martes, 4 de septiembre de 2018

IVÁN TURGUENIEV: RELATOS DE UN CAZADOR

Pedro Conde Sturla 
7 de noviembre de 2016  / 28 de noviembre de 2016

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Iván Turguéniev fue de alguna manera precursor y amigo de Tolstoi y Dostoievski, pero a la larga terminaron distanciándose. Tolstoi (el pacifista que inspiró a Gandhi), lo retó en una ocasión a un duelo y Dostoievski hizo de él una caricatura en dos de sus novelas, “Los hermanos Karamazov” y “Los demonios”. Sin embargo, las últimas o penúltimas palabras de Turguéniev en lecho de muerte fueron para Tolstoi, y con Dostoievski al parecer se reconcilió.
Turgenev por Repin,1879
Turgenev por Repin,1879
La historia de la relación entre “las tres cumbres de la Edad de Oro de la literatura rusa” es apasionante por varias razones, incluyendo su repercusión en la historia. Había entre ellos motivos de envidia y también admiración, que es otra forma de envidia. De acuerdo con opiniones, a las que no doy mucho crédito, se miraban hipotéticamente de refilón para guardar las distancias y establecer quien era el mejor. Algo común y corriente entre “la raza irritable de los poetas”, los escritores, cantantes, artistas y seres humanos en general. 
En cuanto a la enemistad entre Turguéniev y Tolstoi, Piero della Biondetta afirma lo siguiente: 
“No recuerdo el motivo (el desencadenante se menciona en la biografía de Tolstói por Troyat, seguramente alguna rencilla partidista de occidentalistas y eslavófilos), pero éstos dos no llegaron a un duelo a fusil por muy poco.  De haberse celebrado con derramamiento de sangre, dice Ronald Hingley, no hubiéramos conocido obras como ‘Anna Karénina’ y ‘Resurrección’ o ‘Padres e Hijos’ y ‘Primer Amor’”. 
Turguéniev quiso deshacer “el agravio (si es que lo hubo) casi póstumamente”,  dirigiendo una “carta desde el extranjero al patriarca de Yasnaia Poliana apostrofándole de ‘gran escritor de la tierra rusa’ y pidiéndole que no abandonase la literatura por los sermones. Al gran santón no le gustó nada la admonición”.
En cuanto a Turguéniev y  Dostoievski -dice Piero della Biondetta-, la enemistad o rencilla tiene en parte origen pecuniario-literario:
“Dostoievski siempre envidió de Turgueniev y Tolstói no su nobleza en sí, sino las óptimas condiciones de vida que ésta les ofrecía para desempeñar con éxito su labor literaria. Él, en cambio, siempre estuvo siempre escribiendo a matacaballo y huyendo por media Europa para enjugar sus deudas de juego, que, por cierto, alguna vez pagó con dinero prestado por Turguéniev. Y su devolución consistió en la cruel sátira que hizo del autor de los ‘Relatos de un Cazador’ en el personaje Karamazinov de ‘Los Demonios’, un gigantón rubio de voz chillona que es blanco de las chanzas del díscolo ‘príncipe Harry’ Stavroguin. El generoso Turguéniev se lo perdonó todo y le cedió el puesto de honor en los fastos del encumbramiento de Pushkin con motivo de la erección de su célebre estatua, y así acabaron sellando viejas rencillas con un cálido abrazo. Pero aquí hay vitriolo para todos: a su vez, el crítico Strájov, amigo en vida de Dostoievski, achacó a éste, ya difunto, apenas un año después de esta reconciliación, todas las taras morales de los enfermizos personajes de sus obras”.
Por otra parte, Tolstói y Dostoievski “No se llegaron a conocer personalmente en vida (cuando invitaron a Tolstói al citado homenaje a Pushkin, declinó la oferta al saber que acudiría Dostoievski, y así se perdió la oportunidad del encuentro). Aunque sí coincidieron en alguna ocasión sus sufridas esposas, que hicieron buenas migas y se asesoraron mutuamente sobre aspectos pecuniarios relativos a las obras de sus despreocupados (en temas editoriales) maridos. 
“Ambos fueron militares (más bien coyunturales) y alguien apuntó lo bien que le quedaba el uniforme al conde y lo mal que le sentaba al exconvicto de Siberia (que fue renganchado a la fuerza como soldado raso para conmutar parte de su pena, pues ya antes de la condena había llegado a ser suboficial de ingenieros).
“A resultas de sus experiencias, Dostoievski siempre trató a baquetazos a los militares en sus obras (suelen ser borrachazos y procaces) mientras que Tolstói, pese a ser consciente de la inutilidad del estamento, supo dotarlo de un cierto halo de romanticismo incluso en su etapa más antibelicista (un hijo o yerno suyo que combatió en la guerra ruso-japonesa cuenta lo orgulloso que se sintió al verlo de uniforme, pese a su negación a ultranza de todo tipo de violencia).
“Su estilo no puede ser más distinto y hay quien dice que no se puede estar con ambos a la vez (y no estar loco), que hay que ser de uno o de otro. Pero al morir en la estación de Astápovo, Tolstói llevaba en su mochila de prófugo un ejemplar de ‘Los Hermanos Karamazov’”.

(2)

Ha trascendido a la historia una anécdota memorable en relación a Pushkin y Gógol, que eran grandes amigos y solían reunirse a conversar. Gógol, diez años más joven que Pushkin, leía página tras página de una obra inédita que se titularía “Las almas muertas” y para su sorpresa empezó a notar que, a diferencia de otras ocasiones, su interlocutor parecía reaccionar de una manera extraña en la medida en que progresaba el relato. Pushkin no parecía disfrutar, estaba visiblemente interesado en el tema pero de una forma inusual, parecía aturdido… (me parece verlo, ahora se pone pálido o verdoso, macilento, borroso)…
“Pushkin -cuenta Gogol-, tan aficionado a reír, a medida que yo leía se iba poniendo cada vez más sombrío, y al acabarse la lectura exclamó con desesperación: ¡Dios mío, qué triste es nuestra Rusia! En aquel momento me di cuenta de la importancia que podía tener todo cuanto saliera directamente del alma, y, en general, todo cuanto poseyera una verdad interior”.
La obra de Gógol describía la miserable condición de los siervos en el gigantesco país de los zares y provocó una sacudida terrible en la sociedad rusa de la época y una reacción hostil desde las alturas del poder. A la larga tuvo una influencia benéfica en la abolición de la servidumbre por parte de Alejandro II y sus sucesores, pero mientras tanto se convirtió en una especie de referencia inoportuna. Gógol cayó un poco de la gracia del zar y de los nobles, su modesta pero privilegiada condición de clase se vio un poco comprometida, o por lo menos resentida, y su propia conciencia le dio no pocos problemas. Sobreviviría a estas vicisitudes, pero no sobreviviría a si mismo:
Siervas
Siervas
“Hiponcondríaco, perturbado, decidió que vivir no valía la pena, y se dejó morir”.
En el año de su muerte (1852),  “Iván Turguéniev escribió un notable obituario para su ídolo Gógol en la Gazeta de San Petersburgo:
“…¡Gógol ha muerto!…¿qué corazón ruso no se conmociona por estas tres palabras?…Se ha ido, el hombre que ahora tiene el derecho, el amargo derecho que nos da la muerte, de ser llamado grande….”
“El censor de San Petersburgo no aprobó esta idolatría, pero Turguénev lo convenció para publicarla. Tal oscura estrategia le valió al joven escritor un mes de prisión, y el exilio a su región de origen por cerca de dos años”.
1852 es la fecha de otro acontecimiento importante en la vida de Turguéniev y en la literatura rusa. Es el año de la publicación de una obra trascendental, su primer éxito literario, una colección de historias conocida como “Relatos de un cazador”, “Diario de un cazador”, “Esbozos del álbum de un cazador”, “Memorias de un cazador”, “apuntes de un cazador”, etc.
Era una época de represión y grandes persecuciones políticas, si acaso no la han sido todas en Rusia, y Turgueniév, como Gógol, había puesto un dedo en la misma llaga social. La condición humana, la pobreza  y opresión de gente a la que no se reconocía condiciones de humanidad, otro atentado contra la institución de la servidumbre.
“La obra de Turguénev representa un nuevo período en el desarrollo del realismo crítico ruso. En la década de 1840 fue el más destacado representante de la corriente ideológica literaria que se inspira en las esperanzas de ilustración de la nobleza. Partícipe de la creación de la literatura de vanguardia y tratando de retratar objetivamente en su obra la vida de los campesinos, ofreció a sus contemporáneos y dejó a la posteridad un extraordinario ciclo de relatos, Memorias de un cazador, que tanto por su tendencia, opuesta al tiránico régimen de servidumbre que imperaba en Rusia, como por su valor literario, marcó una época. La publicación de Memorias de un cazador causó una profundísima impresión en los lectores rusos. Los reaccionarios la consideraron una obra incendiaria y el autor fue sometido por parte de las autoridades a una estrecha vigilancia. La aldea rusa, sus campesinos, nunca habían sido descritos con tal profundidad psicológica y tanta simpatía. Su sagacidad práctica, su clara inteligencia, su sensatez, su honradez y magnanimidad se contraponen a menudo con la figura del terrateniente cruel, carente de moral e intelectualmente limitado”.
Pushkin y Gógol, el mismo Turguéniev, sin sospecharlo siquiera, habían puesto la base de la literatura rusa moderna.
“Los autores rusos –escribe Silvia Iparraguire- irrumpen en el siglo XIX con fuerza y singularidad distintivas dentro de la literatura europea. Con raíces folclóricas en Asia y mirada a la Ilustración francesa, Rusia produjo toda su literatura moderna bajo la feroz censura zarista y brindó una narrativa y una  poesía marcadas por una intensa comprensión de lo humano. Dividida entre el omnipotente poder del Zar, aislado en su temor a la revuelta, y el pueblo campesino, sujeto a la servidumbre, la sociedad rusa del siglo XIX tuvo un solo vocero, sus escritores, y una sola representación: la que ellos le dieron en sus textos. Los narradores rusos han sido decisivos para la cultura Occidental y no hay escritor del siglo XX que no se haya reconocido como su deudor”.

(3)

Las obras de Pushkin y Gógol, Lérmontov, el mismo Turguéniev, Tolstoi y Dostoievski son de una raigambre telúrica tan profunda (un apego tan visceral a la tierra, a los seres que la habitan, al paisaje patrio) como muy pocas en el mundo han sido. Muchos lectores no soportan el ambiente, que es a veces sórdido, sombrío, cuando no tétrico, la visión pesimista de la vida, el desgarramiento existencial de muchos personajes, la falta de una luz, aunque sea ilusoria, al final del túnel.
Lo que se dice de Lérmontov se puede decir de casi todos:
“Hay en la obra de Lérmontov una intensidad, un desencanto de lo humano, una visión desamparada de lo heroico y romántico cuya complejidad ha crecido con el paso del tiempo”.
Leon Tolstoi
Leon Tolstoi
Los nombres -en la literatura rusa en general- representan por otro lado un problema, tal y como explica un personaje de la novela “El túnel”, de Ernesto Sabato:
“-Fíjate que nunca he podido acabar una novela rusa. Son tan trabajosas… Aparecen millares de tipos y al final resulta que no son más que cuatro o cinco. Pero claro, cuando te empiezas a orientar con un señor que se llama Alexandre, luego resulta que se llama Sacha y luego Sachka y luego Sachenka, y de pronto algo grandioso como Alexandre Alexandrovitch Bunine y más tarde es simplemente Alexandre Alexandrovitch. Apenas te has orientado, ya te despistan nuevamente. Es cosa de no acabar: cada personaje parece una familia”. 
Abrumador, ciertamente, puede ser a veces el número y la complejidad de los nombres en la literatura rusa. En “La guerra y la paz”, por ejemplo, Tolstoi moviliza un ejército de quinientos veintitantos personajes con nombres, apellidos, diminutivos y apodos.
Detrás de la mampara de complejidades, sombras, desencanto, pesimismo, a veces de nihilismo, las obras de los mencionados autores y tantos otros traducen sin embargo casi siempre una ardiente simpatía por la humanidad doliente y a falta de luces de esperanza hay grandes puntos luminosos. No todas son escenas y “personajes del dominio de Goya”, como diría Roque Dalton. Hay puntos luminosos, por ejemplo, en la encantadora ingeniería macabra, en el estilo chispeante, caricaturesco, preñado de humor negro de Gogol y Turguéniev, en la  densidad humana de sus novelas y relatos.
“Los paisajes de la estepa y las vidas miserables de los siervos de la gleba -dice Santos Domínguez en relación a “Relatos de un cazador- son los ejes temáticos de estos textos que representan el momento en que se pasa del ensueño y la idealización romántica a la observación y la denuncia que practicó el realismo. Y no es que con Turguéniev desaparezca el sentimentalismo. No desaparece, pero se reorienta y pasa de lo individual a lo colectivo, de lo personal a lo social”.
En la conocida y reconocida obra de Harold Bloom, “¿Cómo leer y porqué?”, el muy exigente y aristocrático crítico dice del mismo texto lo siguiente:
“Frank O’Connor pone los Apuntes del álbum de un cazador (1852) de Turguéniev, por encima de cualquier otro volumen individual de cuentos. Un siglo después de haber sido compuestos, los Apuntes permanecen asombrosamente frescos, aunque la actualidad que tenía en esa época, la necesidad de emancipar a los siervos, se haya doblegado bajo todos los desastres de la historia rusa. Los cuentos de Turguéniev son de una belleza inquietante; tomados en conjunto, están entre las mejores respuestas que conozco a la pregunta de por qué leer (siempre dejando aparte a Shakespeare). Turguéniev, que amaba a Shakespeare y a Cervantes, dividía a toda la humanidad (del tipo de los que buscan) en Hamlets y Quijotes. Habría podido añadir a los Falstaffs y los Sancho Panzas, dado que junto con los otros dos estos forman un paradigma cuádruple de otros tantos seres ficticios.
“Para alcanzar la simplicidad aparente de los bocetos de Turguéniev se necesita un talento de los más altos, de una especie similar a la del genio de Shakespeare para redescubrir lo humano. Turguéniev también nos muestra algo que acaso haya estado siempre allí pero que sin él no podríamos ver. Observando a Yago, majestad satánica de todos los nihilistas, Dostoievski aprendió de Shakespeare a crear nihilistas supremos como Svidrigáilov y Stavroguin. Turguéniev, al igual que Henry James, aprendió de Shakespeare algo más sutil: el misterio del aparente lugar común, la transmisión de una realidad en perpetuo aumento”.
Turguéniev, por cierto, hablaba con desparpajo de la muerte, del paso devastador del tiempo y, paradójicamente, predicaba contra el “ingenio triste”:
“La muerte es una vieja historia y, sin embargo, siempre resulta nueva para alguien”.
“El tiempo vuela a veces como un pájaro, y a veces se arrastra como un caracol. Pero la mayor felicidad del hombre sobreviene cuando no se advierte si su paso es raudo o moroso”.
“¿De qué sirve el ingenio cuando no nos divierte? No hay nada más fatigoso que un ingenio triste”.

 (4)

Turguéniev no terminó de escribir “Relatos de un cazador” hasta el fin de sus días, siguió escribiéndolo,  añadiendo nuevas historias hasta un total de veinticinco, casi de la misma manera en que Walt Whitman añadía nuevos poemas a las constantes reediciones de “Hojas de hierba”.
A diferencia de Whitman, Turguéniev era noble y rico y se dio una vida de lujo, todos los gustos que su holgada situación le permitía. Estudió en las mejores universidades, pasó casi la mitad de su vida entre Alemania y Francia, viajó por gran parte de Europa, intimó con los grandes escritores de la época y fue admirado y reconocido dentro y fuera de su país, pero muy pocas vivencias se reflejan felizmente en su obra.
Como dice Marc Slonim: “Era muy sensible a todos los encantos y engaños de la existencia, pero los gozaba con una incurable tristeza”.
En sus escritos destila melancolía, insatisfacción, frustración, “afirma que nada puede lograrse verdaderamente sobre la tierra”… “y que todos nuestros esfuerzos son absurdos”.
Era un “amable ateo” -según Slonim-, y era definitivamente nihilista (“del latín nihil, ‘nada”), creía que la “vida carece de significado objetivo, propósito o valor intrínseco”. De hecho, el término nihilista fue acuñado por él en su novela ‘Padres e hijos’”.
Una infancia “marcada por la presencia dictatorial de la madre y la ausencia física y afectiva del padre explicaría, según Juan Eduardo Zúñiga, los problemas que Turguénev tuvo en su vida adulta para tener una relación estable con una mujer, y el pesimismo que impregna la mayor parte de sus obras. A esta tesis se abona también el escritor español Javier Marías, que en sus ‘Vidas escritas’, comienza así el capítulo dedicado al escritor ruso:
‘“El pesimismo de las novelas y cuentos de Ivan Turgueniev, que algunos de sus colegas llegaron a reprocharle, debió de ser el tributo mínimo y menos dañino de cuantos pudo pagar a un entorno familiar ominoso, por no decir resueltamente malvado. Su acaudalada y célebre madre… era de una crueldad, mezquindad y barbarie sólo superadas por las de su propia madre, la abuela de Ivan…”’
En política –dice Slonim- Turguéniev era apenas “un liberal moderado”, ni siquiera radical y mucho menos socialista, “un caballero equilibrado y culto que buscaba la armonía y la medida como las mayores conquistas del arte y la sabiduría”…”Fue uno de los rarísimos novelistas rusos no comprometidos”.
Sin embargo, en la obra que lo catapultó a la fama, en los Relatos o “Memorias de un cazador” toma partido, se inclina sin decirlo a favor de los desposeídos, hizo visibles, al igual que Gógol, a los invisibles siervos, los infelices siervos que en muchos casos “tenían que servir en el ejército durante veinticinco años”… “sufrir azotes, marcas con hierros candentes”, prisión, exilio, interminables jornadas de trabajo agotador.
El mencionado Marc Slonim, uno de los críticos más agudos y penetrantes que conozco, escribió en un breve y jugoso ensayo
(“La literatura rusa”) unas líneas magistrales sobre el tema, una página de antología que me produce siempre el efecto de un sano “licor del regocijo” y que comparto a continuación con los lectores reales e imaginarios:
“Turguénev se mostró gran escritor con ‘Memorias de un cazador’, estudio del carácter de los siervos, los campesinos y los terratenientes según el punto de vista del narrador que en sus vagabundeos a través de campos y bosques de la Rusia central encuentra gentes diferentes y observa episodios de la vida rural y provinciana. Los niños campesinos cuentan narraciones fantásticas alrededor de la hoguera en la misteriosa atmósfera de una noche de verano (‘El prado de Bezhin’); ocurre un torneo entre cantores de afición que entonan canciones populares y conmueve profundamente al auditorio en una miserable posada de pueblo (‘Cantores’); un labriego que vive en unión con la naturaleza y posee la imaginación de un bardo primitivo sufre la oposición de su prosaico, práctico y exitoso hermano, siendo ambos personajes típicos de Rusia (‘Jor y Kalinich’); una pobre mujer inmovilizada por una enfermedad  mortal encuentra recursos interiores en una ingenua religión y en su amor a la vida y a todas las criaturas de la tierra (‘Reliquias vivientes’); el amor infeliz de una joven labriega arruina toda su vida (‘Yermolai y la molinera’), tal es el círculo en que se mueven estos relatos sin argumentos que aparecieron en libro en 1852 y pronto se convirtieron en clásicos. Por más de un siglo se les estudió en las escuelas y fueron grandes favoritos de toda clase de lectores. Mostraban a los siervos como seres humanos, dotados de los mismos conflictos psicológicos y de los mismos anhelos de felicidad y justicia habitualmente atribuidos sólo a sus amos. Turguénev evitó cualquier descripción de violencia y brutalidad y no criticó las condiciones espantosas de las clases bajas ni la insensibilidad de los propietarios; pero su libro fue indirectamente una poderosa condenación de la servidumbre. Su modo de narrar, perfilado y objetivo, demostró ser más eficaz que cualquier muestra de indignación: el tono y las insinuaciones del autor contagian al lector y lo ‘sintonizan’ indirectamente con una resaca de simetría o de aversión. Además de este escondido mensaje social, que explica el éxito casi sensacional en el momento en que las narraciones aparecieron, están hermosamente construidas, lo cual justifica su lugar duradero en la literatura”. (Marc Slonim, “La literatura rusa”).

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