Cuando
prohíben un libro
mío
en una biblioteca
donde
tienen la Biblia al alcance de cualquier
joven indefenso, la ironía de la situación
en
vez de irritarme me divierte
Mark
Twain
La
irreverencia es la campeona de
la
libertad, y su única defensa segura
Mark
Twain
La
irreverencia es la madre de
los
tomates
PCS
Profundo púrpura
Los ritos ancestrales
Cantar de los cantares
El nazionalista
Al maestro con cariño
La novicia rebelde
Crónicas tardías desde el Palacio de la esquizofrenia
PROFUNDO PÚRPURA
(Solaparum biographiam oligarchi)
(Un relato del libro Los cuentos negros)
Pedro Conde Sturla
Pedro Conde Sturla
[Una vez, si mal no
recuerdo, Sara Pérez
escribió una serie de artículos que llevaron a la revista
Rumbo a la quiebra. Eran artículos graciosísimos sobre la más graciosa y
regalada e intrigante
vida de los príncipes de la jerarquía eclesiástica dominicana
y los príncipes se resintieron. Al poco tiempo, casi
por arte de magia, los anuncios desaparecieron y la revista Rumbo se
convirtió en un folletín de pocas páginas y poco después dejó de existir.
Yo,
confieso, me di tremendo banquete con lo de Sara y empecé a elucubrar y
rascarme y a pensar en escribir uno de esos relatos retorcidos e irreverentes a
los que soy propenso. Irremediablemente sentí que me había picado
una mosca o el moscardón de la divina o diabluna inspiración y fabriqué un
relato al que le puse provisionalmente el título de una película italiana:
Profundo púrpura.
Sara es, pues, la
culpable y un poco coautora del relato, o por lo menos un poco cómplice.
He ahí la razón de la dedicatoria que aparece al final: A Sara Pérez, por
supuesto.
Confieso que no la conozco personalmente. El algoritmo de Facebook nos aleja de vez en cuando y de vez en cuando vuelve a
juntarnos, o mejor dicho a reunirnos, pero abrigo la esperanza de que nos encontremos
algún día, aunque sea, quizás, en el purgatorio. PCS].
Su Eminencia Reverendísima terminó de firmar unos papeles sobre el escritorio de caoba centenaria y ordenó que hicieran entrar a la muchacha y la muchacha entró como quien dice envuelta en una nube de velos vaporosos, flanqueada literalmente por una corte de camareras solícitas, piadosas, que a su paso esparcían agua de rosas. Aquella nube de velos vaporosos, que apenas la ceñía dulcemente, respondía a la más leves ondulaciones de su anatomía, y en medio de esa corte de camareras solícitas, piadosas, parecía santa de altar en procesión, mecida al viento. Las camareras solícitas, piadosas, se cuadraron, se humillaron religiosamente en presencia del Príncipe aun más piadoso y la presentaron un poco en actitud de ofrenda -la ofrenda de la virgen- y un poco también a manera de trofeo, esperando por supuesto su aprobación. Respetuosamente descorrieron la nube de velos vaporosos que cubría su cuerpo impúber. La nube de velos vaporosos cayó al suelo sin vida, como un cuerpo sin alma, y la muchacha infeliz quedó en pelotas, ruborizada un poco y sorprendida. En cambio los ojos del Príncipe piadoso cobraron otra vida. Sus pupilas se dilataron, por no hablar de otra cosa, y agradeció infinitamente al Señor por aquel regalo del cielo. Era una campesinita preciosa, deliciosa, blanquita delgadita, bañadita, desnudita –de las que se cosechan todavía en los cerros de Gurabo-, con unas teticas largas y afiladas como puntas de lanza, piernas torneadas como quien dice a mano por el mucho subir y bajar lomas y unas nalguitas tímidas, puyonas, un poco cohibidas y esmirriadas, que parecían de juguete, nalguitas de fantasía, como le agradaban a su Eminencia, que era parco en sus gustos. Alabado sea el Señor.









