jueves, 22 de noviembre de 2018

EL DILUVIO EN MESOPOTAMIA (1-2)

Pedro Conde Sturla
2 de mayo/ 9 de mayo 2016

El diluvio en Mesopotamia

Durante un día sopló la tormenta, del sur, / cada vez más rauda, sumergiendo a las montañas, / alcanzando a todos como una batalla. / Nadie podía ver a su compañero, / ni desde el cielo ser reconocida la gente. / Los dioses estaban asustados por el diluvio /

El primer diluvio ocurrió en Mesopotamia (en el “Poema de Gilgamesh”), ocurrió en la India (en las “Escrituras védicas”), ocurrió en la Biblia (el más famoso y grande de todos), ocurrió en la mitología griega (en el mito de Deucalión y Pirra), y ocurrió también en el Nuevo Mundo, en las mitologías americanas de los chibchas o muiscas, de los mapuches, mayas, mexicas, incas, guaraníes y tainos…Incluso una tradición del pueblo de Isla de Pascua, situada en medio del Pacifico, “dice que sus ancestros llegaron al lugar escapando de la inundación de un mítico continente o isla llamada Hiva”.
El diluvio mesopotámico es un capítulo de “El poema de Gilgamesh”, posiblemente el texto literario más antiguo que se conoce, y la leyenda en que se basa es aún más antigua. “Ahí comenzó todo”, dijo Borges. El hecho es que Gilgamesh, al cabo de muchas aventuras y desventuras, conoce a Utnapishstim, el único hombre que había sobrevivido al diluvio, y de su boca escucha el relato del espantoso acontecimiento y las causas que le dieron origen. Los dioses no desatan el diluvio a causa de la maldad, el mal comportamiento de los humanos, sino principalmente, por la insoportable algarabía:
“El país era tan ruidoso como un toro que bramaba. / Los dioses vivían agitados y sin paz, con los disturbios ensordecedores…”
Mandaron primero una plaga y después una sequía terrible  para provocar una hambruna y reducir la creciente población, pero la población siguió creciendo y haciendo ruido y así también la ira de los dioses. Entonces decidieron desatar las aguas sobre el mundo para que todos perecieran ahogados. (Algunos de ellos se horrorizarán y arrepentirán de haber tomado esa decisión. Los dioses, en Mesopotamia, podían ser compasivos).

Diluvio en Mesopotamia

Utnapishtim vivía en la ciudad de Shurrupak, donde servía al dios Ea y éste le avisó en el sueño del cataclismo que se acercaba y le dijo que construyera una nave y que metiera en ella una pareja de cada especie. Durante siete noches hubo una gran tempestad y el mundo se cubrió de agua. La nave tocó tierra en la cima del monte Nisir. Para verificar la extensión del diluvio, Utnapishtim soltó una paloma, luego una golondrina y luego un cuervo. Este último no regresó. Utnapishtim supuso entonces que había encontrado dónde posarse y que las aguas estaban bajando. En agradecimiento, encendió una hoguera e hizo sacrificios a los dioses. Enlil, el dios que había provocado el diluvio, se encolerizó al oler el humo, pero el dulce Ea intercedió por Utnapishtim y Enlil lo convirtió a él y su esposa en inmortales. Ambos son los antecesores de la humanidad…

Tablilla XI.
(Texto asirio)

“Voy a revelarte, Gilgamesh, algo que se ha mantenido oculto, / un secreto de los dioses voy a contarte: / Shuruppak, una ciudad que tú conoces / y que se extiende a orillas del Éufrates, / era una ciudad antigua, como sus dioses, / cuando éstos decidieron desatar el diluvio. / Estaba allí Anu, el padre de los dioses, / el valiente Enlil, su consejero, / Ninurta, su heraldo, / Ennuge, cuidador de los regadíos. / y también estaba presente Ninigiku-Ea, / que dice a la choza de caña: / ‘¡Choza! ¡Choza! ¡Tabique! ¡Tabique! / ¡Choza, escucha! ¡Tabique, presta atención! / ¡Hombre de Shuruppak, hijo de Ubartutu, / derriba esta casa y construye una nave, / abandona las riquezas y busca la vida, / desprecia toda propiedad y mantén viva el alma! / Reúne en la nave la semilla de toda cosa viviente. / Que las dimensiones de la nave que has de construir / queden bien establecidas: / su longitud ha de ser igual que su anchura; / como a Apsu, dale un techo.’ / Comprendí y dije a Ea, mi señor: / ‘Será una honra para mí, ¡oh señor!, / ejecutar lo que has ordenado, / ¿pero qué diré a la ciudad, al pueblo, a los ancianos?’ / Ea abrió la boca y me contestó, / a mí, su humilde servidor: / ‘Les dirás lo siguiente: / He sabido que Enlil es mi enemigo, / y así no puedo vivir en nuestra ciudad / ni pisar el territorio de Enlil. / Por lo tanto, acudiré a las aguas profundas / para vivir con mi señor Ea. / Pero él os dará la abundancia: / los más escogidos pájaros, los más raros peces, / la tierra con sus ricas cosechas. / Quien, al crepúsculo, gobierna los cereales, / os mandará aludes de trigo.’ / Los pequeños se encargaron de acarrear betún, / mientras los mayores trajeron todo lo que era necesario. / Al quinto día, levantó el armazón, / cuyo fondo era de un acre. / Diez docenas de codos de altura tenía cada uno de sus lados, / diez docenas de codos cada lado de la cuadrada cubierta. / Di forma a sus dos costados y los uní. / De seis cubiertas doté a la nave, / que quedó dividida en siete partes. / Dividí su planta en nueve partes. /
Examiné las pértigas y me procuré abastecimientos. / Seis cargas de betún vertí en el horno, / y vertí en él también tres cargas de asfalto, / tres cargas de aceite trajeron en cestos los acarreadores, / además de la carga que consumieron los calafateadores / y de las dos que estibó el batelero. / Sacrifiqué bueyes para la gente / y degollé corderos cada día. / Mosto, vino rojo, y aceite y vino blanco / di a los trabajadores, así como agua del río, / para que celebraran el día del Año Nuevo. / Al séptimo quedó terminada la nave. / La botadura fue muy difícil, / porque se tuvieron que sacar las planchas de abajo y de arriba, / hasta que los dos tercios de la nave entraron en el agua. / Todo cuanto yo tenía fue subido a bordo. / Todo cuanto yo tenía de plata fue subido a bordo. / Todo cuanto yo tenía de oro fue subido a bordo. / Todo cuanto yo tenía de criaturas vivas fue subido a bordo. / Toda mi familia y parientes fueron subidos a bordo. / Los animales del campo, las bestias salvajes del campo / y todos los artesanos, dispuse que subieran a bordo. / Shamash había fijado la hora para mí: / ‘Cuando el que gobierna el tiempo nocturno / desate un gran aguacero, / sube a bordo y cierra la escotilla.’ / Observé el estado del tiempo / y vi que amenazaba tormenta. / Subí a la nave, y cerré la principal escotilla / y Puzur-Amurri, el batelero, / cerró las otras y tomó el mando. / Cuando apuntó el alba, / una negra nube cubría el horizonte. / Dentro de ella Adad tronaba, / mientras Shallat y Hanish iban delante, / corriendo como heraldos por lomas y llanos. / Erraga arrancaba las estacas de los diques / y Ninurta precipitaba las aguas. / Los anunnaki levantaban las antorchas / e incendiaban la tierra con sus llamas. / A causa de Adad, la consternación llegaba al cielo, / porque todo lo que había sido luz era negrura. / La vasta tierra era sacudida como una olla. /
Durante un día sopló la tormenta, del sur, / cada vez más rauda, sumergiendo a las montañas, / alcanzando a todos como una batalla. / Nadie podía ver a su compañero, / ni desde el cielo ser reconocida la gente. / Los dioses estaban asustados por el diluvio / y, temblando, regresaron al cielo de Anu. / Los dioses, como perros acobardados, / se habían agachado junto a la muralla. / Ishtar gritaba como una mujer en trance de parto; / la amante de los dioses, de dulce voz, ahora gritaba: / ‘¡Ay! Los antiguos días se han convertido en barro, / porque hablé malignamente en la asamblea de los dioses. / ¡Cómo pude hablar malignamente en la asamblea de los dioses, / aconsejando la lucha para la destrucción de mi gente, / cuando yo misma parí a mi pueblo, / que es semejante a los pececillos del mar!’ / Los anunnaki lloraban por ella, / los dioses, llenos de humildad, sollozaban sentados, / apretando los labios …

El diluvio en Mesopotamia (2 de 2)

En una de las dos versiones del diluvio bíblico hay algo ligeramente parecido, cierta muestra de arrepentimiento por parte del sumo hacedor, pero nada tan democrático como las encendidas discusiones entre dioses

En el tembloroso poema del diluvio, que en los albores de la civilización se escribió en Mesopotamia en tabletas de barro, Utnapishtim o Ut-Napishtim describe con tintas fuertes la magnitud del violento episodio, un episodio tan violento y devastador que, como se vio en la pasada entrega, arrancó gritos de conmiseración y dolor a los propios dioses. Las aguas finalmente lo cubren todo y la desolación es infinita, pero poco a poco deja de llover y empiezan los picos de las altas montañas a emerger, parece que se anuncia el principio del fin, o por lo menos el fin del principio:
Durante seis días y seis noches / sopló el viento del diluvio, /
la tormenta del sur barrió la tierra. / Al séptimo día, / la tempestad comenzó a ceder, / como un ejército en la batalla. / El mar se calmó, la tormenta amainó, / la inundación cesó. / Observé el tiempo: reinaba la calma / y la humanidad se había cambiado en barro. / El paisaje aparecía liso como un techo. / Abrí una escotilla, y la luz cayó sobre mi rostro. / Me incliné, reverente, senteme y lloré. / Las lágrimas resbalaban por mis mejillas. / Busqué con la mirada la línea de la costa / en la expansión de las aguas. / En cada una de las catorce regiones / emergía una montaña.
         A la vista de esas montañas, emerge la esperanza en el pecho de Utnapishtim, baja la intensidad del drama, el paisaje poético se suaviza, se produce una calma, un alivio. Mediante el recurso de la reiteración, que se emplea más de una vez en el poema, da la impresión de que Utnapishtim quiere confirmar que sus sentidos no lo engañan:
La nave se detuvo en el monte Nisir. / El monte Nisir retuvo firmemente a la nave, / sin dejar que se moviera. / Un día, dos días el monte Nisir retuvo firmemente a la nave, / sin dejar que se moviera. / Tres días, cuatro días el monte Nisir retuvo firmemente a la nave, / sin dejar que se moviera. / Cinco días, seis días el monte Nisir retuvo firmemente a la nave, / sin dejar que se moviera.
Utnapishtim suelta pájaros a partir del sexto día para cerciorarse de que el nivel de las agua seguía bajando y la tierra volvía a ser habitable. La paloma y la golondrina regresaron. Cuando un cuervo no regresó dejó en libertad a todos los animales que había en la enorme embarcación y ofreció, en acción de gracias, un sacrificio en el que no se menciona la sangre (“siete hogueras para incienso”, “caña, cedro y mirto”). Aun así los dioses -dice Utnapishtim con cierta irreverencia-, al percibir “el aroma” (…) “acudieron como una nube de moscas”. La “gran diosa Ishtar” da muestras de mayor irreverencia o por lo menos de falta de respeto cuando propone que el poderoso Enlil (“dios del cielo, del viento, las tempestades y la respiración”) no tome parte en el sacrificio por haber abierto las compuertas del cielo para exterminar a los ruidosos habitantes de la tierra:
Cuando llegó el sexto día, / solté una paloma. / La paloma emprendió el vuelo, pero regresó: / no había encontrado donde posarse. / Entonces solté una golondrina. / La golondrina emprendió el vuelo, pero regresó: / no había encontrado lugar donde posarse. / Entonces solté un cuervo. / El cuervo emprendió el vuelo, vio la mengua de las aguas, / corrió, resbaló, croó y no regresó. / Entonces hice que todo saliera, hacia los cuatro vientos, / ofrecí un sacrificio, en la cumbre de la montaña, / preparé siete hogueras para incienso. / En su base amontoné caña, cedro y mirto. / Los dioses percibieron el aroma / y acudieron como una nube de moscas, / rodearon al sacrificador. / Cuando la gran diosa Ishtar llegó, / hizo tintinear sus ricas joyas, obra de Anu, y dijo: / ‘¡Oh dioses que estáis reunidos aquí!: / tan cierto como que nunca me olvido de este collar de lapislázuli, / jamás me olvidaré de estos últimos días! / Que los dioses tomen parte en el sacrificio, / pero que Enlil se mantenga aparte, / porque, irreflexivamente, desencadenó el diluvio / y lanzó a mi pueblo a la destrucción’.
Enlil se pone furioso cuando llega y descubre que alguien había sobrevivido a sus designios y que además estaba celebrando en compañía de otros dioses. Un dios chivato denuncia a Ea, el protector de Utnapishtim, lo señala como culpable por haber desobedecido órdenes superiores, pero Ea no se arredra, no se amilana ni almidona y, al igual que la criada respondona, se convierte de acusado en acusador y le hace ver a Enlil lo caro que le ha salido al mundo su rabieta, el fatídico diluvio. Y otra vez, el recurso poético de la reiteración vuelve a demostrar su eficacia: A Enlil se le bajan los humos, se aplaca, bendice a Utnapishtim y colorín colorado. El diluvio mesopótámico tiene un final feliz, al menos para Utnapishtim:
Cuando Enlil llegó / y vio la nave / enfurecióse contra los dioses del cielo. / ‘¿Ha escapado algún alma humana? / ¡Ningún hombre ha sobrevivido a la destrucción!’ / Ninurta abrió la boca y dijo / ‘¿Quién, excepto Ea, puede formar planes? / Sólo Ea lo sabe todo’. / Ea abrió la boca y dijo al valiente Enlil: / ‘¡Oh tú, héroe, tú, el más sabio de los dioses! / ¿cómo pudiste, sin razón, desatar el diluvio? / ¡Al pecador castígalo por su pecado / y al transgresor por su transgresión! / Sin embargo, sé indulgente, / para que él no sea aniquilado; / sé paciente, para que no sea desalojado. / En vez de desatar el diluvio, / mejor hubiera sido que un león mermara a la humanidad. / En vez de desatar el diluvio, / mejor hubiera sido que un lobo mermara a la humanidad. / En vez de desatar el diluvio, / mejor hubiera sido que el hambre mermara a la humanidad. / En vez de desatar el diluvio, / mejor hubiera sido que la pestilencia mermara a la humanidad. / No fui yo quien descubrió el secreto de los grandes dioses. / Dejé que el sabio Ut-Napishtim tuviera un sueño / y penetrara el secreto de los dioses. / Ahora reflexiona sobre lo que debes hacer con él’. / Oído esto, Enlil subió a la nave, / donde me tomó de la mano; / luego tomó de la mano a mi esposa / e hizo que se arrodillara a mi lado. / Colocándose entre ambos, tocó nuestras frentes y nos bendijo: / ‘Hasta ahora, Ut-Napishtim, sólo has sido humano; / pero desde este momento, tú y tu esposa, seréis como dioses. / ¡Irás a vivir lejos, en la desembocadura de los ríos!’ / Tras lo cual, me llevó a vivir lejos, / en la desembocadura de los ríos.
En una de las dos versiones del diluvio bíblico hay algo ligeramente parecido, cierta muestra de arrepentimiento por parte del sumo hacedor, pero nada tan democrático como las encendidas discusiones entre dioses, el  coro de lamentaciones, las muestras de empatía y compasión y, sobre todo, las acusaciones que unos a otros se lanzan. En muchas religiones politeístas los dioses sienten y disienten. El monoteísmo es autoritario.

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