sábado, 25 de mayo de 2019

La conspiración de los empresarios (1)

La conspiración de los empresarios (1)

En 1935, cuando la bestia apenas estaba estrenando el segundo año de su segundo mandato, se destapó en Santo Domingo una escandalosa conspiración en la que estaban envueltos dos conocidos empresarios: Amadeo Barletta y Óscar Michelena.

Amadeo Barletta 

Era la tercera conspiración importante, después de la de Leoncio Blanco y la de Santiago de los caballeros, y tuvo una enorme cobertura de prensa y cierta repercusión internacional. De hecho, enfrentó al patriótico tirano con dos potencias extranjeras y puso en alto, muy alto, los intereses de la nación, o por o menos los del tirano. Dio, en fin, al mundo una idea de la clase de mandatario  que estaba al frente del gobierno. Mostró metafóricamente en público el equipo colgante del hombre fuerte del país. Los enormes timbales de la bestia, de la serpiente emplumada.
Amadeo Barletta era un personaje de alto vuelo, alguien que brillaba y brillaría en el firmamento de la industria y las finanzas. Un cuarentón de buena apariencia, elegante, fornido, dotado de un cierto o más bien incierto encanto y talento, capacitado, afable, posiblemente afable. Era el representante en el país de la General Motors y era presidente de la Dominican Tobacco Company, era cónsul honorario de Italia en el país y era extranjero, o por lo menos italiano.
A pesar de todo, en el mes de abril del año 1935, Barletta fue a dar con sus huesos a la cárcel y estuvo preso y mal preso durante  casi dos meses. Sobre sus hombros pesaba una grave acusación de la que el gobierno tenía o decía tener pruebas. Estaba envuelto en una trama para tumbar y matar a Trujillo por supuesto. De modo que lo encerraron sin contemplaciones, lo trancaron con llave de chocolate en condiciones de incomunicación y aislamiento hasta mediados o finales de mayo. Para peor, el mismo día de su arresto se activaron procedimientos judiciales arbitrarios en perjuicio de la Dominican Tobacco Company, una compañía por acciones cuyo capital era en parte propiedad de ciudadanos usamericanos y que competía casualmente con la Compañía Tabacalera que había adquirido recientemente la bestia.
Un periódico de Washington, “The Evening Star”, se hizo eco de la noticia  el 3 de mayo de 1935 publicando un artículo firmado por Constantine Brown con el título “U.S. Sales Agent Jailed by Trujillo”  (Agente de ventas de Estados Unidos encarcelado por Trujillo).
La información proporcionada por el diario informaba que Barleta era un ciudadano italiano que, además de cónsul honorario de Italia, era representante de dos negocios norteamericanos, la Dominican Tobacco Company, subsidiaria de la Penn Tobacco Company, y la Santo Domingo Motors Company, agencia distribuidora de la General Motors.
A Barlettta se lo acusaba, según el diario de Washington, de haber proporcionado un vehículo de la General Motors a un grupo de sediciosos, enemigos del gobierno que planificaban alguna acción inconfesable. Probablemente un atentado.

Amadeo Barletta en La Habana

Al día siguiente, soldados de la presidencia de la República se apersonaron a la casa de Barletta, lo arrestaron y lo mantenían incomunicado.
La verdadera razón para el arresto de Barletta, decía en “The Evening Star”, se debía a haberse negado a vender la Dominican Tobacco Company a un allegado de Trujillo. Un posible testaferro. En consecuencia, se le acusó de intentar derrocar a Trujillo y esto sirvió de pretexto para que las autoridades arrestaran a Barletta y confiscaran sus propiedades.
Quizás la falta más grave que denunciaba el periódico era que desde que Barletta había sido privado de su libertad, los ingresos de la Dominican Tobacco Company estaban siendo depositados en un banco del gobierno dominicano. Esto quería decir que las autoridades dominicanas estaban confiscando ingresos que en parte pertenecían a ciudadanos norteamericanos.
Esta denuncia no contribuyó, por  cierto, a mejorar la situación de Barletta y el proceso en su contra no se detuvo.
En un juicio sumario que duró una especie de cuarto de hora, y en el cual -según dice Crassweller-, al acusado no se le permitió defenderse, la Corte Penal de Primera Instancia evacuó (sí, evacuó) un veredicto  prefabricado y lo sentenció a dos años de cárcel y fuerte multa. Algo realmente risible dada la gravedad de las acusaciones.
En la embajada del imperio sonaron desde el primer momento las alarmas y hubo mucho interés en el caso. Se estabanperjudicando, como decía “The Evening Star”, los intereses de ciudadanos de la patria del libre y el bravo, y el Departamento de Estado, a través de Cordell Hull y Sumner Welles, ejerció su benéfica influencia a favor del empresario.
Pero también se estaban afectando los intereses o por lo menos el pundonor de la patria del Duce. El cónsul honorario de Italia había sido irrespetado y el Duce no lo podía pasar por alto, no. Don Benito Mussolini era un hombre de malas pulgas y envió primero un representante que, tras mucho cabildear, a duras penas pudo entrevistarse con el prisionero, pero igual hubiera podido Mussolini mandar un acorazado y una flotilla de buques de guerra para liberar a su admirador, correligionario y paisano, su compatriota Amadeo o Amedeo Barletta.
En fin que, el enviado del Duce hizo causa común con Cordell Hull y Sumner Welles y la bestia tiró la toalla. El 29 de mayo, la Corte de Apelación revocó la sentencia y el cónsul honorario italiano recuperó la libertad y marchó a Cuba, donde vivió quizás los años más glamorosos y de bonanza económica de su vida. En Cuba estableció relaciones políticas inmejorables con los gobernantes de turno, fundó organizaciones financieras, adquirió bancos y se convirtió en dueño de importantes empresas de importación, emisoras de radio y televisión y periódicos de gran prestigio en los que laboraba un buen grupo de  periodistas de renombre al servicio de su imagen pública. Pero a la larga le iría mal con Fidel…
La gente de la embajada quiso hacer parecer en todo momento que el desagradable incidente (el affaire Barletta), se debía más que nada a un conflicto de intereses comerciales, pero Crassweller se muestra en desacuerdo. Trujillo -a su juicio- no se habría aventurado a provocar un roce o enfrentamiento con dos grandes potencias  por razones comerciales. Crassweller sostiene que Barletta realmente estaba implicado en una conspiración para remover a Trujillo y que el gobierno estaba en posesión de todas las pruebas.
BIBLIOGRAFÍA:
Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.


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Pedro Conde Sturla
24 mayo, 2019


Amadeo Barletta.

En 1935, cuando la bestia apenas estaba estrenando el segundo año de su segundo mandato, se destapó en Santo Domingo una escandalosa conspiración en la que estaban envueltos dos conocidos empresarios: Amadeo Barletta y Óscar Michelena

Era la tercera conspiración importante, después de la de Leoncio Blanco y la de Santiago de los Caballeros, y tuvo una enorme cobertura de prensa y cierta repercusión internacional. De hecho, enfrentó al patriótico tirano con dos potencias extranjeras y puso en alto, muy alto, los intereses de la Nación, o por o menos los del tirano. Dio, en fin, al mundo una idea de la clase de mandatario que estaba al frente del gobierno. Mostró metafóricamente en público el equipo colgante del hombre fuerte del país. Los enormes timbales de la bestia, de la serpiente emplumada.

Amadeo Barletta era un personaje de alto vuelo, alguien que brillaba y brillaría en el firmamento de la industria y las finanzas. Un cuarentón de buena apariencia, elegante,   
fornido, dotado de un cierto o más bien incierto encanto y  talento, capacitado, afable, posiblemente afable. Era el   representante en el país de la General Motors y era presidente  de la Dominican Tobacco Company, era cónsul honorario de Italia en el país y era extranjero, o por lo menos italiano.
A pesar de todo, en el mes de abril del año 1935, Barletta fue a dar con sus huesos a la cárcel y estuvo preso y mal preso durante casi dos meses. Sobre sus hombros pesaba una grave acusación de la que el gobierno tenía o decía tener pruebas. Estaba envuelto en una trama para tumbar y matar a Trujillo por supuesto. De modo que lo encerraron sin contemplaciones, lo trancaron con llave de chocolate en condiciones de incomunicación y aislamiento hasta mediados o finales de mayo.
Para peor, el mismo día de su arresto se activaron procedimientos judiciales arbitrarios en perjuicio de la Dominican Tobacco Company, una compañía por acciones cuyo capital era en parte propiedad de ciudadanos usamericanos y que competía casualmente con la Compañía Tabacalera que había adquirido recientemente la bestia.
Un periódico de Washington, “The Evening Star”, se hizo eco de la noticia el 3 de mayo de 1935 publicando un artículo firmado por Constantine Brown con el título “U.S. Sales Agent Jailed by Trujillo” (Agente de ventas de Estados Unidos encarcelado por Trujillo).
La información proporcionada por el diario informaba que Barleta era un ciudadano italiano que, además de cónsul honorario de Italia, era representante de dos negocios norteamericanos, la Dominican Tobacco Company, subsidiaria de la Penn Tobacco Company, y la Santo Domingo Motors Company, agencia distribuidora de la General Motors.
A Barlettta se lo acusaba, según el diario de Washington, de haber proporcionado un vehículo de la General Motors a un grupo de sediciosos, enemigos del gobierno que planificaban alguna acción inconfesable. Probablemente un atentado.
Al día siguiente, soldados de la presidencia de la República se apersonaron a la casa de Barletta, lo arrestaron y lo mantenían incomunicado.
La verdadera razón para el arresto de Barletta, decía en “The Evening Star”, se debía a haberse negado a vender la Dominican Tobacco Company a un allegado de Trujillo. Un posible testaferro. En consecuencia, se le acusó de intentar derrocar a Trujillo y esto sirvió de pretexto para que las autoridades arrestaran a Barletta y confiscaran sus propiedades.
Quizás la falta más grave que denunciaba el periódico era que desde que Barletta había sido privado de su libertad, los ingresos de la Dominican Tobacco Company estaban siendo depositados en un banco del gobierno dominicano. Esto quería decir que las autoridades dominicanas estaban confiscando ingresos que en parte pertenecían a ciudadanos norteamericanos.
Esta información no contribuyó, por cierto, a mejorar la situación de Barletta y el proceso en su contra no se detuvo.
En un juicio sumario que duró una especie de cuarto de hora, y en el cual -según dice Crassweller-, al acusado no se le permitió defenderse, la Corte Penal de Primera Instancia evacuó (sí, evacuó) un veredicto prefabricado y lo sentenció a dos años de cárcel y fuerte multa. Algo realmente risible dada la gravedad de las acusaciones.
En la embajada del imperio sonaron desde el primer momento las alarmas y hubo mucho interés en el caso. Se estaban perjudicando, como decía “The Evening Star”, los intereses de ciudadanos de la patria del libre y el bravo, y el Departamento de Estado, a través de Cordell Hull y Sumner Welles, ejerció su benéfica influencia a favor del empresario.
Pero también se estaban afectando los intereses o por lo menos el pundonor de la patria del Duce. El cónsul honorario de Italia había sido irrespetado y el Duce no lo podía pasar por alto, no. Don Benito Mussolini era un hombre de malas pulgas y envió primero un representante que, tras mucho cabildear, a duras penas pudo entrevistarse con el prisionero, pero igual hubiera podido Mussolini mandar un acorazado y una flotilla de buques de guerra para liberar a su admirador, correligionario y paisano, su compatriota Amadeo o Amedeo Barletta.
En fin que, el enviado del Duce hizo causa común con Cordell Hull y Sumner Welles y la bestia tiró la toalla. El 29 de mayo, la Corte de Apelación revocó la sentencia y el cónsul honorario italiano recuperó la libertad y marchó a Cuba, donde vivió quizás los años más glamorosos y de bonanza económica de su vida. En Cuba estableció relaciones políticas inmejorables con los gobernantes de turno, fundó organizaciones financieras, adquirió bancos y se convirtió en dueño de importantes empresas de importación, emisoras de radio y televisión y periódicos de gran prestigio en los que laboraba un buen grupo de periodistas de renombre al servicio de su imagen pública. Pero a la larga le iría mal con Fidel…
La gente de la embajada quiso hacer parecer en todo momento que el desagradable incidente (el affaire Barletta), se debía más que nada a un conflicto de intereses comerciales, pero Crassweller se muestra en desacuerdo. Trujillo -a su juicio- no se habría aventurado a provocar un roce o enfrentamiento con dos grandes potencias por razones comerciales. Crassweller sostiene que Barletta realmente estaba implicado en una conspiración para remover a Trujillo y que el gobierno estaba en posesión de todas las pruebas.
(Historia criminal del trujillato [35]. Cuarta parte)
BIBLIOGRAFÍA:
Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.
Trujillo encarcela al cónsul italiano Amadeo Barletta
https://patriadominicana.wordpress.com/tag/grupo-ambar/



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