su obra, sin duda la más
aguerrida y a la vez el tono menor de su poesía, con excepción de algunas
piezas claves. Aquí desde luego no está ausente -ni podía estar ausente- el
tema o ritornelo de la muerte. No ya la muerte propia, la muerte presentida que
lo embarga desde sus raíces, sino la muerte ajena, la muerte de los otros. René
llevó un registro poético, bastante minucioso por cierto, de sus compañeros de
ideales caídos entre 1963 y 1971. Varias de sus composiciones, entre las que se
cuentan “Por la muerte de muchos” y “Aquí o en otras tierras”, exaltan la
memoria de Jacques Viau Renaud. En “Palabras al oído de un héroe” rinde tributo
a Manolo Tavárez Justo, y en “No está bien, sin embargo”, recuerda Maximiliano Gómez (El Moreno). Esta es, sin
duda –por su ritmo, frescura y sentimiento- la composición más sobresaliente
del grupo, un verdadero logro de equilibrio poético-emocional:
Está bien si la fruta picoteada
se desprende del tallo y viene a tierra
y enloda su dulzura;
siempre queda
el mundo en grave paz,
no ocurre nada.
.........................
Está bien la paloma en la cornisa
el beso en la mejilla, la mirada
espejo de la risa
y la imprecisa
frontera entre la noche y la alborada.
Bien la mujer que siempre me acompaña,
bien la mesa del pobre, el agua fresca,
el pan elemental, la simple araña,
bien que llueva, que escampe,
y que anochezca.
Hay que aceptar el mundo en su
inviolable
redondez planetaria o de moneda,
justa es la soledad, es aceptable,
la vida y el cansancio que nos queda.
Lo que no puede ser, lo que no entiendo
es que tú como un pájaro cansado
de mucha libertad, de haber cantado
en el árbol más alto y más abierto,
mueras así, de un modo tan sencillo,
tan en paz, tan sin plomo, ni cuchillo,
que a mí se me haga extraño
que estés muerto...!
La lista de estos poemas conmemorativos
se completa con una media docena de títulos que incluyen: “Unas palabras con
Che Guevara muerto”, “Por todos nuestros muertos, “Oda erguida en la muerte de
Julián Grimaud”, “Canto para un muchacho de mi pueblo”, “Oda a César Bautista”
y “Oda sobre la tumba de mi amigo
Jesús”. En general, se trata de textos mediocres, intrascendentes, que no salen
del montón, y en ningún caso se elevan a la altura de “No está bien, sin
embargo”, pero que en cualquier caso dan muestras del genuino interés del poeta
en la preservación de sus vínculos originales: preservación de sus ideales.
Otra zona, igualmente dispareja, de su
poesía en versos libres recoge una especie de crónica de aquella época convulsa
en la que a Del Risco le tocó participar. Si unas veces derramó la miel de su
poesía sobre sus seres queridos, otras veces arrojó veneno –merecido veneno-
contra invasores y traidores. “¡Caramba, General!”, por ejemplo, es una sátira
contra un conocido militar destituido graciosamente de su cargo por un designio
de la Presidencia.
Algunas de las más representativas
composiciones de este grupo forman parte de un auténtico rosario de
lamentaciones por el destino de la patria invadida. Entre las más dolientes se
cuentan “Oye, patria”, “Palabras para invasores”, “Ofrenda lamentable a un
general invasor”, así como la gallarda “Oda gris por el soldado invasor”. Esta última, muy celebrada en su tiempo, no
carece de cierto valor histórico y poético:
Venido de la noche,
quizás de lo más negro de la noche,
un hombre con pupilas de piedra
calcinada
anda por las orillas de la noche...
De oscuro plomo el pie y hasta los
besos
viene
del vientre lóbrego de un águila
que
parirá gusanos y esqueletos
para
llenar su mar, su territorio...
Y aquí
está saltando por las sombras,
por
detrás de alambradas y del miedo,
recorriendo
caminos enlodados
con
palabras de sangre para todos...
Dentro de su producción en versos
libres, René del Risco reservó, por supuesto, lugar para el amor. Ese amor,
igual que en la poesía de Alfonseca, suele encontrarse en el reverso de la
medalla, en la otra cara de la guerra y la muerte, pero fundido igualmente con
la guerra y la muerte, y a menudo con un paisaje marino bailando al fondo.
Véanse, por ejemplo, “Carmen sugerida junto al mar” y “La amiga de la guerra”,
y sobre todo “Palabras por Eurídice perdida” y “Palabras para Eurídice”, que
son las mejores de este conjunto de marinas. En ellas, las criaturas del
paraíso se trenzan junto al mar, amándose dichosas las unas sobre las otras:
Palabras
de leñador yo te decía
cuando
caía sobre ti
sobre
tus ágiles piernas
y la
espuma jugaba entre tus dedos frágiles...
¡El
mar, Eurídice!
Pero la dicha, como de costumbre, dura
poco, muy poco en casa del pobre. Fatalmente, una “dolorosa certidumbre”, un
“cruel presentimiento” hacen nido en el “corazón oscuro y caluroso del poeta.
No podía ser de otra manera. Aquel amor,
aquella etapa dichosa no sobrevivirían al cambio brusco de las circunstancias.
Nadie hubiera podido robarnos aquel mar
aquella ardiente edad entre los
árboles,
si el cuerno de la guerra
no aturde nuestra frente
con su sombrío aliento de cenizas...
Es
importante notar, en este punto, cómo el sentido del amor en la poesía de Del
Risco se corresponde plenamente con su sentido de la vida –con su sentido
trágico de la vida-, y estos a su vez con su sentimiento religioso. En casi
todos los casos sale a relucir su humanidad doliente y fecunda, así como su
concepción epicúrea de la existencia. Cierto es que el tema religioso lo toca
pocas veces, pero cuando lo toca lo hace con altura, como corresponde. Así se
manifiesta plenamente en uno de sus poemas más tempranos, “Palabras a Dios”,
que data de 1961:
No serán
perseguidos de tus ejércitos de Ángeles, Señor
estos que ahora
no hacen más que celebrarte
en su propio
deleite;
porque vivir sin
ti es esperarte
con el pecho
manchado por la inocente culpa;
por esa culpa,
Dios, que no podemos eludir
los que de ti
descendemos por milagro.
Aparentemente lo
seduce al poeta la creencia en un dios verdaderamente bondadoso, ajeno a la
idea del infierno, un auténtico dios de redención espiritual y social:
He aquí Señor que
estoy en ti,
que está en la
tierra tu hijo
como tu lo has
querido;
sin sucias
lágrimas que me impidan verte
en la hora
preciosa del dolor
y esperando con
fe la buena miel y la abundante leche
que ha de manar
un día
bajo los pies
salvados de los hombres,
de esta tierra
que tú nos regalaste.
En la obra
poética de René del Risco Bermúdez, El viento frío sobresale por su dimensión
poética y humana. En esta fase de su producción, el código ético-estético
reposa en un ideal menos epicúreo que político. Conceptualmente, su poesía
aspira ahora a realizarse en lo social y aparece más definido el compromiso: un
compromiso de solidaridad con sus semejantes. Nótese de inmediato que El
viento frío es un libro de atmósfera. Atmósfera más bien enrarecida a pesar
de la brillantez del paisaje. Atmósfera de un agobio –frustrante, traumática,
depresiva. Atmósfera de una derrota que no dejó de ser gloriosa. Atmósfera
donde el amor y el desamor se conjugan permanentemente con el hastío, la soledad,
la tristeza y la muerte. Muerte y memoria en el escenario de la ciudad
innombrada, crónica de un mundo enfermo de egoísmo, epopeya íntima de un poeta
que muere de muerte ajena.
En términos sociales, El viento frío
expresa el punto de vista del combatiente intelectual pequeño burgués que se
reintegra al orden, un orden restablecido mediante el habitual expediente de
brutalidad por tropas yanquis, necesariamente yanquis.
Lloviendo sobre mojado, puede afirmarse
que El viento frío es el símbolo
de la frustración de la pequeña burguesía comprometida con los cambios
sociales. Ninguno de los autores que vivieron las jornadas heroicas y
esperanzadoras de abril, ha dejado de sentir el soplo del viento frío. Esto es,
la resaca de la guerra, la aceptación obligada de las limitaciones del
ambiente, el reingreso en un presente sacudido pero intacto, medianamente
soportable por la confianza en un futuro. Un futuro incierto, sin embargo,
castigado, postergado por el monstruo de la represión que se tragó cuatro mil
vidas en doce años de continuismo balaguerista.
En las hermosas y certeras palabras de
Juan José Ayuso, El viento frío “es viento de derrota y desilusión, es
viento de enterrar sueños, es aire frío que sopla de noche en la tumba sin luz
donde reposan las derrotas de los hombres...”.
El escenario se reduce a la ciudad, y
la ciudad se reduce al ángulo sitiado por los invasores entre el mar y el río:
la zona colonial y sus alrededores. No se la nombra porque es una ciudad simbólica,
ciudad cementerio, ciudad de lutos recientes, ciudad falsa poblada por especies
de fantasmas que viven una vida de mascarada. Junto a ellos se encuentra una
minoría selecta. Ilusos que se niegan a vegetar, rebeldes que no dan por terminada
la revolución y actúan con hechos o palabras. Contra todos –fantasmas, ilusos y
rebeldes- el poder afila sus instrumentos. A fuerza de conformismo y a fuerza
de represión, la sociedad restablecida sana, se limpia el rostro de la ciudad
innombrada. El gobierno invierte en obras públicas de relumbrón, política de
vitrina. Los aparatos de presión del estado dominico-americano seleccionan sus víctimas. Uno por uno –cuando
no en grupos- irán cayendo los dirigentes de la revolución. Dirigentes,
activistas, comandantes: artesanos del sueño que se hundía. También cayeron
otros –cientos de otros- que sólo tenían la culpa de ser inocentes, inocentes
atrapados por la lógica del poder en situaciones de terror. Esto es, infundir
miedo en los que están, incluso en los que no están.
Ambiente y circunstancias determinan,
como se ha visto, actitudes extremas, influyen sobre todo en el punto de vista
del observador. He aquí un dato interesante: la puesta en escena de El
viento frío está condicionada por
una estrecha faja de espacio libre dentro de la ciudad zombi. Desde esta
perspectiva, hay que notar que la mayoría de los textos parecen haber sido
escritos o pensados desde un balcón (igual que algunos de los poemas de
Alfonseca), casi como buscando aire para escapar de la asfixia de posguerra. En
efecto, el balcón es el sitio de observación privilegiado para fines de
orientación. Desde el balcón se domina el espacio físico que ocupa la
estructura poética, una estructura ausente, como diría Humberto Eco, calculada
al milímetro, incluso visible, pero ausente físicamente: espejismo que engaña a
los sentidos sin dejar de ser realidad para los ojos.
En menor medida, cafetería y
cinematógrafo cumplen funciones similares a las del balcón, pero con una sutil
diferencia: la cafetería, como el cinematógrafo, representan el punto de vista
del observador integrado, no del espectador apocalíptico que era René, el René
que miraba desde el balcón el caos que se organizaba sobre la ruina de los
ideales de abril. Presumiblemente se trata del balcón de la casa que habitaba
el poeta en la Avenida España. Balcón mirador, balcón observatorio, balcón
indiscreto, balcón telescopio de Galileo, balcón desde el cual puede verse,
siempre verse, a la muchacha que se peina,
se cambia se perfuma, se maquilla, lo mismo que al hombre que pasa por debajo
con su carga de ilusiones cotidianas. Balcón, en fin, para ver la vida en sus
aspectos más engañosamente inmediatos, balcón ventana de la vida. En el fondo
se trata de eso: el poeta vive la vida como mirando a través de una ventana,
sin tomar parte en ella, a la distancia que le imponen su “yo” y sus
“circunstancias”.
El punto de vista del autor frente a su
obra también concierne al tono y al estilo, no sólo a la ubicación. René eligió
–como Alfonseca en La guerra y los cantos- un tono coloquial y un estilo
realista y simbólico que no traiciona su porfiada vocación romántica. La obra
es descriptiva, prosística por elección. Es narrativa. Todo el libro es un gran
conversatorio donde el narrador está junto al poeta o sobre el poeta. De hecho,
los poemas tienen ritmo pero no tienen música, no tienen melodía, no se prestan
a grandes declamatorias. Como Picasso en Guernica, René del Risco
renunció a los colores, a las notas altas, estridentes. El viento frío
es obra asonante, a veces disonante, o más bien monocorde, sin más adorno que
su sencillez ni más belleza que su verdad profunda.
El primer poema, el que da título al
libro, empieza naturalmente con altura, desde el balcón de marras, y con una
nota que es casi de optimismo, escrita como al final de una larga
convalecencia:
Debo saludar la tarde desde lo alto
poner mis palabras del lado de la vida
y confundirme con los hombres
por calles en donde empieza a caer la
noche.
Es la nota de alguien que –por lo menos
en propósito- decide aceptar, asumir la vida y el mundo como son, no como
quisiera que fuesen:
porque todo ha cambiado de repente
y se ha extinguido la pequeña llama
que un instante nos azotó...
La conciencia de ese cambio se traduce,
momentáneamente, en resignación forzosa, forzada por las circunstancias de las
que ya se dijo:
Ahora estamos frente a otro tiempo
del que no podemos salir hacia atrás...
Se trata de una resignación rebelde,
quizás de una rebeldía resignada. Todo parece entonces reducirse a un simple
juego de palabras que, como todos los juegos del homo luden, encierra un
sentido segundo. Rebeldía resignada o resignación rebelde implican de muchas
maneras la existencia de un mecanismo de rechazo mediante el cual el poema,
todos los poemas de El viento frío, se niegan a ellos mismos: niegan lo
que ofrecen. Para usar términos de la publicidad comercial (en los cuales Del
Risco fue un maestro), el soporte de promesa niega la promesa o se convierte en
su contrario. Así, la diversión es hastío, la palabra “alegría” es víctima de
una doble adjetivación que la hace gris o lúgubre, de manera que todo lo que es
alegre es triste, “amargamente alegre”, dice el poeta. La compañía trae
aparejada un sentimiento de soledad, el amor se torna en desamor, la vida es
muerte, la ciudad es infierno, escenario de una derrota. Lo que empieza siendo
hermoso es el inicio de la invasión del viento frío:
Es hermoso ahora besar la espalda de la
esposa,
la muchacha vistiéndose en un edificio
cercano,
el viento frío que acerca su hocico
suave
a las paredes,
que toca la nariz, que entra en
nosotros
y sigue lentamente por la calle,
por toda la ciudad...
Lo anterior se explica en función de un
viejo y permanente drama existencial, que es el que se reproduce en El
viento frío: el drama del hombre dominado por el sentimiento de vacío
frente al sinsentido de una vida, el paradójico vacío existencial de un hombre
lleno de poesía. El mismo sentimiento conduce al rechazo de la existencia como
ficción, a la ficción de vivir por vivir, a la falta de autenticidad de las
relaciones humanas instaraudas por los vencedores. El poeta narrador se queja
de la indiferencia, se duele porque “ya no son tan importantes los demás”. Se
dirige a Belicia, nombre ficticio de una entrañable persona cuya identidad no viene a cuento:
Belicia, mi amiga,
tal vez debamos ya cambiar
estas palabras.
Atrás quedaron humaredas y zapatos
vacíos,
y
cabellos flotando tristemente...
ya no son tan importantes los demás...
El ingreso al orden reconstituido
implica el trauma de un segundo nacimiento o de una segunda muerte a través del
proceso de adaptación al clima de posguerra, posiblemente la renuncia a sus
ideales. He aquí el conflicto. El mundo que se le ofrece es el mundo de la
indiferencia, ajeno por completo al heroísmo, a la solidaridad, a la esperanza:
Porque hemos regresado, Belicia.
Ahora paseamos junto a los jardines
y discutimos de otras cosas,
y yo no admito tu dureza,
y tu descubres mi egoísmo
y en fin Belicia, amiga mía,
ya los demás no son tan importantes
y tú y yo debemos comprender
que estamos en el mundo nuevamente...
En ese ambiente, y para un artista de
tan fina sensibilidad, la alegría individual carece de sentido o tiene un
sentido egoísta. Quien aspira a la felicidad colectiva no se conforma con
menos. Insumiso, rebelde, se diría que al poeta le resulta imposible ser feliz
por sí solo, no puede ser alegre sin los otros. El origen de su mal, de su
tristeza, es histórico: su ego enfermo es proyección del malestar social. Lo
que es alegre individualmente, es triste de rebote, socialmente triste. Por
carambola, alegría y tristeza van juntos cuando sopla el viento frío. Polos de
una misma dialéctica:
Porque entonces, estás tú.
Y ya no puede haber ciudad
donde los hombres andan
con un presentimiento grave en la
mirada,
donde los diarios traigan
esos descorazonadores titulares
de las primera planas,
y un niño sienta
el mismo odio que nosotros
mientras nos lustra los zapatos.
Porque, entonces, estás tú;
tan dulcemente junto a mí,
que hasta puedo engañarme con tu risa
y llegar a creer
que este es un día alegre...
La misma lógica, dentro de las mismas
circunstancias, justifica el sentimiento de soledad que sufre el poeta en la
vida y en el poema que la traduce. El poeta de El viento frío siempre
está sólo, aun si se encuentra en compañía de los demás. La paradoja es
aparente. En condiciones de viento frío el poeta es un extranjero en su tierra,
un “inadaptado”, un soñador aferrado a un código ético-estético que no se
corresponde con los valores del momento. Vale decir, un exiliado en su
interior. Defiende ideas y principios por los que ha visto morir a muchos de
sus compañeros, y a pesar de que la vida le sonríe en términos de realizaciones
personales, el poeta no se siente realizado. Al parecer no se sentirá realizado
ni en la época de sus mejores éxitos literarios y económicos. Siempre da la
impresión de ser alguien que hace el esfuerzo por adaptarse al medio sin
traicionar lo mejor de sí. Repugna de los clichés y deja constancia, aborrece
los lugares comunes y las falsas nomenclaturas, y también deja constancia. No
es alguien que disfruta de los favores que le dispensa el medio. Más bien se
trata de una persona que se siente agobiada por las exigencias de “la
simulación en la lucha por la vida”. La inocente taza de café se le antoja una
trampa:
Puedo pensar que esa taza de café
delante de ti,
junto a tus manos,
es un oscuro pozo donde empiezas a
hundirte
desde las ocho menos cuarto,
víctima de toda una vida nómada,
desolada, tonta...
La soledad del exilio interior, que se
expresa en términos sociales, también concierne a sus relaciones íntimas con
las “mujeres” y “muchachas” que pueblan el pequeño universo de El viento
frío. La compañera de ocasión no falta, en efecto, casi nunca, a veces en
número plural. De hecho es omnipresente. Aun así, en la mejor compañía posible,
el poeta no reprime y no disimula un sentimiento de soledad, soledad en buena
compañía, como ya se dijo. Parecería que la compañera de ocasión, muchacha o
mujer, presencia inexorable en cuanto fantasma y símbolo, siempre está un paso
atrás de su sensibilidad y su inteligencia: no lo representa al poeta, no lo
llena. Hay un vacío entre ambos, una distancia.
Y el sentimiento de soledad reaflora, otra vez, en términos sociales:
Tu
quizás no lo adviertas,
pero
ahora hablas con palabras corrientes,
te preocupan las cosas que a todas las
mujeres
molestan alguna vez,
las cosas que nunca mencionaste en otro
tiempo...
Yo, junto a ti, pienso y sufro,
siento este momento que se va,
la mecedora de metal,
cartas que debo escribir,
todo lo sufro,
lo comprendo...
yo sé que el tiempo es todo esto
irremediable,
la infancia con su luz,
toda la mentira,
las equivocaciones,
tú,
tú, Belicia, también eres el tiempo...
Ahora la niña retoza entre tus piernas
y yo podré mirar las casas con jardines
pero mañana no será esto otra vez,
además, estarás tan disgustada...!
Si yo te dijera en voz alta
estas palabras que escribo
entonces
te sería fácil
comprenderlo
todo,
el
desencuentro,
lo
que dejamos de ser
como
quitarnos un anillo...
Pero,
en verdad, quizás no está del todo bien,
tal
vez yo quiera mostrarte
un
lado demasiado feo del mundo.
La
taza de café que recela una trampa representa el final de ese tránsito desde la
enfermedad del amor hacia el hastío, el desamor y el hastío. Nueva vez queda en
evidencia la imposibilidad de ser felices juntos, nuevamente es víctima de la
ficción de vivir, el vacío, la distancia, la incomprensión:
Porque
para todos hay un tiempo, nada más.
Después
nos descabeza el hastío.
Nos
arruinamos en gestos
y feroces intentos.
Nos vamos quedando en una amarga
soledad,
en una inexorable soledad
de café, de implacables ojeras de
ceniza...
A propósito de la taza y del café, hay
que anotar otro dato significativo. Entre los elementos gráficos que el autor
eligió para ilustrar sus textos, ninguno es más elocuente, importante y
recurrente que la taza de café. De un total de nueve fotografías, incluyendo
portada y contraportada, cuatro corresponden a la taza de café, dos a la calle,
una a la cafetería, otra a la misteriosa Lucy Ann Astwood –junto a una ventana-
y la última a la propia efigie del poeta. (El poeta pensante y fumante, el vaso
lleno de un líquido precioso, en un ambiente sugestivamente brumoso).
Las fotos comentan los textos,
naturalmente, y a su vez son comentadas por los textos. La importancia de unas
y otros, en cuanto a su valor representativo, se confirma plenamente al
analizar los motivos explícitos de la
poética de El viento frío, que es la poética de la obra completa
de René del Risco. Todo ello habla del orden y el método con que se planificó
el libro, un libro obsesivo, página por página, concebido, no cabe duda, por un
obseso. Nada hay aquí tan obsesivo, sin embargo, como la obsesión por la ciudad
y la muerte, la muerte en la ciudad y la ciudad en la muerte. Ciudad y muerte
son palabras que se alternan y se repiten de tal manera que aun en su ausencia están presentes. Hasta en
el epígrafe aparece la palabra muerte. La dedicatoria tiene ciudad y muerte
aparejadas, apareadas, matrimoniadas, indisolublemente juntas:
te llamas Vicky,
Luisa, Aura, Rosa
y no importa...
A ti,
porque en esta
ciudad mueres conmigo,
me acompañas,
y no haces más que repetirte,
en mis palabras!
En
un poema hermético como “Esta dulce mujer...” –tan hermético que casi parece un
muro de contención, impenetrable- sólo es posible recuperar para el
entendimiento una especie de aura simbólica, evocación de una atmósfera de muerte
y desolación en la ciudad sugerida, apenas insinuada. La ciudad, la ciudad
obsesiva de René del Risco, la ciudad que se desdobla en mil facetas, la ciudad
que él pinta y dice, una ciudad que todavía lleva el estigma de la invasión, la
ciudad que es el escenario natural de la derrota y la muerte, circo romano para
el disfrute de fieras amaestradas que observan sin ser observadas. Nadie ha
tenido un sentimiento tan arraigado y profundo de la ciudad como el
“provinciano” René. En la ciudad que él dice y redice no matan sólo las balas.
Matan las convenciones, el egoísmo, el conformismo, el consumismo moldeador de
conciencias tranquilas:
Si nos atrevemos a salir,
nos matarán los otros.
Nos obligarán a pisar un pedal,
a tragar rápidamente letreros, paredes,
alguna voz,
a huir toda la noche
como buscando a nadie.
Nos matarán los otros...!
Sobre este tema hay otras variaciones
que remiten a una misma inquietud. El peligro de muerte dentro de la ciudad
acecha permanentemente, pero no siempre se trata de un peligro de muerte
física. A menudo se trata de un peligro existencial, peligro de muerte en vida.
A la trampa de la taza de café se le agrega una nueva amenaza. La ciudad
escenario de la muerte se convierte en ciudad victimaria:
esta misma forma de morir
que tiene una muchacha
llamada Vicky, Luisa, Aura, Rosa,
ante una taza de café,
víctima de toda una ciudad,
de toda una vida nómada, terrible,
tonta...
Aparentemente no hay escapatoria.
Dentro de la ciudad, la muerte aprieta, teje su lazo, no hay alternativa, no
hay salida:
Esta ciudad
en
la que te fatigas y recuerdas
y huyes de ti con mucho miedo,
con el temor de entristecerte
demasiado.
Esta ciudad
no te olvidará ni un solo instante,
como todos, estás para esta muerte...!
La ciudad implacable, escenario de la
muerte, ciudad a veces victimaria, también es ciudad que hace escarnio de sus
habitantes, objetos de burla:
Porque ya sólo nos quedan ojos
para estrujarlos dolorosamente en las
vidrieras,
para ver la lluvia sordamente caer
entre arrugados papeles y zapatos,
para mirar este otoño
con extrañas mujeres
en cuyos rostros la ciudad
se burla de nosotros.
El momento poético más terrible tiene
lugar allí donde el amor se conjuga con la ciudad y la muerte:
Hasta que llegue este momento
en que nos damos cuenta
que toda la ciudad
la devoramos juntos
con palabras y whisky en esta sala...!
Tú, que hablas tan cerca de estas
cosas,
me convences como nadie
de que el amor entre nosotros,
es un serio trabajo de la muerte...
Todo ello es posible en la ciudad
perdida, dantesca antesala del infierno, ciudad generadora de discordia,
egoísmo, indiferencia. Es la ciudad que sustituyó a la ciudad generadora de
esperanzas, ciudadela de las ilusiones combatientes. La ciudad irrecuperable:
Aquella ciudad no la hallarás ahora
por más que en este día
dejes caer la frente contra el puño
y trates de sentir...
No, no era esta ciudad.
Te lo repito...
Por lo que puede apreciarse, hay pocas
notas alegres en la obra de René del Risco y Bermúdez, incluyendo sus cuentos,
sus magníficos sonetos y versos libres. Todo en esa obra conspira, por el
contrario, a favor de la sombra. Todo en ella habla, parece hablar de un poeta
densamente poblado por la muerte. René vivió agobiado quizás por un presentimiento
o vocación de muerte prematura. En más de un sentido, su arte poética es
anticipación y presagio de la muerte, de muchas formas posibles de la muerte,
entre ellas la muerte física y la muerte por inmersión social, la muerte por
asfixia que conduce al conformismo. En más de un texto, en serio y en broma, se
describe suicida. La descripción es acertada porque casi todo en él va de la
mano de la muerte, la muerte que percibe próxima, posible, la muerte convidada.
Ansiedad de muerte y ansiedad de vida
se corresponden con su personalidad ciertamente compleja. Es neurótico, por
supuesto, hipersensible, depresivo, tal vez más autodestructivo que suicida,
aunque nadie está más cerca del suicidio que un depresivo. Con frecuencia
recurre a somníferos, recurre a la bebida y lo justifica porque “hay necesidad
de ti, salobre vino hermano”. Por ser mal bebedor, hace mala bebida y hace
crisis. El hecho en que perdió la vida permanece ambiguo: un accidente
suicidio, uno de los pocos hechos ambiguos de su biografía. Pero su muerte era
anticipable.
Por otro lado, mucho ha contribuido la
maledicencia a difundir la tesis del suicidio, alimentando el mito de un René
asqueado de sí mismo en cuanto revolucionario enganchado a publicista.
Posiblemente René sufrió sus contradicciones como han testimoniado sus más
cercanos amigos, y sobre todo sus más cercanos enemigos. Dejó constancia de
ello en más de un poema memorable, y más específicamente en “Entonces, ¿para
qué”, el último del libro:
Para qué entonces, si sabemos
que esta hoja de parra del amor
mentiroso
se cae a cada instante y nos desnuda
y nos muestra tal como somos
hipócritas, cobardes, ingenuos a
propósito,
verdugos,
lamedores a sueldo del látigo y el
palo...
A pesar de todo, René no traicionó sus
ideales. Vendió “su fuerza de trabajo”, no su conciencia. Probó el buen vino y
el éxito económico, más no perdió la moral. Alejado de la política militante,
vio caer a sus compañeros y los incluyó en su registro poético, dejando
constancia de su adhesión a la lucha. Inútil es buscar motivos que no existen.
La muerte de René del Risco y Bermúdez –el más dotado narrador y poeta de su
generación- estaba escrita en su obra.
LOS DIFUSOS COLORES
DE LÁPICES AJENOS
Norberto Pedro
James Rawlings, de nacionalidad dominicana, portador de la Cédula Personal de
Identidad No. 39145, Serie 23, nació en el año de gracia de 1945 en el Ingenio
Consuelo, San Pedro de Macorís, “convirtiendo por segunda vez” en madre a su
madre.
De
cuna humilde –cual testimonia la condición de padres obreros, tíos y primos
mecánicos, electricistas, torneros, artesanos- el susodicho no recibió por
bienes de familia más que un caudal de buenos modales y un temperamento
sanguíneo, engañosamente apacible, y pertenece, por derecho de sangre, al más
auténtico linaje cocolo, De ahí su orgullo de clase, que también es orgullo de
origen, de raza, de actitud, de mérito.
Al
igual que todos los chicos del entorno azucarero, Norberto Pedro vio
transcurrir su infancia en un compás de espera monótono y parejo,
contrapunteado por el bullicio del tiempo de zafra y el “duro silencio de batey
en tiempo muerto”. En esas circunstancias se moldeó su carácter, el carácter de
un niño de la provincia aldeana, con más sombras que luces a pesar del sol
abrazador.
A
edad temprana, el reverendo Douglas (cura párroco de la iglesia anglicana) lo
inició en sus primeras vocaciones artísticas: el piano y la pintura, que fueron
durante un período fuentes de entretenimiento y modo de vida. Después ocurrió
lo inevitable en estos casos: el muchacho empezó a escribir literatura, se
trasladó a la Capital y consiguió trabajo para costearse los estudios de
bachillerato, desempeñando “oficios de tinieblas”: obrero, mecánico,
telefonista, etc. Una beca cubana lo rescató del trance y el hombre se hizo
Licenciado en Filología. Otra beca oportuna lo llevó a Estados Unidos, donde
obtuvo el doctorado en Lengua y Literatura Hispánica. En la actualidad reside
en Boston como todo un caballero bostoniano. Quizás por eso se aferra, más que
nunca, a sus vínculos afectivos con el terruño. En el fondo, y a contrapelo de
su barniz aristocrático, sigue siendo un hijo de la caña y el cantor de la
provincia.
Para
fines de cómputos, hay que consignar que sus títulos universitarios son
posteriores a la investidura de poeta, que obtuvo en 1969 con la publicación de
Sobre la marcha. La obra fue toda una
revelación, sin duda –revelación y herejía- y quedó constituida de inmediato
como uno de los hitos literarios de la década. Por primera vez, la épica de los
inmigrantes irrumpe triunfalmente en las letras dominicanas y ocupa desde
entonces un lugar propio, en espera de nuevos cultores.
El
resto de su obra no hace más que confirmar sus obsesiones, y también sus
limitaciones. De hecho, el poeta no ha superado su primer libro, aunque ha
escrito otros textos dignos de consideración. En La provincia sublevada (1972), especie de segunda parte de Sobre la marcha, evoca la frustración de
una infancia sin “libros/ ni
bicicletas”. Persigue la “poesía de los
días/.../ en difusos colores/ de lápices ajenos”. En Vivir (1982) describe el trauma de la readaptación al suelo patrio
después de la fructífera experiencia cubana. En Hago constar (1983) se recoge, se antologa y se despide del país,
sin aportar nada nuevo. Quizás nunca regrese, pero con lo que dejó es
suficiente.
De
este período, Norberto James es el único poeta de relieve que no procede del círculo
de la pequeña burguesía. Es un poeta proletario, el primero que descuella en el
contexto de la literatura posterior al descabezamiento de Trujillo. Así lo
presentó el lúcido Antonio Lockward de otra época, quien tuvo el privilegio de
escribir el prólogo de Sobre la marcha con
palabras que aún son dignas del recuerdo, dignas de antología:
“!¿Norberto
James?!...¿Cómo me dijo?..., ¿pero de quién es hijo ese tipo? ¡Yo nunca lo
había oído mentar!...¿De Miramar?...!Ay, Dios mío, un cocolo!
Norberto
James. No Troncoso ni Peynado. Salido del Ingenio Consuelo, hijo de Dolores Rawlings, a quien
dice:
‘“Qué difícil se me hace
permanecer en calma
estar alegre
sabiéndote flagelada
por la severidad del exilio
-tu
autoexilio.-’’’
Fruto del ingenio, en el
amplio sentido del término, su poesía es necesariamente agridulce, amarga y
doliente, y a la vez tierna. Representa
el momento más sereno de la poesía joven de esa época, el más apacible y
doloroso a la callada. Norberto James nunca levanta la voz, no grita, no
incurre en estridencias. Es un poeta metódico, con un estilo directo y
seco. Usa las palabras para construir
versos simétricos en los que cada frase es un directo complemento de la
anterior. En la construcción se traduce una voluntad de aprovechamiento
exhaustivo de las ocasiones temáticas: de aquí que la órbita creativa
corresponda siempre a un giro alrededor de un motivo fijo. Se diría que
Norberto pertenece a la clase de poetas que se agotan o quieren agotarse en un
tema. Las piezas de Sobre la marcha tienen algo de máquina de precisión,
de flema inglesa, de guerrero en reposo. La capacidad de acción del poeta está
por debajo de su posición de espectador. Norberto es, en efecto, más testigo
que actor.
Otra nota distintiva de su
poesía radica en la carencia de música y movimientos rumbosos. Salvo raras
excepciones, en su obra sólo se escucha música soul. Casi todos sus textos
se inician y se desarrollan con una
cadencia lenta, triste. Se trata, ciertamente, de una poesía que “no asiste a
las grandes bacanales del idioma”, como dijera Enriquillo Sánchez en una
memorable ocasión. Por ello su poesía es visual, casi nunca auditiva, como si
fuera escrita para sordos. Leyendo un poema de Norberto se tiene la impresión
de asistir a una fiesta muda. Sus paisajes preferenciales están instalados en
una geografía de quietud y silencio donde podría advertirse el vuelo del menor
insecto. Todo esto se corresponde, desde luego, con su propia biografía
intelectual: “qué puede dar/ un triste muchacho sin paz/ que no sea su heredada
calma/ su duro silencio de batey en tiempo muerto?”.
Una novela y una poesía se escriben y
se leen de la misma manera en que se escribe y se lee una vida. Y la vida, como
las novelas y la poesía, solo sirven para ser vividas. Para vivir la poesía de
Norberto hay que meterse adentro, ponérsela como un saco, porque se trata de
una poesía que no se da superficialmente. Es una poesía reticente, igual que el
autor, una poesía que tiene el don del distanciamiento y de una cierta
ingravidez: a veces flota, parece flotar sobre la base de conceptos finamente
elaborados. Es poesía de contenido, exenta de frivolidades, una poesía que sólo
toca las fibras más sensibles:
No es culpa nuestra
-Maggy-
que los niños ignoren
la casi inexplicable ternura
de la flor.
La poética de Moreno Jimenes
encarna un poco en Norberto James, a través de la influencia de su colega y
mentor Juan Sánchez Lamouth, de quien ya se dijo fue una especie de poeta
puente, el enlace entre el realismo social de los postumistas y el nuevo
realismo de los años sesenta. Esta influencia se manifiesta en el carácter
austero y calculador de la poesía de Norberto, en su notoria economía de
recursos, en su búsqueda de la expresión exacta, e incluso en la prudencia que
proviene de “el aprendido miedo a las palabras”. No hay audacias verbales en
esta poesía de Norberto, y ni siquiera riesgos calculados. Norberto, en su poesía,
hace votos de pobreza y humildad, al igual que Moreno Jimenes, igual que
Incháustegui Cabral y Sánchez Lamouth. Semejante poética de austeridad implica
el culto a la forma llana, desadorna, sin grandes modulaciones rítmicas, escasa
de efectos y rica de afectos, pero sin el “temblor metafísico” que Manuel del
Cabral advirtiera en la poesía de Moreno Jimenes. En lugar del temblor está la
ternura, que es otra forma de sacudimiento. Por su ternura y delicadeza,
algunas piezas de la obra de Norberto parecen haber sido escritas para piano:
Si me ves llegar
-sonriente-
con un libro bajo el brazo
beso tu niña
te pido me cuentes de tus
viajes
y sonrío mientras hablas
alegremente
de la primera vez que te
perdiste
en Riverside
no me creas.
-Aquí-
junto a estos cuadros
y la sonora presencia de Für
Elise
te recuerdo.
Te siento ligada a cada
objeto
y por momentos me veo
obligado a aceptar que
te he perdido
y que realmente
no eres la misma colegiala
del amor breve
que no supe buscar a tiempo.
Otras veces, en la brevedad
de textos como “Te sentí venir”, la ternura hace el milagro de los peces y el
poema se multiplica en luces y sombras, desborda su propio espacio físico y se
proyecta hacia vastos espacios interiores. La chispa que le da vida al poema se
origina en un drama tan menudo como universal: el drama del pobre que no tiene
nada que ofrecer salvo su propia riqueza espiritual. Esta es, quizás, la
composición más honda de Norberto, y una de las más hermosas de cuántas se
escribieron por esos años.
Te sentí venir
con tu lento acopio de luz
cargada de alegrías
quise compartirlas
ignorando quizás tu brevedad
en mi tiempo.
No puede darte más que amor
y la limpia timidez que de
niño me acompaña.
Más ¿qué puede dar
un triste muchacho sin paz
que no sea su heredada calma
su duro silencio de batey en
tiempo muerto?
Parco y ligero, con el don
de una cierta ingravidez y una cadencia suave –de las cuales ya se dijo-
Norberto James sólo parece capaz de sentir la alegría de la palabra diáfana,
transparente, oculta en la “llaneza del lenguaje”, una llaneza alada. En esa
misma nota llana y alada rindió tributo de admiración y aprecio a su amigo y
mentor Juancho Lamouth:
Uno a uno
han silenciado los perros.
Una a una se te han apagado
las lámparas amargas
lámparas
que rodearon tu borrascosa
existencia.
¿Acaso no levantan vuelo las
humildes palabras de este otro testimonio tan gravemente sentido?:
Ya no te alcanzan las sales
del viento.
Ya no te alcanzan los
continuos dolores
que aquí permanecen.
Todos los elementos de esa poética
confluyen en una de sus creaciones más celebradas: “Los inmigrantes”. Este ha
sido considerado el texto clave de la obra de Norberto James, y quizás lo sea,
a pesar de ciertas aristas terribles. Lo cierto es que en “Los inmigrantes” el
poeta se da y se juega por entero, desatando los fuegos agridulces de la
provincia al evocar la memoria de su estirpe. Aquí está su verdadera biografía,
la de su familia, su progenie, su raza. El poema, no por casualidad, se abre
paso desandando el vía crucis de “minorías preteridas”, apenas dueñas de su
orgullo y su identidad:
Aún no se ha escrito
la historia de su congoja.
Su viejo dolor unido al
nuestro.
En la remembranza de sus
orígenes, Norberto se emplea a fondo contra la enfermedad de la ignorancia y el
olvido, recreando la historia de los inmigrantes cocolos:
No tuvieron tiempo
-de niños-
para asir entre sus dedos
los múltiples colores de las
mariposas.
Atar en la mirada los
paisajes del archipiélago.
Conocer el canto húmedo de
los ríos.
La historia de los cocolos
pasa, desde luego, por la famosa danza de los millones, que fue el producto de
las alzas del azúcar durante la primera guerra mundial. Está dejó profundas
huellas de realizaciones materiales en el pueblo de San Pedro de Macorís, y
quedó en la memoria colectiva como una época feliz. El poeta contempla en
retrospectiva la danza de los millones y la describe, en principio, con tintes
luminosos, que parecen augures de venturanza. Los tintes se van tornando
oscuros, sin embargo, cerrándose paulatinamente a la vida y la esperanza:
Hubo un tiempo
-no lo conocí-
en que la caña
los millones
y la provincia de nombre
indígena
de salobre y húmedo apellido
tenían música propia
y desde los más remotos
lugares
llegaban los Danzantes.
Por la caña.
Por la mar.
Por el raíl ondulante y frío
muchos quedaron atrapados.
Tras la alegre fuga de otros
quedó el simple sonido del
apellido adulterado
difícil de pronunciar.
La prosperidad no llegó a
los cocolos, por supuesto, ni al barrio de Miramar, donde vivió el poeta. Fue
una ilusión de masas. A eso alude James Rawlings. La realidad del surrealista
barrio de Miramar la deja, en cambio, plasmada en una imagen realísima, felicísima:
El polvoriento barrio
cayéndose sin ruido.
Antonio Locward Artiles fue el primero
en advertir la “resonancia” épica, o más bien épico lírica, de “Los
inmigrantes”. La resonancia del poema se me antoja, no sé por qué, al efecto
que produce un solo de batería, un redoblante tal vez, que acompaña la mención
de los protagonistas de la historia. El mecanismo de reiteración puede lucir a
ratos mecánico o monocorde, una especie de “Bolero” de Ravel, pero en eso
consistió básicamente la “novedad” del registro poético que dio nombradía a
Norberto James. Escuchemos:
Óyeme viejo Williy cochero
fiel enamorado de la
masonería.
Óyeme tú George Jones
ciclista
infatigable.
John
Thomas predicador.
Winston
Brodie maestro.
Prudy
Ferdinand trompetista.
Cyril
Chalanger ferrocarrilero.
Aubrey James químico.
Violeta
Stephen soprano
Chico
Conton pelotero.
En el poema, en fin, se hace
justicia a una ola de inmigrantes que, partiendo desde abajo, se ha dado a
conocer -con su dedicación, su humildad, su seriedad, su laboriosidad- por sus
aportes a la cultura, a la ciencia y al deporte en todas las áreas. Por eso
Norberto reivindica para ellos y para él un espacio propio, no al margen, sino
dentro de la sociedad que han contribuido a enriquecer. El suave Norberto
construye, a la par, en su poesía, una conciencia y una patria espiritual. No
es la poesía de uno que se margina, es la poesía de un marginado que se integra
de pleno derecho “en esta patria mía y vuestra”.
El texto remite de muchas
maneras al proceso de mestizaje de la nación dominicana, al verdadero melting
pot americano, ese crisol de razas que caracteriza al pueblo de Santo
Domingo. Norberto Pedro James Rawlings no plantea, no propone, pues, una
distancia, sino un acercamiento respecto a una cultura que lo negaba y lo niega
desde la cúspide, aunque lo reconocía y lo reconoce desde la base. Porque sabe
que aquí, entre nosotros, hay un espacio para todos, implícitamente reconoce y
hace reconocer que nosotros somos ustedes y somos un poco todos, y al realizar
su pequeña y gran proeza literaria abre, quizás, sin darse cuenta una ventana
que permite respirar un aire nuevo, modifica una sensibilidad. Provoca y
produce un cambio en la sensibilidad y en la percepción social de los
meritorios inmigrantes cocolos. El resto es historia patria. Aún así, la última
palabra no está dicha. Norberto Pedro James Rawlings escribe todavía desde
Boston, y escribe bien, aferrado al terruño.
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