lunes, 16 de diciembre de 2019

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (1-9)


 

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (1)

De todos los escritores del mundo, quizá sea Mark Twain quien más se haya divertido contando lo que quería contar. Por eso el lector disfruta tanto con su implacable versión de la estupidez, la arrogancia, la ostentación y el disparate generalizado de la humanidad.» (Chicago Sun Times).
Dicen que Mark Twain decía que un banquero es un señor que te presta un paraguas en un día de sol y te lo quita en un día de lluvia.
Mark Twain era un irreverente que no sólo hablaba mal de los banqueros, sino también de la religión y de la Biblia en particular. Alguien que decía: “Cuando prohíben un libro mío en una biblioteca donde tienen la Biblia al alcance de cualquier joven indefenso, la ironía de la situación, en vez de irritarme, me divierte”. También decía que “La irreverencia es la campeona de la libertad, y su única defensa segura”.
Mark Twain tenía además una pésima opinión sobre los llamados seres humanos y de su propio país, era un  disociador y un poco ateo, un enemigo jurado del  colonialismo y el imperialismo, un lunático que decía que  “Dios creó la guerra para que los estadounidenses  aprendieran geografía” y que “la nueva bandera de los Estados Unidos debería ser con las rayas blancas pintadas de negro y las estrellas sustituidas por un cráneo y dos huesos  cruzados”.
En general, se manifestó en sus escritos periodísticos como un antiimperialista radical, se pronunció a favor de las  revueltas contra el despotismo zarista en Rusia, expresó las  mayores simpatías por los chinos en la Guerra de los bóxers y dedicó críticas acerbas a la política imperial del monstruoso Leopoldo de Bélgica en el Congo.
Mark Twain se pronunció particularmente en contra de las aventuras militaristas y expansionistas de su país en Puerto Rico, Cuba y Filipinas, le llamaba asesinos uniformados a los marines que invadían y masacraban a los filipinos y hablaba en términos muy poco elogiosos del papel que desempeñaron en la guerra hispano estadounidense.
En opinión de Mark Twain, el presidente Theodore Roosevelt, uno de los grandes héroes de esa guerra, considerado por muchos como la más pura encarnación del patriotismo usamericano, no era más que un carnicero, un rufián, un acosador, un gobernante indigno.
Mark Twain era alguien que se oponía al envío de misioneros a África, que decía que había mucho que hacer en la propia casa evangelizando a los paganos que se dedicaban a linchar negros en el Sur. Por algo escribió un libro titulado “Los Estados Unidos del linchamiento”.
En muchos aspectos, este gran humorista, o mejor dicho, “el escritor satírico más grande que ha producido Estados Unidos”, era un personaje adolorido, desencantado, que sufrió grandes tragedias familiares durante toda su vida. Decía, entre otras cosas, que “de entre todas las criaturas los humanos son las más detestables, pues son las únicas criaturas que infligen dolor por entretenimiento, sabiendo que están causando dolor”. Decía o dicen que decía que “el hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir». Decía que “el hombre es la criatura que Dios hizo al final de una semana de trabajo, cuando ya estaba cansado”. Decía que “el hombre es un experimento y que el tiempo demostrará si valía la pena. Decía que “el perro que recoges muerto de hambre y alimentas y haces próspero no te muerde. Esta es la principal diferencia que hay entre un perro y un hombre”. Decía y repetía: “A mi edad, cuando me presentan a alguien ya no me importa si es blanco, negro, católico, musulmán, judío,capitalista, comunista … me basta y me sobra con que sea un ser humano. Peor cosa no podría ser”. Decía, con menos palabras: “Yo no pregunto de qué raza es un hombre, basta que sea un ser humano, nada puede ser nada peor”.
El humor y la risa eran su única tabla de salvación, su seña de identidad. El humor, la risa y el desconcierto que producen. Por eso dijo que la “raza humana en su pobreza tiene un arma incuestionablemente eficaz: la risa. El poder, el dinero, la persuasión, la súplica, la persecución, todas pueden intentar levantar un disparate colosal, empujarlo, atosigarlo un poco, debilitarlo, siglo tras siglo, pero solo la risa puede hacerlo estallar en pedazos y ráfagas de átomos. No hay nada que se resista al ataque de la risa”. No existe, sin embargo, nada superficial en el humor y la risa de Mark Twain. En su concepto, el humor no surge de lo trivial, sino del drama, de la gran comedia o tragedia humana.
Dicen que Mark Twain abrigaba dudas más o menos pasajeras o permanentes sobre la existencia de Dios y dicen que dijo o decía: “El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía”, y que “es mejor vivir fuera del Jardín del Edén con Eva que dentro de él sin ella”. No en vano escribió una diatriba llamada “Los escritos irreverentes” y otra titulada “Los diarios de Adan y Eva”. Entre esos textos sacrílegos y desaconsejables, hay unas escandalosas “Cartas de Satán” que no deben ser tomadas a la ligera. En ellas se resume un poco todo lo que aquí se ha dicho y demuestra fehacientemente que Mark Twain era de muchas maneras digno por lo menos de la hoguera o el paredón.
Las cartas de Satán
Carta1
Mark Twain
Este es un lugar extraño, un lugar extraordinario e interesante. En casa no hay nada que se le parezca. Las personas están todas locas y los demás animales también. La Tierra está loca, como la mismísima Naturaleza, que también lo está. El Humano es una curiosidad maravillosa. En el mejor de los casos, es una especie de ángel de grado inferior bañado en níquel; en el peor de los casos, es un ser inefable, inimaginable. Pero desde el principio hasta el final y siempre, es un sarcasmo. Sin embargo, ingenuamente y con toda sinceridad, se llama a sí mismo, «la obra más noble de Dios». Esto que digo es verdad. Y no es una idea nueva en él; sino que la repite desde tiempos inmemoriales, tanto que ha acabado por creérsela, sin que nadie en toda su raza sea capaz de reírse de ella.
Es más, si me permiten alargarme un poco, el humano se considera el animal preferido del Creador. Está convencido de que el Creador no sólo está orgulloso de él, sino que le quiere, que tiene pasión por él y que se pasa las noches en vela, rendido de admiración, sí, vigilándolo y manteniéndolo fuera de peligro.
Cuando reza, está convencido de que el Creador le escucha. ¿No es una idea pintoresca? Llena sus oraciones de halagos torpes, burdos y floridos, persuadido de que el Creador se sienta y ronronea de placer al oír tales extravagancias. No pasa un día sin que rece para pedir socorro, favores y protección, siempre con optimismo y confianza, aunque ninguno de sus ruegos haya recibido respuesta jamás. La afrenta diaria, la derrota constante, no le desaniman, pues sigue rezando como si nada. Hay algo casi hermoso en esta perseverancia. Pero permitan que me exceda algo más. ¡El humano cree que va a ir al cielo!
Al fin y al cabo, tiene unos maestros asalariados que se lo dicen. Como le dicen que hay un infierno de hogueras eternas al que irá si no cumple los Mandamientos. ¿Y qué son los Mandamientos? Pues toda una curiosidad. Ya hablaré de ellos más adelante.


https://acento.com.do/2019/opinion/8753725-irreverencias-e-indelicadezas-de-mark-twain-2/

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (2)


Mark Twain nació en 1835 en un poblado de Missouri llamado Florida, que en esa época tenía una población de un centenar de habitantes y hoy está deshabitado. Era un villorrio invisible, casi invisible -cuenta Mark Twain-, y su nacimiento contribuyó a elevar el indice demográfico en un uno por ciento. De esa hazaña, esa proeza que, según decía, muy pocos hombres de la historia habían realizado, se sentía o decía sentirse muy orgulloso.
Después, cuando apenas tenía cuatro años, fue a parar a un pueblo llamado Hannibal, un puerto, en el que no vivían mas de diez o quince mil personas, a orillas del poderoso Mississipi, el padre de las aguas. De ese puerto, esas aguas, que aparecen transfigurados bajo el nombre de San Petersburgo en algunas de sus novelas, preservaría unos vínculos entrañables que lo acompañarían toda la vida. En Hannibal empieza a descubrir el mundo, se familiariza con la esclavitud, la trata y el maltrato de los negros, que tendrá en su obras una importancia capital.




Mark Twain

Asiste durante un tiempo y de mala gana a la escuela, se convence de que los estudios no lo van a llevar a ninguna parte. De hecho,  nunca permitiría que la escuela “interfiriera con (su) educación”.
La religión tampoco era lo suyo. De la iglesia calvinista, a la que iba desde pequeño, sólo conserva desagradables recuerdos que le inspiran frases desalentadoras: “Si Jesucristo estuviera aquí ahora, hay una cosa que no sería: cristiano”. En otra ocasión escribiría: “Un hombre es aceptado en la Iglesia por lo que cree y es expulsado por lo que sabe“.
Para peor, unos cuantos textos suyos forman parte de un escabroso libro titulado “La Biblia del ateo: una ilustre colección de pensamientos irreverentes”. Esta obra, de una mujer llamada Joan Konner, fue publicada por la Editorial Seix Barral en el año 2008 y contiene  pensamientos muy peyorativos, sarcásticos en relación a las creencias religiosas.
Lo que dejó escrito Mark Twain sobre la Biblia, el dios de la Biblia y la misma Biblia no se presta de ninguna manera a equívocos ni a interpretaciones retorcidas, amañadas o complacientes:
“Nuestra Biblia nos revela el carácter de nuestro Dios con una exactitud minuciosa y sin remordimientos… Es quizás la biografía mas difamatoria que haya sido impresa nunca. Hace de Nerón un ángel de luz por contraste”.
La verdad es que, en este sentido, el juicio lapidario de Mark Twain parece competir con los de otros dos famosos personajes: Thomas Paine y Charles Darwin:
Thomas Paine, uno de los llamados padres fundadores de los Estados Unidos, afirmaba sin tapujos que “Siempre que leemos las historias obscenas, las orgías voluptuosas, las ejecuciones crueles, la venganza implacable que llenan mas de la mitad de las páginas de la Biblia, nos parece que sería mas lógico considerar ésta como la palabra de un demonio mas que la palabra de Dios. Es una historia de maldad que ha servido para corromper y embrutecer al género humano”.
(De hecho, eso lo estamos viendo hoy en Bolivia y lo vimos en Brasil).
Charles Darwin, por otra parte, decía en tono reposado y a la vez lapidario que entre 1836 y 1839 “había comenzado a ver gradualmente que el Viejo Testamento, desde su manifiesta falsa historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris de Señal, etc., etc., y de atribuirle a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era mas de confiar que los libros sagrados hindúes o las creencias de cualquier bárbaro”.
Aparte de la atmósfera viciada que se respiraba en Hannibal (en aquel ambiente puritano, esclavista, probablemente insalubre), todo conspiraba en contra de una adecuada formación para cualquier muchacho con un mínimo de inquietudes intelectuales, incluso contra la salud física y mental de sus pobladores.
Mark Twain tuvo una infancia desgraciada, seguramente oscura y triste. De hecho, dolorosas pérdidas familiares marcaron el compás de sus primeros once años, al igual que marcarían los de su vejez. A los cuatro años Mark Twain perdió a una de sus hermanas, a los siete perdió a un hermano y para cerrar con broche de oro quedó huérfano de padre al cumplir once. En su edad madura vio morir a una de las hijas, otra fue víctima de la locura, su esposa quedó invalida, se consumió en una larga enfermedad que terminó de envenenar su vida. La gota que colmó la copa de sus desgracias.
La tragedia parecía abatirse y se abatía en estos últimos años con mayor saña sobre Mark Twain en la medida en que su carrera y su fama de escritor alcanzaban el cenit, mientras cosechaba más y más galardones literarios y se acrecentaba su fama y se ganaba cada vez más el corazón de sus lectores. En cierto momento eligió el color blanco como símbolo de luto y nunca volvió a usar ropa de otro color.
Esta no es o no parece ser de ninguna manera la biografía de un humorista para quienes se toman el humor a la ligera. Sin embargo, para Mar Twain “el origen secreto del humor no es la alegría sino la tristeza”.
Mark Twain era, como se ha dicho y repetido, un personaje adolorido, desencantado, pesimista, alguien que tenía muy poca fe en el ser humano, que decía las cosas mas dolorosas con un gran sentido del humor, con un toque de humor, un humor seco, como se ha definido, un humor cáustico que provoca risa en cualquier situación y corroe un poco todo lo que toca. Ese escritor, dotado de un inmenso talento literario, es presentado a menudo o casi siempre, mas bien enmascarado o travestido como un simple autor de amables libros de aventuras para niños y adultos. Es siempre el celebrado autor  de “La célebre rana saltarina del distrito de Calaveras”, un delicioso relato superficial y ameno que no representa para el orden establecido mayor peligro, y en el cual se le ha encasillado, encorsetado. Se le ha querido inmovilizar en una especie de camisa de fuerza.
Pero las cosas son de otra manera. Mark Twain no es sólo el fundador de la literatura usamericana, es el más universal y más notable y el más grande genio literario que ha producido Estados Unidos, uno de los más grandes escritores satíricos que ha conocido la humanidad.
Mark Twain fue la conciencia crítica más lúcida y terrible de la sociedad de su tiempo, el más lúcido visionario, el escritor que expuso ante los ojos de sus contemporáneos las llagas purulentas del mundo en que vivían. La piedra en el zapato de la conciencia. Un incordio, un intelectual incómodo. El hombre que reveló que el sueño americano era para mucha gente una ingrata pesadilla. El pudo ver lo que otros no verían. Más de lo que vería o vio José Martí en las entrañas del monstruo.
«Toda la literatura moderna americana -escribió Ernest Hemingway en ‘Las verdes colinas de África’- procede de un libro de Mark Twain que se llama Huckleberry Finn… Es nuestro mejor libro. Todo lo que se ha escrito en América surge de él. Antes no había nada. Y nada que se le asemeje ha aparecido después».
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https://acento.com.do/2019/opinion/8756206-irreverencias-y-profanaciones-de-mark-twain-3/



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https://acento.com.do/2019/opinion/8758390-irreverencias-y-profanaciones-de-mark-twain-4/

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (4)

Una parte importante de la vida y la obra y las ideas políticas de Mark Twain quedó más o menos oculta o disimulada, o más bien censurada, y no fue conocida por sus contemporáneos. El mismo Twain escribió o dictó una especie de autobiografía bajo el acuerdo de que no fuera publicada hasta cien años después de su muerte. La intención de Mark Twain era no herir susceptibilidades y poder escribir con «una libertad que no podría tener de ninguna otra manera». Cuando la obra salió a la luz pública en 1910 tuvo un éxito arrollador.
Una amable forma de censura fue la que ejerció su amante esposa, su consejera espiritual, que fue además su más íntima crítica literaria. Ella lo aconsejaba, a veces quizás lo amonestaba, pero las decisiones de dar o no dar algún escrito a la prensa se tomaban al parecer de común acuerdo. En cambio, después de la muerte de Mark Twain, sus herederos suprimieron ciertos textos de carácter religioso o mejor dicho antireligiosos, irreverentes, sacrílegos. Entre ellos «Cartas desde la Tierra», que no se conoció hasta1962, «El misterioso extranjero», que se publicó en 1916, y «La pequeña Bessie», que tuvo que esperar hasta 1972 para llegar a manos del público y darse a querer. En esta ultima obra Mark Twain pone un poco en ridículo el cristianismo y al terrible dios de la Biblia, pero es posible que Mark Twain sólo tuviera problema con el dios de las religiones oficiales, establecidas y no con su dios personal. No era siempre un creyente, pero no era siempre un descreído.Su hija Clara -la única de los cuatro hijos e hijas que tuvo con Olivia Langdon que no vio morir, aparte de ver morir a Olivia Langdon- «comentó que hacia el final de la vida su padre pensó mucho sobre el tema de la vida después de la muerte: ‘A veces creía que la muerte lo acababa todo, pero la mayor parte del tiempo estaba seguro de una vida más allố. En opinión de Víctor Moreno, sin embargo, esto último responde, por parte de Clara, al «cristianísimo afán por poner en la cabeza de su progenitor lo que ella albergaba en su corazón».
Dice Víctor Moreno que fue precisamente Clara la que ejecutaría «la peor censura que sufriría la obra de Mark Twain»:
«Tras la muerte del padre -dice Víctor Moreno-, Clara se dedicará a expurgar de su obra – ¡a él que tanto había denunciado la censura y la autocensura!-, aquellos pasajes que consideró irreligiosos o irreverentes. En este sentido, extraña que no quemara su obra entera, pues toda ella es un alegato irreverente y sarcástico contra la estupidez humana».(1)
Otro tipo de censura propiamente dicha la sufrió Mark Twain cuando trabajaba como periodista en el periódico «The californian» de San Francisco. Los editores no sólo se negaron a publicar unos artículos sobre la discriminación y abusos que sufrían los chinos y sobre la brutalidad policiaca en esa ciudad, sino que también lo echaron del trabajo. Sin trabajo y sin dinero, Mark Twain cayó en un estado depresivo que por poco lo conduce al suicidio. De hecho, según se afirma, llegó a ponerse una pistola en la sien.
La censura más arbitraria y probablemente frustrante y al mismo tiempo indignante fue la que le aplicaron a un breve texto, un luminoso relato, una «Oración de guerra», imbuida del más hondo y auténtico sentido humanista, que Mark Twain escribiera a propósito de la guerra filipino-estadounidense en1905. Esta vez no se trataba de censura religiosa, a pesar de las apariencias, sino de censura política. La más burda censura política.  Una oración de guerra que cualquier escritor hubiera deseado escribir.
Mark Twain se sentía asqueado por la intervención de los Estados Unidos en la guerra  de España contra sus últimas colonias con el propósito de adueñarse de todas, como en efecto hizo: Filipinas, Cuba, Puerto Rico, y escribió un relato pacifista que al igual que todos los grandes relatos pacifistas era en verdad incendiario, una «Oración de guerra» que es una oración de paz.
Mark Twain envió la oración a sus editores de «Harper’s Bazaar» el 22 de marzo de 1905 y se la rechazaron. Le dijeron que no era apropiada para «una revista para mujeres». Mark Twain escribiría amargamente : «No creo que la oración se publique en mi tiempo. Solo a los muertos se les permite decir la verdad’: ‘Como el autor tenía un contrato en exclusiva con la editorial Harper & Brothers, que se negó a publicarlo por su carácter polémico en la época, Oración de guerra permaneció inédito hasta 1923».
Lo que sigue a continuación es la primera parte del relato, que no se entiende cabalmente sin la segunda, un relato que pertenece a un tipo de literatura que de alguna manera dignifica, enaltece   de muchas formas posibles la condición humana:
ORACION DE GUERRA
(primera parte)
Mark Twain
Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allá abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes.
De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida reciban un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.
Llegó el domingo por la mañana. Al da siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición. Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria. Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: ¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!
Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.
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https://acento.com.do/2019/opinion/8760754-irreverencias-y-profanaciones-de-mark-twain-5/

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (5)

Para Mark Twain nunca hubo una guerra justa en toda la historia de la humanidad, a pesar de que simpatizaba (o empezó a simpatizar en un determinado momento de su edad madura) con los movimientos revolucionarios y de liberación nacional, y con las luchas contra el despotismo y el imperialismo que tenían lugar en varios países del globo.
Ninguna oración a favor de la guerra, por inocente que pareciera, podía tener, a su juicio, algún tipo de asidero, de justificación ética, moral o simplemente humanista. Y mucho menos cristiano.
Lo anterior podría parecer una verdad de Perogrullo, una cuestión de sentido común. Pero nada de eso lo sabía el papa Pío XI, o quizás simplemente lo ignoraba a propósito, cuando en las elecciones italianas de 1929 conminó a los católicos a votar por los fascistas y cuando bendijo los cañones italianos que partieron a la conquista de Abisinia.
Tampoco lo sabían, en apariencia, los fanatizados pastores calvinistas o luteranos o puritanos o bautistas o episcopales o el clèrigo que en la “Oración de guerra” de Mark Twain “predicaban devoción a la bandera y al país”, “imploraban ayuda al dios de las batallas” para que los favoreciera en la guerra colonialista que los Estados Unidos libraba en 1905 contra Filipinas.
Una gran parte de obra de Mark Twain habla de una intensa lucha interior. Era evidentemente un personaje complejo, muy complejo, dotado de una gran riqueza espiritual. Alguien que disimulaba un poco la tragedia humana con el recurso siempre a mano del humor, muchas veces el humor más negro posible. Pero en “Oración de guerra” está ausente este recurso.
Los pastores y sus fieles celebran con algarabía, casi con alegría deportiva, la llegada de la guerra. Piden y esperan la ayuda de Dios, el dios cristiano, como si de Apolo se tratase, un dios pagano. Pero todo cambia cuando llega un “anciano extraño”. Todo en el escenario, a partir de la entrada del “anciano extraño”, reviste un aspecto, un carácter majestuoso, solemne.
Ahora Mark Twain explicará, por boca del “anciano extraño”, cuales son las consecuencias de pedirle a Dios por la victoria en una guerra, en cualquier guerra. Explicará con lujo de detalles el sentido segundo de la oración, el significado de la parte no dicha que encierra la oración, las tremendas implicaciones de lo que está implícito en una oración de guerra, y a medida que lo dice, a medida que lo cuenta va llenando de sentido nuestros sentidos, purificando el aire que respiramos, aclarando nuestras mentes.
“Oración de guerra” es una pieza de la más noble alfarería o artesanía verbal, una delicada y a la vez urticante pieza de orfebrería literaria. La muy sutil y penetrante forma de razonamiento del “anciano misterioso” penetra por los poros, produce una elevación espiritual, una dignificaron del significado de las palabras, de todas las palabras. Muchos no volverán a elevar una oración de guerra. Aunque por desgracia, como sucede en el relato, la mayoría permanecerá indiferente, no entenderá simplemente lo que dijo “el anciano misterioso”. Pensarán que “el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho”.
Oración de guerra
(segunda parte)
Mark Twain
Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.
El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!.
El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso. Las palabras golpearon a la congregación como en un sismo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. Él ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar.
Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. ¡Si rezas una plegaria en tu beneficio ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizás estás implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte dañada.
Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquella que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. Con ignorancia y sin reflexionar Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: “Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios”. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas.
No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acoge también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. Escuchad.
Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, ¡tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A Él, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén.
(Después de una pausa).
Así es como lo habéis rezado. Si todavía lo deseáis, ¡hablad! El mensajero del Altísimo aguarda.
Mas tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.
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Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (5)

Para Mark Twain nunca hubo una guerra justa en toda la historia de la humanidad, a pesar de que simpatizaba (o empezó a simpatizar en un determinado momento de su edad madura) con los movimientos revolucionarios y de liberación nacional, y con las luchas contra el despotismo y el imperialismo que tenían lugar en varios países del globo.
Ninguna oración a favor de la guerra, por inocente que pareciera, podía tener, a su juicio, algún tipo de asidero, de justificación ética, moral o simplemente humanista. Y mucho menos cristiano.
Lo anterior podría parecer una verdad de Perogrullo, una cuestión de sentido común. Pero nada de eso lo sabía el papa Pío XI, o quizás simplemente lo ignoraba a propósito, cuando en las elecciones italianas de 1929 conminó a los católicos a votar por los fascistas y cuando bendijo los cañones italianos que partieron a la conquista de Abisinia.
Tampoco lo sabían, en apariencia, los fanatizados pastores calvinistas o luteranos o puritanos o bautistas o episcopales o el clèrigo que en la “Oración de guerra” de Mark Twain “predicaban devoción a la bandera y al país”, “imploraban ayuda al dios de las batallas” para que los favoreciera en la guerra colonialista que los Estados Unidos libraba en 1905 contra Filipinas.
Una gran parte de obra de Mark Twain habla de una intensa lucha interior. Era evidentemente un personaje complejo, muy complejo, dotado de una gran riqueza espiritual. Alguien que disimulaba un poco la tragedia humana con el recurso siempre a mano del humor, muchas veces el humor más negro posible. Pero en “Oración de guerra” está ausente este recurso.
Los pastores y sus fieles celebran con algarabía, casi con alegría deportiva, la llegada de la guerra. Piden y esperan la ayuda de Dios, el dios cristiano, como si
de Apolo se tratase, un dios pagano. Pero todo cambia cuando llega un “anciano extraño”. Todo en el escenario, a partir de la entrada del “anciano extraño”, reviste un aspecto, un carácter majestuoso, solemne.
Ahora Mark Twain explicará, por boca del “anciano extraño”, cuales son las consecuencias de pedirle a Dios por la victoria en una guerra, en cualquier guerra. Explicará con lujo de detalles el sentido segundo de la oración, el significado de la parte no dicha que encierra la oración, las tremendas implicaciones de lo que está implícito en una oración de guerra, y a medida que lo dice, a medida que lo cuenta va llenando de sentido nuestros sentidos, purificando el aire que respiramos, aclarando nuestras mentes.
“Oración de guerra” es una pieza de la más noble alfarería o artesanía verbal, una delicada y a la vez urticante pieza de orfebrería literaria. La muy sutil y penetrante forma de razonamiento del “anciano misterioso” penetra por los poros, produce una elevación espiritual, una dignificaron del significado de las palabras, de todas las palabras. Muchos no volverán a elevar una oración de guerra. Aunque por desgracia, como sucede en el relato, la mayoría permanecerá indiferente, no entenderá simplemente lo que dijo “el anciano misterioso”. Pensarán que “el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho”.
Oración de guerra
(segunda parte)
Mark Twain
Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.
El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!.
El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso. Las palabras golpearon a la congregación como en un sismo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. Él ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar.
Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. ¡Si rezas una plegaria en tu beneficio ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizás estás implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte dañada.
Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquella que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. Con ignorancia y sin reflexionar Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: “Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios”. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas.
No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acoge también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. Escuchad.
Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, ¡tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A Él, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén.
(Después de una pausa).
Así es como lo habéis rezado. Si todavía lo deseáis, ¡hablad! El mensajero del Altísimo aguarda.
Mas tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.
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https://acento.com.do/2019/opinion/8751591-irreverencias-y-profanaciones-de-mark-twain/
https://acento.com.do/2019/opinion/8764653-irreverencias-y-profanaciones-de-mark-twain-consejos-para-ninas-malas-6/

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: Consejos para niñas malas (6)

En uno de sus escritos más encantadores, el travieso y ocurrente Mark Twain aconsejaba sabiamente a las niñas pequeñas, y sobre todo a las niñas malas, que son la mayoría, algo que se me quedó grabado para siempre como lección de vida:
«Si en cualquier momento consideras adecuado castigar a tu hermano, no lo hagas con barro; nunca, bajo ninguna circunstancia, le eches barro, porque le ensuciarás la ropa. Es preferible rociarlo con un poco de agua hirviendo, puesto que así obtendrás los resultados deseados. Te asegurarás de que preste atención a las lecciones que tratas de inculcarle enseguida, y al mismo tiempo el agua caliente eliminará las impurezas de su persona y probablemente también de su piel, incluidos los granitos».
De la misma manera, y por asociación de ideas, pienso que de esa lección se desprende otra no menos importante. Una que también aconsejaría sin lugar a dudas Mark Twain:
Si tu hermanito se ensucia de barro, lava la ropa con él adentro, preferiblemente en la lavadora, y plánchala después mientras la tiene puesta. Esto le servirá seguramente de escarmiento.
Otro consejo mucho más  elaborado, que a muchas niñas parecerá maravilloso, tiene y no tiene que ver con cierta manera de relacionarse entre hermanos, pero sobre todo con la candidez, la ingenuidad propias de una cierta edad y de una forma (quizás autobiográfica) de apreciar la realidad y dejarse engañar en los negocios:
“En ningún caso debes quitarle a tu hermanito su chicle por la fuerza, es preferible engañarlo con la promesa de que le darás los primeros dos dólares y medio que encuentres flotando en el río sobre una piedra. Con la cándida y natural ingenuidad propia de esa edad, a él le parecerá una transacción absolutamente equitativa. Desde que el mundo es mundo, esta ficción eminentemente plausible ha engatusado al obtuso infante y lo ha llevado a la ruina y al desastre financiero”.
En cuanto a sus ideas didácticas, y en casi todo lo demás,  Mark Twain era un hombre muy adelantado a su tiempo. La época y las circunstancias en que vivió les quedaban como quien dice chiquitas. Por eso solía decir: «Nunca permití que la escuela interfiriera con mi educación». Mark Twain se educó solo, en efecto, y lo que aprendió no se enseñaba en ningún centro educativo, ni en el hogar, y mucho menos en la iglesia. Se diría que aprendió desde pequeño a nadar contra la corriente. Lo que enseñó también era fuera de serie. Las cosas que decía estaban muchas veces reñidas con el llamado sentido común, reñidas con el conformismo, con la manera habitual de pensar, con las buenas costumbres. 
Su modo de pensar no estaba, sin embargo, en contradicción con los valores familiares. La familia fue todo para él, la fuente de sus dichas y de sus mayores tragedias y sufrimientos. Por eso aconsejaba a las niñas, con morosa delectación, obedecer siempre a los mayores. Honrar en cualquier circunstancia padre y madre. Obedecer un poco, sólo un un poco, a su manera: por lo menos circunstancialmente:
«Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio».
Mark Twain también aconsejaba a las niñas ser agradecidas con sus progenitores y sobre todo tolerantes. Tolerantes hasta un cierto punto. Es decir, otra vez a su manera y un poco circunstancialmente:
«Recuerda que debes sentirte agradecida a tus padres por el alimento que recibes y por el privilegio que te otorgan de quedarte en casa cuando finges estar enferma para no ir a la escuela. Por eso debes acatar sus pequeñas injusticias, complacer sus caprichitos y tolerar sus pequeñas manías mientras no te harten demasiado».
Lo que Twain recomienda a las niñas en relación a su padres, vale también para los mayores. Honrar padre y madre significa igualmente respetar y querer a las personas de edad: “las niñas siempre demuestran su madurez, así que nunca debes sacar la lengua a los viejos, a menos que ellos lo hagan primero”.
En cuanto al respeto a los sufridos maestros recomienda algo parecido:
«Las niñas buenas no deben ponerle mala cara a sus maestras ante cualquier mínima afrenta. Sólo debe recurrirse a esta medida en circunstancias particularmente graves».
Respecto a la honradez, también son irónicamente un poco ambiguas sus prédicas. Todo sigue siendo, en apariencia, circunstancial: una niña tiene que ser honrada, desde luego, parece decirnos Mark Twain, a menos que no sea necesario:
» Aunque sólo tengas una muñeca de trapo rellena de serrín, y una de tus amiguitas tenga la fortuna de poseer una de la porcelana más cara, debes tratarla con amabilidad. Y no debes intentar intercambiársela a toda costa, a menos que tu conciencia te lo permita y sepas que tienes ocasión de hacerlo».
Estos sanos consejos, que en la época de Mark Twain se   consideraron y se siguen considerados escandalosos, forman parte del libro «The 30,000 Dollar Bequest and Other Stories», publicado en 1865. En esta escandalosa, deliciosa «serie de recomendaciones políticamente incorrectas, Twain invita a las niñas pequeñas a ignorar las restricciones impuestas por la sociedad y a pensar por sí mismas, dejando a un lado las expectativas de sus mayores de un modo inteligente y pícaro». (1)
Ese humor irreverente y pícaro de Mark Twain va siempre más allá de lo que aparenta y su serie de  consejos  a las niñas «tuvo que suponer una pequeña revolución dentro de la literatura infantil de una época». La literatura didáctica de entonces «se dirigía a un lector imaginario e ideal que siempre se debía ajustar a lo que leía en sus libros». Pero Mark Twain «anima a la niñas a no obedecer las reglas impuestas por la sociedad, a utilizar nuevas estrategias «. (2)
Muchos opinan que estos textos tan irreverentemente didáticos constituyen «una serie de irrespetuosos consejos para niñas, que supusieron una nota discordante para la época, en cuestiones de literatura infantil (…) un libro cuyo tono, más que curioso para aquel tiempo resultó discordante. En él plasmó Mark Twain una serie de consejos dirigidos a las niñas que quisieran convertirse en rebeldes con o sin causa». (3)
Por otra parte, hay quien considera que el texto es «un canto a la irreverencia y la rebeldía, y a la niña como pequeña genia adulta que ha de rebelarse ante las convenciones, las buenas maneras y las sagradas instituciones». (4)
Para algunos, lo que pretendía el escritor era simplemente dar «consejos a las niñas que, como siempre ha sucedido en este mundo machista, padecían aún más restricciones que los niños».(5)
El Mark Twain de los consejos para niñas y otros escritos es tan moderno o actual que puede considerarse en muchos sentidos un precursor de Mafalda o por lo menos de Quino, el » humorista gráfico e historietista argentino» que inventó a Mafalda. Uno es tan pesimista como el otro. Y además, como se ha hecho notar:
«Las niñas pequeñas de Twain tienen una relación tormentosa con sus hermanitos y pueden llegar a ser insolentes con los ancianos (siempre y cuando éstos lo sean primero). En cierto modo, son un precedente de otra gran rebelde, Mafalda, que tanto hizo por quienes fuimos niñas pequeñas en el siglo». (6)
En rigor, casi todo lo que se dice de Quino puede sorprendentemente decirse de Mark Twain:
«El humor de Quino es típicamente ácido e incluso cínico y ahonda con frecuencia en la miseria y el absurdo de la condición humana. Así, hace al lector enfrentarse a la burocracia, los errores de la autoridad, las instituciones inútiles o la estrechez de miras. Otro recurso típico es la reducción al absurdo de situaciones conocidas.
Este enfoque pesimista de la realidad no impide que sus historias estén llenas de ternura y muestren una simpatía por las víctimas de la vida (empleados, niños, amas de casa, pensionistas, oscuros artistas, etc), sin ocultar sus fallos y limitaciones. (7)
NOTAS:
(2) Consejos para niñas pequeñas,
(3) El Universal – Cultura – Consejos para niñas irreverentes,
(4) Consejos irreverentes para niñas desobedientes
TEXTO ORIGINAL EN INGLÉS
Advice to Little Girls, Mark Twain 1867,
ilustraciones de Vladimir Radunsky para el libro Consejo para niñas pequeñas 




Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: La pequeña Bessie (7)

La pequeña Bessie es uno de los personajes más incómodos de Mark Twain. Su historia no fue publicada en vida del autor, y ni siquiera en vida de Clara, la única hija que lo sobrevivió. Apareció apenas en 1972, diez años después de la muerte de ésta, que no permitió su publicación mientras vivió, y a los sesenta y dos de la muerte de Twain.
La pequeña Bessie tenía apenas tres años en la descripción que hace de ella el autor. Y era, sin lugar a dudas, una buena niña, no era «superficial, ni frívola, sino más bien meditativa y reflexiva, y muy entregada a pensar en las razones de las cosas» y a tratar de armonizarlas en un contexto racional. Pero tenía un defecto incorregible. Era una niña preguntona. Incorregiblemente preguntona. Y además imprudente y decía cosas por las que mucha gente habría sufrido castigos terribles en otra época.
Lo que hace la precoz niña Bessie es poner en duda, o mas bien en ridículo, ciertos conceptos religiosos, y lograr que hasta su madre empiece a dudar, a desesperarse hasta el desmayo. Por lo que se verá en esta primera parte, Bessie es una niña que se merece que le restrieguen la boca con lejía y ají caribe. Por no hablar de la hoguera. Sus intenciones, sin embargo, son buenas. Ella sólo quiere cooperar con la divina providencia. Se advierte, sin embargo, encarecidamente, que lo que sigue a continuación es un coloquio urticante de humor negro, entre blasfemo y conmovedor, sarcástico, irreverente, que puede herir la susceptibilidad de los lectores sensibles. Exactamente, quizás, lo que se proponía el autor:

La pequeña Bessie (1908)
Mark Twain
Capítulo 1
(…)
Un día ella dijo:
-Mamá, ¿por qué hay tanto dolor, pena y sufrimiento? ¿Para qué sirve todo esto?
Era una pregunta fácil, y mamá no tuvo dificultades para responderla:
-Es para nuestro bien, hija mía. En su sabiduría y misericordia, el Señor nos envía estas aflicciones para disciplinarnos y mejorarnos.
-¿Es Él quien las envía?
-Sí.
-¿Las envía a todos, mamá?
-Sí, querida, todas ellas. Ninguna viene por accidente; Él solo las envía, y siempre por amor a nosotros y para hacernos mejores.
-¡No es extraño!
-¿Extraño? Por qué, no, nunca lo había pensado de esa manera. Nunca antes había escuchado a nadie llamarlo extraño. Siempre me ha parecido natural y correcto, y sabio y muy amable y misericordioso.
-¿Quién lo pensó así, mamá? ¿Fuiste tú?
-Oh, no, niña, me lo enseñaron.
-¿Quién te enseñó eso, mamá?
-Realmente, no sé, no puedo recordar. Supongo que mi madre o el predicador. Pero es algo que todos saben.
-Bueno, de todos modos, parece extraño. ¿Él le dio el tifus a Billy Norris?
-Sí.
-¿Para qué?
-Para qué, para disciplinarlo y hacerlo bueno.
-Pero él murió, mamá, y eso no pudo hacerlo bueno.
-Bueno, entonces, supongo que fue por alguna otra razón. Sabemos que fue una buena razón, sea lo que sea.
-¿Qué crees que fue, mamá?
-¡Oh, haces tantas preguntas! Creo que fue para disciplinar a sus padres.
-Bueno, entonces, no fue justo, mamá. ¿Por qué le quitarían la vida por su bien, cuando él no estaba haciendo nada?
-¡Oh, no sé! Solo sé que fue por una razón buena, sabia y misericordiosa.
-¿Qué razón, mamá?
-Creo, creo, bueno, fue un juicio; fue para castigarlos por algún pecado que habían cometido.
-Pero él fue el que fue castigado, mamá. ¿No es cierto?
-Ciertamente, ciertamente. Él no hace nada que no sea correcto, sabio y misericordioso. No puedes entender estas cosas ahora, querida, pero cuando seas grande las entenderás, y luego verás que son justas y sabias.
Después de una pausa:
-¿Hizo caer el techo sobre el extraño que intentaba salvar a la anciana paralítica del fuego, mamá?
-Sí, hija mía. ¡Espera! No me preguntes por qué, porque no lo sé. Solo sé que fue para disciplinar a alguien, o juzgar a alguien, o para mostrar su poder.
-Ese hombre borracho que clavó una horca en el bebé de la señora Welch cuando…
-No te preocupes por eso, no necesitas entrar en detalles; fue como para disciplinar al niño, eso es seguro, de todos modos.
-Mamá, el Sr. Burgess dijo en su sermón que miles de millones de pequeñas criaturas son enviadas para que nos den cólera, fiebre tifoidea, tétanos y más de mil otras enfermedades y… mamá, ¿las envía Él?
-Oh, ciertamente, niña, ciertamente. Por supuesto.
-¿Para qué?
-¡Oh, para disciplinarnos! ¿No te lo he dicho una y otra vez?
-¡Es terriblemente cruel, mamá! ¡Y tonto! Y si yo…
-¡Silencio, oh silencio! ¿Quieres traer el rayo?
-Sabes que el rayo vino la semana pasada, mamá, y golpeó la nueva iglesia y la quemó. ¿Fue para disciplinar a la iglesia?
(Cansada) -Oh, supongo que sí.
-Pero mató a un cerdo que no estaba haciendo nada. ¿Fue para disciplinar al cerdo, mamá?
-Querida hija, ¿no quieres salir a correr y jugar un rato? Si quieres…
-¡Mamá, sólo piensa! El Sr. Hollister dice que no hay ningún pájaro, pez, reptil o cualquier otro animal que no tenga un enemigo que la divina providencia no haya enviado para morderlo, perseguirlo, molestarlo y matarlo y chupar su  sangre con el fin de disciplinarlo y hacerlo bueno y religioso. ¿Es verdad, madre? Porque si es verdad, ¿por qué se rió el Sr. Hollister?
-Porque Hollister es una persona  desvergonzada, blasfema, y no quiero que escuches nada de lo que dice.
-Por qué, mamá, él es muy interesante, y creo que trata de ser bueno. Dice que las avispas atrapan arañas y las amontonan en sus nidos en el suelo -¡vivas, mamá!- y allí viven y sufren días y días y días, y las pequeñas avispas hambrientas muerden sus piernas y mastican sus barrigas todo el tiempo con el propósito de hacerlas buenas y religiosas y para que alaben a Dios por Sus infinitas misericordias. Creo que el Sr. Hollister es simplemente encantador, y muy amable, porque cuando le pregunté si trataría a una araña de esa manera, dijo que esperaba ser condenado si lo hacía; y luego él…
-¡Hija mía! ¡Oh, por el amor de Dios!
-Y mamá, dice que la araña está destinada a atrapar la mosca y a meterle sus colmillos en sus entrañas, y chupar y chupar y chupar su sangre, para disciplinarla y hacerla cristiana; y cada vez que la mosca bate sus alas, con el dolor y el sufrimiento que ello acarrea, se puede ver en el agradecido ojo de la araña que está loando al Dador de Todo Bien por… bueno, por la gracia salvadora que recibe, como él dice; y también, él…
-¡Oh, pero es que nunca te cansarás de parlotear! Mejor vete afuera a jugar.
-Mamá, él mismo dice que todos los problemas, dolores, miserias, las malditas enfermedades, horrores y sufrimientos nos son enviadas con misericordia y amabilidad para disciplinarnos; y dice que es el deber de cada padre y madre ayudar a la Divina Providencia en todos los sentidos; y dice que no pueden hacerlo simplemente regañando y propinando azotes, porque eso no dará resultados, es un método débil y no es bueno: el accionar de la Divina Providencia es el mejor, y es el deber de todos los padres y el deber de cada persona ayudar a disciplinar a todos los demás, lisiarlos y matarlos, hacerlos morir de hambre, de frío, contagiarles enfermedades y hacerlos cometer asesinatos, robos, deshonrarse y desgraciarse; y dice que el invento de la Divina Providencia para disciplinarnos a nosotros y a los animales es la más brillante idea del mundo, y que ni siquiera un idiota podría haber ideado algo más brillante. Mamá, el hermano Eddie necesita disciplina, de inmediato: y sé dónde puedes conseguirle la viruela, la rasquiña, la difteria y la  necrosis, y enfermedades del corazón, y tuberculosis, y – ¡querida mamá, te has desmayado! ¡Correré a traer ayuda! Eso te sucede por quedarte en la ciudad con este calor.
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Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: La pequeña Bessie (8)

«La pequeña Bessie» forma parte de los llamados textos malditos que escribiera casi clandestinamente Mark Twain durante los últimos y amargos años de su vida. Textos blasfemos o por lo menos irreverentes, que no se dieron a conocer hasta mucho tiempo después de su muerte y que todavía hoy no gozan de la estimación de muchos lectores y editores. Textos que todavía sufren una especie de censura estructural y son como quien dice mantenidos en el banco del castigo, en un rincón oscuro y apartado de la vista de los curiosos, allí donde se conservan y preservan las vergüenzas familiares.
El hecho es que Mark Twain no fue -como se ha dicho y como se pretende hacernos creer-, un simple humorista, sino, entre otras cosas, un batallador incansable contra la intolerancia y el oscurantismo. En esa labor puso Mark Twain todo su empeño, un empeño humorístico diabólico si se quiere, endiabladamente humorístico.
Esa pequeña Bessie (alter ego de Mark Twain) libra con su candorosa irreverencia una especie de cruzada contra la irracionalidad de ciertas creencias religiosas que representan la peor forma de superchería. Bessie conversa a menudo con el irreverente señor Hollister, a pesar de que su madre se lo tiene prohibido, o quizás precisamente por ello, y el señor Hollister alimenta todas sus inquietudes. La enseña a pensar, a dudar, a desconfiar de todas las verdades reveladas.
La pequeña Bessie advierte, por ejemplo, la contradicción implícita en la creencia en un dios infinitamente bueno que comete acciones infinitamente aborrecibles. A su vez, la pequeña Bessie castiga a su buena y beata madre con preguntas y razonamientos que la sacan de quicio, la obligan a pensar y la horrorizan al mismo tiempo. Con ella se horroriza todo aquel que es beato y sincero. (El animal más peligroso del mundo, dijo alguien: un beato sincero).
Un gato —razona la pequeña Bessie—no tiene la culpa de ser gato. Su esencia es la gatunidad y la culpa de ser gato la tiene quien lo hizo gato. El divino creador del gato, el diseñador del gato, no la madre del gato. El gato no tiene la culpa si mata y tortura un ratón. Tampoco tiene la culpa si se roba una longaniza, y la longaniza tampoco es culpable. Lo mismo aplica a la monstruosa criatura que inventó Frankenstein. El monstruo se sale de control, comete todo tipo de desmanes, pero no es culpable de nada. El culpable es Frankenstein que lo fabricó sin pedirle permiso y Frankenstein lo reconoce.
En cambio Dios no se responsabiliza por su obra. Al hombre y a la mujer los hizo malos en extremo y les exigió ser buenos, obedientes y buenos. Pero no responde por los defectos de fabricación. Los castiga por una mínima contravención, condena a toda la humanidad a causa de una manzana, la manzana de la discordia, maldice a todas las mujeres. Por si fuera poco, inunda el planeta, extermina a casi todos los seres vivientes. Además está casi siempre aburrido, rabioso, de mal humor, no se enamora ni tiene relaciones sexuales y cuando quiere tener un hijo elige a una mujer casada con un pobre viejo. Pero en ningún momento reconoce sus faltas, no reconoce —como dice la pequeña Bessie— que «es responsable, en cualquier caso, de todo lo que el hombre hace» y que «no puede ignorar el hecho». No reconoce que «Solo hay un criminal, y no es el hombre».
Por eso Bessie dice que nunca fabricaría un gato, a menos que supiera hacer un gato bueno.
La pequeña Bessie (1908)
Mark Twain
Capítulo 2
Creación del hombre
Mamá.—Hija desobediente, ¿te has estado reuniendo con ese irreverente Sr. Hollister de nuevo?
Bessie.— Bueno, mamá, él es interesante, a pesar de todo, aunque malicioso, y no puedo evitar amar a las personas interesantes. Aquí está la conversación que tuvimos:
Hollister.– Bessie, supongamos que debes tomar un poco de carne, huesos y piel, y hacer un gato con todo eso, y debes decirle al gato: No debes ser cruel con ninguna criatura, bajo pena de castigo y muerte. Y supongamos que el gato debe desobedecer, atrapar un ratón y torturarlo y matarlo. ¿Qué le harías al gato?
Bessie.— Nada.
H.— ¿Por qué?
B. —Porque sé lo que diría el gato. Él diría: Es mi naturaleza, no pude evitarlo; Yo no hice mi naturaleza, tú la hiciste. Y entonces eres responsable de lo que he hecho, yo no lo soy. No podría negar eso, Sr. Hollister.
H.—Es solo el caso de Frankenstein y su Monstruo nuevamente.
B.— ¿Qué es eso?
H.— Frankenstein tomó algo de carne, huesos y sangre e hizo de ellos un hombre; el hombre se escapó y comenzó a violar, robar y asesinar en todas partes, y Frankenstein estaba horrorizado y desesperado, y dijo: Lo hice, sin pedir su consentimiento, y eso me hace responsable de todos los delitos que cometa. Yo soy el criminal, él es inocente.
B.—Por supuesto que tenía razón.
H.—Yo lo juzgo así. Es el mismo caso de Dios y el hombre y tú y el gato otra vez.
B.—¿Cómo es eso?
H.—Dios hizo al hombre sin el consentimiento del hombre, y también hizo su naturaleza; lo hizo vicioso en lugar de angelical, y luego dijo: Sé angelical, o te castigaré y destruiré. Pero no importa, Dios es responsable, en cualquier caso, de todo lo que el hombre hace; No puede ignorar el hecho. Solo hay un criminal, y no es el hombre.
Mamá.— ¡Esto es atroz, es malvado, blasfemo, irreverente, horrible!
Bessie— Sí, pero es verdad. Por eso no voy a hacer un gato. Sólo lo haría si pudiera hacer un gato bueno.

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain: La pequeña Bessie (9)


En el capitulo III de «La pequeña Bessie» se pone de manifiesto el interés y la preocupación, la fina sensibilidad de la niña en relación al arbitrario sistema de prohibiciones y castigos y la cantidad de sufrimiento que Dios impone a sus criaturas por las cosas malas que hacen:
—Mamá, si una persona con el nombre de Jones mata a una persona con el nombre de Smith solo por diversión, es un asesinato, ¿no es así, y Jones es un asesino?
—Sí, mi hija.
—¿Y Jones es culpable por eso?
—Sí, mi hija.
—¿Por qué mamá?
—¿Por qué? Porque Dios ha prohibido el homicidio en los Diez Mandamientos, y por lo tanto, quien mata a una persona comete un crimen y debe sufrir por ello.
—Pero mamá, ¿y si Jones tiene desde su nacimiento un temperamento tan violento que no puede controlarse?
—Debe controlarse a sí mismo. Dios lo requiere.
—Pero él no hizo su temperamento, mamá, él nació con él, como el conejo y el tigre; y entonces, ¿por qué debería ser considerado responsable?
—Porque Dios dice que él es responsable y debe controlar su temperamento.
A la pequeña Bessie no la convence el razonamiento. Para ella se trata de un problema de ingeniería humana. Se pregunta si todo no podría haber sido diferente si se hubiese diseñado de otra manera a los seres vivientes, sobre todo a los humanos. Entiende que hay corregir los errores de diseño:
—Mamá, cuando Dios diseñó a Jones podría haberle dado el temperamento de un conejo, si hubiera querido, ¿no es así?
—Sí.
—¿Entonces Jones no mataría a nadie y no tendría que ser ahorcado?
—Cierto.
—Pero Dios decidió darle a Jones un temperamento que lo haría matar a Smith. ¿Por qué, entonces, no es Él responsable?
—Porque también le dio a Jones una Biblia. La Biblia le da a Jones una amplia advertencia de no cometer un asesinato; y si Jones lo comete, él solo es el responsable.
El argumento parece contundente, pero la pequeña y curiosa Bessie se queda pensando y más adelante le pregunta a la madre si Dios hizo también unos bichos tan asquerosos y destructivos como las moscas, responsables de la muerte de millones de seres vivientes, y con qué propósito. En su infinita sabiduría, la madre sabe que sí, que Dios hizo las moscas aunque no conoce el propósito, pero está convencida de que es un buen  propósito. Entonces Bessie le pregunta:
—¿Dios les dio una Biblia a las moscas?
—Por supuesto que no.
—Tú has dicho que es la Biblia la que hace al hombre responsable. Si Dios no les facilitó una Biblia a las moscas para eludir la naturaleza que deliberadamente les concedió, entonces Dios sería responsable. Le dio a la mosca su naturaleza asesina y la envió sin el freno de  una Biblia o cualquier otra restricción para cometer asesinatos al por mayor. Y así, por lo tanto, Dios es el mismo responsable. Dios es un asesino. El señor Hollister lo dice. El Sr. Hollister dice que Dios no puede hacer una ley moral para el hombre y otra para sí mismo.
En el capitulo IV el interés de Bessie se traslada a otro tema visceral: el de las vírgenes y la virginidad:
—Mamá , ¿qué es una virgen?
—Una señorita.
—Bueno, ¿qué es una señorita?
—Una niña o mujer que no está casada».
—El tío Jonas dice que a veces una virgen que ha tenido un hijo…
—¡Tonterías! Una virgen no puede tener un hijo.
—¿Por qué no puede ella, mamá?
—Bueno, hay razones por las que ella no puede.
—¿Qué razones, mamá?
—Fisiológicas. Tendría que dejar de ser virgen antes de poder tener el hijo.
—¿Qué quieres decir, mamá?
—Bueno, déjame ver. Es algo como esto: un judío no podía ser judío después de haberse convertido en cristiano; no podía ser cristiano y judío al mismo tiempo. Muy bien, una persona no podía ser madre y virgen al mismo tiempo .
—Por qué, mamá, Sally Brooks ha tenido un hijo y ella es virgen.
—¿En verdad?, ¿Quién dice eso?
—Ella misma lo dice.
—¡Oh, no me digas! ¿Hay otros testigos?
—Sí, en un sueño. Ella dice que la secretaria privada del gobernador se le apareció en un sueño y le dijo que iba a tener un hijo, y resultó ser así.
—No me extrañaría! ¿Y dijo que el gobernador era el responsable?
En el capítulo V, lo que había comenzado como un chisme local se traslada de nuevo al ámbito de la teología y las preguntas de Bessie se vuelven cada vez más impertinentes. Ahora se interesa por el misterio de la Virgen María. Dice que el Sr. Hollister afirma que «la Virgen María ya no es virgen, es una ex virgen». La madre se escandaliza:
M.—¡Es falso! Oh, como ese malvado impío trata de socavar la santa creencia de una niña inocente con sus tontas mentiras…
B.— Pero mamá, en serio, crees que sigue siendo virgen, una virgen real, ¿sabes?
M.— Ciertamente lo es; y nunca ha sido más que una virgen: ¡oh, la Adorable, la pura, la impecable, la intachable!
Bessie le dice que según el Sr. Hollister eso no es posible porque María tuvo cinco hijos después de la inmaculada concepción y que la virginidad de María no la compraría nadie  a ningún precio en un mercado de valores.
La  madre de Bessie se desespera, la pone de castigo. No sabe que hacer con ella. Pero la pequeña Bessie es incorregible. En el VI y ultimo capítulo volverá a escandalizar a su querida y ya impaciente madre con preguntas y razonamientos irreverentes:
—Mamá, ¿es Cristo Dios?
—Sí, mi hija.
—Mamá, ¿cómo puede ser él mismo y alguien más al mismo tiempo?
—No lo es, mi amor. Es como los gemelos siameses: dos personas, una nacida por delante de la otra, pero igual en autoridad, igual en poder.
—Ahora lo entiendo, mamá, y es bastante simple. Un gemelo tiene relaciones sexuales con su madre y se engendra a sí mismo y a su hermano; y luego tiene relaciones sexuales con su abuela y engendra a su madre…
El último tema por el que se interesa la pequeña Bessie concierne a la falta de originalidad de la Biblia y el comportamiento sexual de Dios, de todos los dioses. El Sr. Hollister —argumenta Bessie—, dice que todos los dioses hacen lo mismo y la madre le pregunta:
—¿De qué manera, querida?
—Ir por ahí desvirginando vírgenes. Él dice que nuestro Dios no inventó nada nuevo: todo era viejo y mohoso antes de que se lo apropiara. Dice que no ha dicho nada original, sino que copió su Biblia y su diluvio y su moral y todas sus ideas de dioses anteriores, que las obtuvieron a su vez de otros dioses más antiguos. Él dice que nunca hubo un dios que no haya nacido de una Virgen. El Sr. Hollister dice que ninguna virgen está segura donde está un dios… y me aconsejó que cerrara la puerta con llave todas las noches, porque… aunque solo tengo tres años y medio y estoy bastante a salvo de los hombres…
Esta vez la mamá de Bessie la mandó terminantemente a callar, le prohibió nueva vez que frecuentara al Sr. Hollister y le ordenó que se ocupara de otro asunto menos desagradable que la teología. Pero es posible que la pequeña Bessie la desobedeciera a la primera ocasión que se presentara.



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